Reservoir Dogs

28 Enero, 2005

Turismo sostenible

Archivado en: inhumanadas — mad @ 4:02 pm

Destruccioncosta2

vie 28 enero 2005 ESPAÑA/Murcia

Los activistas de las organizaciones Greenpeace y ANSE llevan 28 horas paralizando las obras de construcción del Puerto Deportivo Puerto Mayor en La Manga del Mar Menor, pese al temporal. 20 de estos activistas están paralizando las obras en el mar y los otros 20 están bloqueando la entrada a las obras de construcción del puerto.

Demandan al Ministerio de Medio Ambiente la paralización de las obras como primer paso de la recuperación ambiental del entorno para un uso público planificado. El Ministerio de Medio Ambiente debe restaurar el entorno de Puerto Mayor y los 400 metros de playa que ya están siendo destruidos por la empresa.

Demandan que se cumpla la Ley de Costas que establece que los primeros 100 metros de la franja de litoral (que pertenece al Dominio Público Marítimo Terrestre) es pública y para uso y disfrute gratuito de todos los ciudadanos.

Piden al presidente de la Región de Murcia un acto de responsabilidad en la recuperación del Mar Menor y su entorno, como órgano responsable de la aplicación de las cinco figuras de protección de las que dispone el Mar Menor.

No se puede dejar pasar más tiempo sin tomar medidas ya que los enormes costes económicos de esta obra están hipotecando el futuro de La Manga y del Mar Menor. El disparate urbanístico del tramo norte de La Manga es el mejor ejemplo internacional de lo que nunca se debería permitir en las costas.

"No nos podemos permitir peder más playas, el Ministerio de Medio Ambiente no puede consentir que desaparezca una sola playa más" - ha declarado María José Caballero, responsable de la Campaña de Costas de Greenpeace.

Continúa la ciberacción de Greenpeace que bajo el lema Paralicemos las obras del puerto deportivo de Puerto Mayor piden a los ciudadanos que demanden al Ministerio de Medio Ambiente y a los responsables municipales del proyecto la paralización del mismo.

Hasta el momento han sido enviados centenares de emails.

ACTÚA: envía tú también un correo electrónico aquí

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La noticia de la campaña ha sido enviada por ecoblog ya que les toca de cerca

23 Enero, 2005

El iceberg más grande del planeta pone en peligro la vida de miles de pingüinos

Archivado en: inhumanadas — mad @ 5:32 pm

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El B15A, el iceberg más grande del planeta está -por el momento- bloqueando el viento y las corrientes que rompen los témpanos de hielo, causando una importante acumulación de hielo que amenaza seriamente al 70% de las dos colonias de pingüinos emperador de la zona de McMurdo. Los pingüinos tienen que recorrer unos 180 kilómetros para obtener pescado para sus crías.

El B-15A es uno de los dos trozos de mayor tamaño de los dos fragmentos en que se rompió un primitivo iceberg, de un tamaño equivalente al de Jamaica, tras desprenderse en noviembre de 2003.

En los últimos años un elevadísimo número de icebergs se han desprendido de la Antártida, los investigadores creen que esta tendencia podría estar relacionada con el calentamiento global del planeta.

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La noticia: aquí y aquí

Información sobre pingüinos: aquí

12 Enero, 2005

El lobo regresa a Cataluña tras un siglo de ausencia

Archivado en: especies protegidas — mad @ 7:53 pm

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DAVID SEGARRA  -  Barcelona

Un macho y una hembra de Canis lupus han estado correteando durante el pasado invierno por el macizo del Carlit, a unos 10 kilómetros de Puigcerdà. Se confirma que el lobo está regresando a Cataluña por la comarca de la Cerdanya. La especie fue exterminada en el territorio catalán a principios del siglo pasado. La presencia de dos lobos en Carlit fue corroborada recientemente por la Oficina Nacional de Caza francesa.

Los análisis genéticos de excrementos han confirmado la presencia de un macho en diciembre de 2003 y de una hembra en enero de 2004 en esta zona pirenaica, según ha publicado el periódico L’Indépendent. Estos indicios son los más recientes, pero no los únicos. En febrero pasado, la Generalitat confirmó que se habían descubierto rastros de un ejemplar en el parque natural del Cadí. En mayo se encontró un rebeco muerto en el Ripollés, hecho que la Generalitat atribuye a la acción del predador. Y entre 1999 y 2000 se observó la presencia de tres animales -dos machos y una hembra- en el macizo de Madres.

