La Muralla

La Muralla

8 Octubre 2006

El abrazo

Publicado por muralla y archivado en: A recordar.

Lo más preciado que podemos donar es nuestro contacto.

Dejar que sea nuestra propia piel la que conozca y transmita.

Por eso, algunas veces, nos cuesta tanto hacer esa donación de tocar y acariciar.

Llevamos demasiado tiempo contemplando imágenes de inmigrantes doloridos y dolorosos, asustados o muertos.

Tanto, que quizás nuestras retinas ya se han acostumbrado a ellas.

Algunas veces, pocas, se han colado imágenes de bañistas ayudando y consolando al que acaba de llegar agotado y vencido. Esa visión nos ha consolado, tal vez porque nos ha hecho sentir la piedad del hermano.

Esta foto, aparecida en la prensa en días pasados, me resulta diferente, especial.

Es la de una cooperante que despide a unos refugiados que son enviados a la Peninsula.

Les da el abrazo verdadero de alguien que conoce, ayuda y acompaña.

Despide y, en su despedida, parece dejar sobre el hombro amigo un conjuro bienhechor de felicidad y suerte, de amor y hermandad.

Ella ha entendido que no sólo de pan vive el hombre.

También necesita de la ternura.

24 Septiembre 2006

La imagen de un lugar

Publicado por muralla y archivado en: Disfrutes.

foto de Carmiña

Lo que más me reconcilia con mi propia muerte es la imagen de un lugar: un lugar en el que tus huesos y los míos sean sepultados, tirados, desenterrados juntos. Allí estarán desperdigados en confuso desorden. Una de tus costillas reposa contra mi cráneo. Un metacarpio de mi mano izquierda yace dentro de tu pelvis. (Como una flor, recostado en mis costillas rotas, tu pecho.) Los cientos de huesos de nuestros pies, esparcidos como la grava. No deja de ser extraño que esta imagen de nuestra proximidad, que no representa sino mero fosfato de calcio, me confiera un sentimiento de paz. Pero así es. Contigo puedo imaginar un lugar en donde ser fosfato de calcio es suficiente.

Sólo alguien como John Berger puede escribir algo tan bello

18 Septiembre 2006

La vuelta

Publicado por muralla y archivado en: Morriñas.

foto de Carmiña

“Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.”
(Fernando Pessoa)

Eso mismo ocurre al final del verano.

El viaje de vuelta se convierte en un desear quedarse y un anhelo de marchar.

Es el juego del tiempo, un juego finito dentro de su infinitud.

Cerré la ventana al mar y dije adiós a la querida sierra del Barbanza donde este verano no vi yeguas con potrillos.

Mandé un abrazo a la pareja de nutrias que vinieron de noche a verme pescar y me despedí sonriendo del trío de cuervos que me decían adiós con su graznar.

Vislumbré la figura gris de la garza real en el lodazal de la ría y emprendí un camino bordeado de negros y tristes cementerios de bosques quemados.

Fue la primera vez en muchos años que dije adiós sin llorar.

Hay muchas cosas que no entiendo o quizás no quiero entender… porque me duelen demasiado.

Es largo el viaje.

Barcelona está lejos, pero ya se acerca.

Millones de luces me reciben y un húmedo calor me apresa.

Lametones caninos me acarician y alejan de mi recuerdo aullidos de dolor.

Un abrazo joven y una sonrisa vieja me acunan y me dicen que sigo siendo otra y la misma a la vez.

27 Agosto 2006

Ridimoas

Publicado por muralla y archivado en: A recordar.

foto de Carmiña

Todavía nuestros sentidos no olvidaron el efecto del fuego en esta querida Galicia.

Si es cierto que los sonidos nunca mueren, ya para siempre viven en las ondas los sordos lamentos de millones de árboles y los despavaridos quejidos de miles de animales huyendo del fuego o pereciendo en él.

Fueron días tristes para todo aquel que cumple ese mandamiento que, según Galeano, se le olvidó a Dios en su Decálogo: “Amarás a la Naturaleza de la que formas parte.”

Procuro dejar atrás el sentimiento de repulsa hacia los desequilibrados que, por el motivo que sea, pusieron fuego intencionado a tanto monte y provocaron tanta muerte, y a todo ese grupo de politícos que aprovecharon “el evento” para mostrar una vez más sus miserias.

Quiero volver a mirar esta tierra y recordar siempre las palabras de Pablo R. Oitabén, “O monte non é unha Barbie, é unha muller galega, é forte e sairá adiante.”

Según leo en La Voz de Galicia, Pablo sabe perfectamente de lo que habla, ya que él es el promotor de Ridimoas, una asociación cultural y ecologista que posee 300 hectáreas de arboleda autóctona situada en pleno corazón de O Ribeiro.

En 1976 el fuego arrasó esa zona, pero Pablo decidió ponerse manos a la obra y repobló con pinos un monte de su padre, arrastrando con él a algunos vecinos.

Diez años después esos pinos murieron por una plaga, pero el bosque de Ridimoas sobrevivió, porque durante ese decenio las especies autóctonas, como robles y castaños, nacieron espontáneamente.

Con el tiempo y el dinero de un premio, Pablo R. Oitabén, constituyó una asociación que hoy es la propietaria del bosque.

Pero no se limitó a eso, sino que adquirió un grupo de escuálidos y maltratados caballos, y los llevó a su bosque, donde hoy viven. Duermen en un cercado por la noche y por el día, tras ser adiestrados por Oitabén, se dedican a limpiar los montes, devorando la maleza cuando aún es tierna y verde, cuando no puede arder.

Sí, el monte gallego es como sus mujeres, fuerte, pero no inmortal…

Pero pienso en Lola, la mujer fuerte de O Ézaro, en su vitalidad y valentía, en su sonrisa serena y brava, en su monte, en su mar y entiendo que los dos se puedan comparar…

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