Reservoir Dogs

19 Agosto, 2007

abandonos

Archivado en: especies protegidas — mad @ 10:52 am

MARTA PARREÑO
BARCELONA
El Periódico de Catalunya, 19 de agosto de 2007

Tener un águila en casa, comprar un cocodrilo en un mercadillo de El Cairo o traerse un mono de Argelia suele acabar mal. El águila necesita volar, el cocodrilo puede llegar a medir tres metros y el mono no puede vivir en un piso por más que uno se empeñe.

Hay gente que no lo entiende y son pocos los que asumen las consecuencias de su compra caprichosa hasta el final. En el País Vasco un koala murió de frío. En Esplugues de Llobregat encontraron abandonado un oso perezoso amazónico en una bolsa de basura. Tres iguanas aparecieron paseando por las calles de Barcelona, a una le faltaba un ojo y una pata. Un macaco africano vivía encadenado en un patio de la capital catalana. Desde hace cinco años estos casos se incrementan a una velocidad creciente, porque cada vez son más los que se creen que es posible domesticar a un animal salvaje.
Cada año se promueven, en vano, campañas para evitar el abandono de perros y gatos en verano. Pero apenas se habla de las mascotas exóticas, cuya compra y posterior arrepentimiento crece cada año, especialmente en los meses de calor.
“En verano pueden entrar unas 60 tortugas americanas en un solo fin de semana”, dice Joaquim Soler, director técnico del CRARC (Centro de Recuperación de Anfibios y Reptiles de Catalunya). “Algunas las encuentran por la calle y otras las trae la gente después de llamar a información”, añade. Tortugas e iguanas son los reptiles que más se abandonan y las serpientes los que más se escapan. Todos ellos se van acumulando en este centro, el único de España que se dedica a cuidar a estas especies cuando quedan desamparadas y que ya cuenta con más de 2.500 animales en sus terrarios, piscinas e incubadoras.

El caimán de Collserola
Allí está el caimán que una familia encontró en Collserola en septiembre del año pasado, un cocodrilo del Nilo que alguien compró al ver como chapoteaba en una palangana en un mercadillo de El Cairo y que luego creció más de la cuenta, y más de 500 tortugas de Florida. Precisamente son estas, la tortugas, las peor paradas, ya que conforman el 75% del universo exótico del CRARC.
Pero los reptiles son solo una parte de un mercado mucho más amplio. “Parece que la globalización haya afectado incluso al terreno de las mascotas”, dice Gemma Ribera. Esta sargento de los Mossos d’Esquadra, responsable de la unidad de medio ambiente, todavía recuerda el caso de un hombre que tenía un león en una jaula como reclamo en su gasolinera. “Si estos animales no están bien cuidados o documentados, los tenemos que decomisar”, afirma.
El problema es saber a dónde llevarlos, ya que la Generalitat no dispone de ningún centro público que pueda encargarse de ellos. Si son reptiles en principio no hay problema, “el CRARC es un paradigma –dice Ribera–, pero cuando se trata de primates o felinos es más complicado. Hemos de ir buscando a partir de contactos y pequeñas asociaciones protectoras para ver si podemos colocar al animal”. Otras veces recurren al Zoo de Barcelona.
Alberto M. vino de Marruecos con tres camaleones en los bolsillos y dos tortugas en la maleta. Viajaba en autocaravana y logró pasarlas por la aduana sin que nadie le dijera nada: “Compré las tres iguanas por 20 euros y las tortugas por 15 cada una en el mercado de Tetuán”. A pesar de que su comportamiento constituye una falta administrativa por no tener sus mascotas legalizadas, él dispone en casa de las condiciones necesarias para un cuidado óptimo. “Viajé desde Algeciras a Barcelona parando cada hora para mirar que estuvieran bien”, dice. Y ahora, un año después, las tortugas, enormes, incluso han criado.
Según Ribera, hay dos tipos de personas que tienen esta clase de mascotas: los que las compran por capricho y los amantes reales de estos animales, que saben muy bien lo que están comprando y que llegan a cuidarlos como si fueran miembros de su familia. Los primeros, “cuando el animal crece, o bien lo abandonan o, si tienen un poco de sentido común, lo llevan a algún centro”, apunta. Y entre los fanáticos de las especies exóticas existen seres humanos tan atípicos como las especies que han adoptado.