Todo apunta en una misma dirección: la probable existencia de una pequeña población de lobos situada en las estribaciones del Carlit y de Madres, una serie de montañas despobladas y poco accesibles que cierran la comarca de la Cerdanya por el norte y el este. En este núcleo se cree que existen unos cinco ejemplares, según los cálculos realizados por el Plan de Acción sobre el Lobo, que impulsa el Gobierno francés. Y como los lobos tienen una gran movilidad, no es extraña su presencia en el Cadí. La zona de Puigmal, Ulldeter y el Canigó están incluidas en sus correrías, que alcanzan tres comarcas: la Cerdanya, el Ripollès y el Berguedà, según la Generalitat.

¿De dónde vienen estos ejemplares? Los análisis genéticos efectuados en Francia y en Cataluña indican que todos los animales pertenecen a la raza Canis lupus italicus, propia de la península italiana. Un origen que se antoja extraño, pero sólo en apariencia. El lobo reapareció en Francia en 1992, cuando en el parque nacional de Mercantour se constató la presencia de dos ejemplares procedentes de los Apeninos. Desde entonces se han ido extendiendo y actualmente en territorio francés hay 13 áreas habitadas permanentemente por el lobo, con una población de 55 ejemplares. Todos provienen del norte de Italia, donde se calcula la población de este cánido supera los 500 animales.

El lobo también está en expansión en España.

El animal ha ido colonizando nuevos territorios, y actualmente ha llegado hasta el Pirineo aragonés más occidental (valles de Ansó y Hecho) procedente de sus reductos en el oeste de la Península. Esta otra vía de colonización puede acabar llegando también hasta Cataluña desde poniente. Pero en este caso se trata de la subespecie ibérica, Canis lupus signatus, distinta de la italiana.

De momento, nuestros vecinos franceses han saludado con optimismo la reaparición del único gran predador que queda en Europa. El Plan d’Action sur le Loup francés considera que el lobo enriquece la biodiversidad y es positiva para los ecosistemas. La Institución Catalana de Historia Natural (ICHN) considera que "hay que trabajar con urgencia en pro de la conservación del lobo, y estudiar todas las fórmulas posibles para hacer compatible su presencia y requerimientos biológicos con las actividades tradicionales y la ganadería", a juicio del último editorial del boletín de la ICHN.

Para David Guixé, naturalista de la ICHN, "hay que hacer ver que el lobo no es un enemigo, que forma parte del ciclo elemental de la vida" y que es "una especie indispensable para regular las poblaciones de ungulados salvajes". Por ejemplo, el lobo es el único predador capaz de controlar las poblaciones de jabalí, un animal que se ha convertido en una auténtica plaga en muchas regiones. En Francia, la mayor parte de su alimentación corresponde a ungulados salvajes (sarrios, ciervos, jabalíes, corzos o muflones) y sólo un pequeño porcentaje de sus capturas se realizan entre el ganado doméstico.

Ahora está por ver como va a acoger la población humana a este nuevo vecino silvestre que está recuperando sus antiguos territorios. Es de esperar que se le dispense un recibimiento algo más sosegado del que sufrieron los osos en la Val d’Aran.

Publicado en EL PAÍS - Catalunya - 9-01-2005

8 Enero, 2005

Hablemos de los animales

Archivado en: especies protegidas — mad @ 11:53 am

Makulu_el_primer_beso

Nicholas Ray nos cuenta en Los dientes del diablo, una de sus últimas películas, cómo los esquimales acostumbran a depositar en las bocas de las focas que acaban de matar un poco de su propia saliva. Las focas aman el agua dulce, y para los esquimales darles esa saliva es una forma de evitar que regresen al mundo, tras su muerte, a cobrarse venganza. En el mundo antiguo eran frecuentes estas ceremonias con las que los hombres trataban de reparar el daño causado por el ejercicio de la caza. La muerte de un animal instauraba por un momento el desorden y había que llevar a cabo ceremonias reparadoras que impidieran que el mundo se precipitara por esa pendiente de destrucción.

