Mi querido Napoleón
Mi querido Napoleón,
Dos años ya. Cómo pasa el tiempo, gordo. ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Nunca olvidaré tu cara en aquella jaula. Llevabas allí metido casi veinticuatro horas. Habías salido de Segovia hacia Madrid por la tarde y no llegaste a Barcelona hasta la mañana siguiente. ¿Qué debiste pensar en todo ese tiempo? ¿qué debiste sentir? Tenía que compensarte por todos los años perdidos, por todos los abandonos, por toda la soledad, la tristeza y el miedo. Tenía que estar a la altura.
Metimos la jaula en el portal y seguías quieto, al fondo, hecho una bola de incomprensión. En tus ojos sólo había cansancio, un cansancio antiguo. Los bípedos no habíamos dulcificado demasiado tu existencia y en aquel portal desconocido yo pronunciaba tu nombre como una letanía. Saliste de la jaula sin convencimiento ninguno, pero no dejabas de mirarme. Me escrutabas con tu trufa reseca, que ni fuerzas te quedaban para resistirte. Tu cola rota estaba más triste que tú y tus patas delanteras acusaban el encierro dándote el paso más desgarbado del mundo.
Con toda la ternura de que era capaz pese a mis temblores, te puse la cadena. Firmé el recibo al transportista y le rogué que se fuera. Nos quedamos así unos pocos minutos, solos, quietos, sin saber. Abrí la puerta y salimos a mi Barcelona.
A tus nueve años, por primera vez, ibas atado. Tus pasos por el duro cemento erraban de izquierda a derecha. Todo lo olías y nada parecías conocer. En el callejón, esperamos, había que presentarte a Marmota y a tu otro amo (Amo, que palabra tan violada con vosotros). La negra, nuestra negra querida y dulce no entendía qué hacía yo contigo y aún no sospechaba que se avecinaba su destronamiento. Y luego subimos a casa, y localizaste las camas y el sofá. Conociste a los emplumados del zoo y te asomaste al vértigo de los balcones. Y le ofreciste la pata a mi padre y un largo suspiro a mi madre. Y se te presentó a los vecinos y a los amigos. Y poco a poco, tu pelo, tu precioso pelo, perdió sus nudos y tu sonrisa brilló, tus ojos dejaron de llorar y tu cola empezó a señalar el cielo.
Sí, Napoleón, así fueron las cosas aquel día hace dos años. Nunca te he mentido, ¿por qué pareces no creerme hoy?
Ya sé, ya sé. Queda todo tan lejano cuando te sientes el rey, para qué vamos a engañarnos si te lo has ganado cada día, cada mañana, cada despertar. Lecciones que hemos aprendido sin darnos apenas cuenta al verte agradecer cada aurora. Has santificado cada día como merece, agradeciendo al divino cada caricia, cada paseo, cada baño, cada siesta, cada desayuno y cada cena, cada juego, cada te quiero susurrado al oído.
Y ahora vamos a celebrarlo, que Barcelona está preciosa en primavera.
Pero antes, espera Napoleón, acércate. Más, acércate más que quiero darte un mordisco.
Gracias, cosa dulce, me gusta que tú también me digas que me quieres.