Mono con abrigo de visón
Nicolás y Emmanuele tienen 39 y 32 años. Son dos monos de manos blancas procedentes del sudeste asiático, cuyo entorno, lejos de los frondosos bosques de los que proceden, se reduce a la habitación de un piso de Barcelona. Pero su dueño les ofrece no solo los cuidados que requieren como animales si no algunos propios de los seres humanos más exquisitos. Ambos visten ropas hechas exclusivamente para ellos y Emmanuele dispone, incluso, de un abrigo de visón. Los Mossos acudieron a su domicilio porque los vecinos se quejaban de los gritos de los primates. Pero los animales estaban documentados y muy bien cuidados. “Ante aquello solo pudimos actuar por un problema de ruidos. Tenía los permisos en regla de unos animales con la más alta protección”, explica Ribera. Las pregunta sería: ¿Puede cualquiera apartar a un animal de su hábitat y convertirlo en algo que, por naturaleza, no le toca? “Es un problema convertir en objeto a los animales exóticos”, se queja Joaquim Soler.

Más energía que comida
En el CRARC, centro público del Ajuntament de Masquefa pero de gestión privada, se gasta más en energía que en comida. Mantener los hábitats a más de 25 grados durante todo el año es más costoso que los 20 kilos de carne y los dos sacos de pienso que devoran cada mes sus reptiles de adopción. Pero además del precio económico y moral que supone el abandono de estos animales, el medioambiente es el que más se resiente con la aparición de estos nuevos huéspedes.
“Abandonar según qué tipo de animal puede generar un problema ecológico importante”, dice Ribera. “La gente no se da cuenta de lo que puede suponer soltar una tortuga de Florida de las que venden en las Ramblas”. Soler afirma que la competencia por el alimento y el espacio con las especies autóctonas puede provocar la desaparición de estas últimas y asegura que la introducción de fauna exótica en cualquier ecosistema genera siempre un desequilibrio. Por eso, abandonar un animal que pueda comportar peligro para una especie autóctona es una conducta delictiva recogida en el código penal. Actualmente, la proliferación de tortugas americanas en diferentes zonas de Catalunya está poniendo en peligro la existencia de las dos especies de tortugas de río propias de nuestro ecosistema.

Plaga de tortugas
Se calcula que en libertad puede haber el triple de las que tiene Soler en el centro, unas 1.500. “Tenemos un problema con estas tortugas y llegará un momento que Joaquim nos dirá que no le llevemos más”, se lamenta la sargento de los Mossos. A los trabajadores del CRARC (Joaquim Soler, Victoria Agustí y Alberto Martínez más algunos voluntarios y estudiantes en prácticas) el centro se les está quedando pequeño. La entrada continua de reptiles abandonados, algunos de los cuales llegan en muy malas condiciones, ha provocado que sus responsables hayan decidido ampliarlo unos 1.200 metros cuadrados. “Cada año se incrementa la cifra de animales que nos llegan y no sé donde vamos a ir a parar si sigue creciendo a este ritmo”, se lamenta Soler.
Cuando un animal exótico vive fuera de su entorno durante algunos meses, en general le es muy complicado o prácticamente imposible volver a adaptarse a su hábitat. “Cuando ya lo has tenido en casa, no lo puedes devolver, es irrecuperable”, dice Gemma Ribera. Los miembros de la unidad de medioambiente de los Mossos d’Esquadra pocas veces pueden permitirse el lujo de liberar un animal exótico y lo único que pueden hacer es “desubicarlos”, llevarlos a sitios como el CRARC donde tampoco deberían estar.
Para poder capturar a las diferentes especies con las que, cada vez con más frecuencia se encuentran en pisos, terrazas, tiendas o simplemente vagando por las calles de la ciudad, los policías han tenido que asistir a cursos en el Zoo de Barcelona para aprender a manipularlos. Ribera cuenta que, sobre todo los primates son excesivamente sensibles y hay que acercarse a ellos con mucha cautela para que no se alteren: “Hemos de saber tratarlos no solo por el daño que nos puedan hacer a nosotros si no por el daño que podamos hacerles nosotros a ellos. En esta unidad sabemos muy bien para qué trabajamos: la prioridad es el animal y la finalidad es el medio”.

Un animal con pedigrí
Hay quien cree que tener en casa una cacatúa del Amazonas valorada en 3.000 euros o una tortuga gigante africana valorada en 2.000 otorga cierto estatus. Gente que convierte estos animales en una especie de objeto de valor. “Esas personas suelen cuidarlos muy bien pero muchos de ellos no están legalizados”, apunta Ribera. Además del orgullo que supone tener una especie exótica en casa, los altos precios que se suelen pagar por algunas de ellas llaman la atención de los traficantes. La semana pasada, la policía de Egipto encontró cinco cobras, 40 camaleones y 265 bebés de cocodrilo en el equipaje de un ciudadano saudí que pretendía comercializarlas en su país.
Pero no hace falta irse tan lejos para detectar un movimiento injustificado de estas especies. A pesar de que Japón tiene el mercado de vida más salvaje más importante del mundo, Europa importa, cada vez con más frecuencia, animales exóticos. Especies que en África y Suramérica sirven a menudo de alimento y que aquí se han convertido en objetos con pedigrí, animales de compañía o en el hijo que uno nunca pudo tener.

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