Yo provengo de un mundo en que gran parte de los animales aún se mataban en casa. Se mataban los pollos y los conejos, se mataban los patos, los corderos y los cerdos. Los animales sacrificados solían ser los mismos que habíamos visto en el corral, y su muerte estaba revestida de naturalidad, pero también de respeto. Recuerdo ese momento y todas las labores posteriores de limpieza de cuchillos, baldes y, sobre todo, de las manos, que se frotaban hasta hacer desaparecer de ellas el más leve vestigio de sangre. "No podemos hacer otra cosa", parecían decir aquellas manos blanqueadas por la lejía después de los sacrificios. Pero decir que los animales se mataban en casa es dejar constancia también de su presencia multiplicada en el mundo. Conocíamos los lugares que escogían los conejos para hacer sus huras, los caminos ocultos que seguían en el monte las perdices y los pequeños nichos en que las palomas criaban a los pichones. También las cuevas de los cangrejos, las zonas remansadas del río donde dormitaban tencas y carpas, las tapias en que lagartijas y lagartos buscaban el calor del sol, y aquel mundo de aves, alondras, gorriones, golondrinas y tordos que se confundía con nuestro propio mundo. El cielo del verano se llenaba de insaciables bandadas de vencejos chillando sobre nuestras cabezas, y el camino del monte era el lugar del presentimiento del zorro, y de sus ojos acerados y esquivos. Me pregunto dónde están todos esos animales, y si los niños y los adultos de ahora los ven y viven a su lado como lo hacíamos nosotros. Una vez recogimos una camada de pequeños gatos. Los llevamos a casa y al día siguiente aparecieron cubiertos de una extraña sustancia blanca que habían segregado sus cuerpos. Supimos que se iban a morir y que todo lo que podíamos hacer era llevarles al río y arrojarles a su insaciable corriente. Y eso hicimos, aunque aún recuerde el sentimiento de oscura fatalidad con que lo llevamos a cabo, como si el mundo fuera así y nosotros no pudiéramos hacer nada para cambiarlo. Unos días después una mula sufrió un accidente en la carretera. La atropelló una moto causándole una enorme herida en el pecho. Su dueña, una vecina nuestra, lloraba y chillaba ante el espectáculo de su mula herida, ya que perderla habría supuesto una verdadera tragedia para ella, pues entonces las labores del campo no estaban mecanizadas y aquella gente no se podía permitir comprar otro animal. Lloraba como lo habría hecho ante un hijo o un pariente enfermo, como dando a entender que entre hombres y animales no había tanta diferencia y que estábamos unidos, entre otras cosas, por esa suprema dificultad que era vivir.

Más o menos por esta época tuvo lugar el vuelo espacial de la perrita rusa Laika. Completó cerca de dos mil órbitas alrededor de la Tierra y la nave se quemó al contacto con la atmósfera seis meses después. No era el primer animal en tripular un cohete. Anteriormente, perros, monos y ratones habían viajado a las capas superiores de la atmósfera a bordo de cohetes experimentales. Pero el viaje de Laika al espacio fue diferente, ella capturó la imaginación del mundo. En Ciudad de la Estrella hay un monumento dedicado a los cosmonautas rusos que dieron su vida en la carrera espacial. Allí también existe una imagen que recuerda a la inolvidable Laika.

Hace poco he tenido la oportunidad de contemplar en el Museo de la Ciencia de mi ciudad la pequeña nave elipsoidal en que Laika realizó su vuelo. La perra estaba sujeta por un arnés que le permitía tener acceso a comida y agua dentro de la cabina presurizada, pero que la impedía cualquier otro movimiento. Laika fue recogida de las calles de Moscú junto a otros perros y, después de una rigurosa selección, pasó a formar parte del proyecto espacial soviético. Antes del lanzamiento fue adiestrada y tratada cuidadosamente, aunque nunca se pensó en su regreso. O dicho de otra forma, se la lanzó al espacio sabiendo que iba morir. No se sabe cuánto tiempo vivió y existen varias versiones sobre su final, casi todas estremecedoras. Algunas cuentan que su última comida contenía un veneno, otras que se soltaron intencionalmente gases en la cabina para que muriera sin dolor, o que murió por asfixia al acabarse el oxígeno. Uno de los cosmonautas que había trabajado previamente como ingeniero en el proyecto sugirió que Laika murió cuando su nave alcanzó altas temperaturas por un problema técnico.

No podemos saber lo que sintió Laika, pero viendo la nave en que voló, su forzada posición y su destino final, no creo que aquel viaje la hiciera demasiado feliz. Hace poco, en un periódico, se hablaba de la conmoción que un perro americano estaba produciendo entre sus cuidadores. Era capaz de entender más de trescientas palabras, y de aprender el nombre de nuevos objetos por exclusión, como hacen los niños. No estoy diciendo que haya que confundir a los animales con los hombres, pero noticias como ésta deberían hacernos preguntarnos por el verdadero papel que ocupan en nuestra vida. Los animales, que tuvieron en otro tiempo un papel central en la cultura de los pueblos, se han ido transformando a lo largo del siglo que acaba de terminar en algo marginal. Los zoológicos son la prueba más visible. Es imposible acercarse a uno de ellos, por más limpios y cuidados que estén, sin sentir que estamos en uno de esos espacios que implican una marginación forzada: los guetos, los suburbios, las prisiones, los manicomios, los campos de concentración. John Berger ha escrito que los zoológicos son el monumento vivo a la imposibilidad del hombre actual para reencontrarse con la mirada del animal. Deberíamos oponernos a estos lugares no tanto por razones humanitarias o liberales, sino por motivos de honor: arrancar a un animalde su hábitat natural para, privándole de su libertad, infligirle dolor y transformarle en un objeto de nuestras excursiones dominicales, no sólo no resulta justificable desde ningún punto de vista que se mire, sino que deshonra a la raza humana. Como lo hace la caza, entendida como deporte para gentes ociosas, o los toros, por más que la indiscutible belleza de este espectáculo nos haga olvidar su no menos indiscutible crueldad.

No estoy hablando del siempre resbaladizo sentimiento de la compasión, sino de nuestros deseos. Y puede que uno de los deseos que de una forma más constante e íntima nos define como seres humanos sea el de comunicarnos con los miembros de las otras especies. En este deseo, tan antiguo como el pecado original, se basa en gran medida el hecho de que las bestias y los animales hablen en los cuentos de hadas y, sobre todo, que sus protagonistas humanos comprendan mágicamente su lenguaje. Ésta es la razón última de esa pretendida "carencia del sentido de diferenciación entre nosotros y los animales" que se atribuye a las gentes de un pasado ya perdido. Tolkien afirma que desde muy antiguo se tiene una viva conciencia de esta diferencia; pero también se tiene la convicción de que fue traumática. Las animales son como reinos con los que el hombre ha roto sus relaciones y que sólo contempla ahora desde el exterior, y con los que, en el mejor de los casos, mantiene un difícil e inestable armisticio.

Hace años un buen amigo se tuvo que enfrentar al inesperado deseo de su hija de llevar pendientes, como las otras niñas de su clase. Se había negado a perforarle las orejas al nacer, por parecerle una costumbre bárbara, y ante la insistencia de la niña terminó perdiendo los estribos. "Los pendientes", le dijo, "son como esas argollas que ponen a las vacas en el hocico para sujetarlas al pesebre". La niña entonces se echó a llorar. "Papá", le contestó entre hipidos, "no te metas con las pobres vacas". Y mi amigo esa misma tarde fue con su hija a la farmacia para ponerle los pendientes que quería. Al recordar esta anécdota han vuelto a mi pensamiento las imágenes que inundaron los medios de comunicación durante la crisis de las vacas locas. En ellas veíamos a las "pobres vacas" caer entre espasmos, o hacinadas en los establos, sobre un mar de excrementos; transformadas en un animal sucio y aturdido, que nos inquietaba como portador de una enfermedad sólo causada por la usura del hombre, que las alimentaba con grasas animales para hacer más rentable su carne. No recuerdo ni un solo reportaje que se detuviera ante ellas con agradecimiento y delicadeza. Y sin embargo, en el libro de Enoch, los hombres nacen de una vaca blanca, después del diluvio. ¿Se trata de la fantasía de un poeta? Puede ser, pero hay algo en los ojos melancólicos y maternales de las vacas que nos hace añorar el tiempo en que nuestros antepasados lo creían así y las trataban como discretas compañeras de sus cavilaciones.

Decía Isak Dinesen que sólo hay dos pensamientos dignos de una persona inteligente. El primero es qué voy a hacer dentro de un momento; y el otro, ¿qué pretendía Dios al crear el mar, los desiertos, los vientos, el ámbar, los caballos, los peces, y todos los animales? Hacerse esa segunda pregunta supone abrirse al misterio de lo que es diferente a nosotros. Ser hombre podría ser, por ejemplo, cuidar de un Arca llena de animales, como hizo Noé. Si éstos mueren, y podría pasar, una parte de nosotros morirá con ellos; por ejemplo, nuestra imaginación, que no es sino ese atareamiento bajo las aguas negras del Diluvio. Toda una declaración de principios que debería hacernos pensar si un mundo que no se pregunta por esa presencia de los animales, o por el trato que les damos, puede merecer la pena. Porque ¿y si el verdadero sentido de la historia del Arca no es que Noé salvara a los animales, sino que fueron ellos los que le salvaron a él? No quiero concluir sin citar ese momento único del Quijote en que Cervantes nos narra cómo el rucio de Sancho se acerca a Rocinante y apoya su hocico sobre su lomo para buscar su calor, dándonos a entender que una parte esencial de nuestra humanidad se expresa misteriosamente en la contemplación de esa dulzura de los animales.

GUSTAVO MARTÍN GARZO

Publicado en EL PAÍS - Opinión - 29-12-2004

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Colaboración de Ana*, webmaster de El hábitat del unicornio

2 Enero, 2005

Sabuesos para el cáncer

Archivado en: Amores perros — mad @ 5:40 pm

Purple and Orange Dogs, de Daniel Kessler

Perros entrenados para olfatear la orina humana pueden ayudar al diagnóstico precoz de algunos tumores

Unos investigadores británicos han adiestrado perros para detectar cáncer de vejiga oliendo orina humana, lo cual abre la posibilidad de que los perros -o narices electrónicas modeladas de acuerdo con su olfato- puedan usarse algún día para detectar la enfermedad. El estudio, publicado en el British Medical Journal (BMJ), demuestra científicamente que los perros pueden detectar el cáncer a través del olfato, afirman sus autores. Mientras tanto, otros equipos de investigación, en instituciones como la Universidad de Cambridge o el estado de Florida, están probando la habilidad de los perros para detectar cáncer de pulmón, mama e hígado en el aliento; cáncer de próstata en la orina; y melanoma en la piel.

El estudio, realizado en el Amersham Hospital de Buckinghamshire (Reino Unido), fue reducido; seis perros olieron 54 muestras de orina tras varias semanas de entrenamiento. Como grupo, obtuvieron un porcentaje de aciertos del 41%, muy por debajo de lo aceptable en la mayoría de las pruebas médicas, pero la idea está en su infancia. Por supuesto, los perros no sustituirán a los rayos X, el escáner, las mamografías, las citologías y otros métodos de detección del cáncer. Pero algunas pruebas caras e invasoras se realizan sólo cuando se encuentran síntomas, como sangre en la orina de las personas que trabajan con sustancias químicas, que presentan un riesgo elevado de desarrollar cáncer de vejiga.

Además, sin biopsia, la mayoría de las pruebas no consiguen distinguir un tumor de una masa benigna, algo que aparentemente pueden hacer los perros.

Las pruebas de los perros podrían finalmente ser baratas y funcionar en las fases iniciales, y también podrían ser útiles en países pobres, dicen los científicos. Los perros -tres cocker spaniels, un labrador, un spaniel enano y un mestizo- fueron cedidos a los investigadores por una escuela que los entrena para ayudar a sordos. La mayoría de las razas tienen un olfato igualmente bueno, dicen los científicos, y es sólo el temperamento el que, por ejemplo, convierte a los sabuesos en mejores rastreadores.

Wallace Sampson, director de The Scientific Review of Alternative Medicine, que cuestiona la medicina no occidental y la curandería, afirmó que antes se había reído de la idea de que los perros huelan el cáncer, y que sigue siendo "escéptico, pero menos que al principio". Sampson, que fue además profesor de oncología en Stanford, afirmó que era "química y biológicamente posible" que los tumores emitieran suficientes sustancias químicas como para que los perros las olieran, pero quiere que se realicen más pruebas. J

im Walter, director del Instituto de Investigación Sensorial, de la Universidad del Estado de Florida, afirmó que le había decepcionado el porcentaje del 41%, que indicaba que los perros no habían sido suficientemente entrenados. "Mi hipótesis es que los perros son mucho mejores", dijo, y añadió que sólo serán útiles si se demuestra que pueden descubrir los tumores antes que los médicos.

En el estudio británico los seis perros detectaron cáncer en la orina de un hombre que se creía sano y se usaba como control. Cuando le hicieron pruebas más exhaustivas, descubrieron que tenía un tumor de riñón, y esto le salvó la vida. "Como puede imaginarse, eso nos dejó entusiasmados", dijo John C. T. Church, cirujano jubilado y principal autor del estudio. Church dijo que le había inspirado una anécdota publicada en 1989 en la revista The Lancet sobre un perro que no hacía más que oler un lunar que tenía su propietaria en una pierna, e incluso intentaba arrancarlo. Tras extirparlo, resultó ser maligno.

Los estudios realizados mediante cromatografía de gases han demostrado que algunos tumores exudan diminutas cantidades de formaldehído, alcanos y derivados del benceno que no se encuentran en el tejido sano. Los perros pueden detectar sustancias en concentraciones de sólo una milésima a una cienmilésima parte de las que pueden detectar los humanos.

Donald G. McNeil Jr. para The New York Times

Publicado en EL PAÍS - Suplemento Salud - 28-12-2004