
Lo más preciado que podemos donar es nuestro contacto.
Dejar que sea nuestra propia piel la que conozca y transmita.
Por eso, algunas veces, nos cuesta tanto hacer esa donación de tocar y acariciar.
Llevamos demasiado tiempo contemplando imágenes de inmigrantes doloridos y dolorosos, asustados o muertos.
Tanto, que quizás nuestras retinas ya se han acostumbrado a ellas.
Algunas veces, pocas, se han colado imágenes de bañistas ayudando y consolando al que acaba de llegar agotado y vencido. Esa visión nos ha consolado, tal vez porque nos ha hecho sentir la piedad del hermano.
Esta foto, aparecida en la prensa en días pasados, me resulta diferente, especial.
Es la de una cooperante que despide a unos refugiados que son enviados a la Peninsula.
Les da el abrazo verdadero de alguien que conoce, ayuda y acompaña.
Despide y, en su despedida, parece dejar sobre el hombro amigo un conjuro bienhechor de felicidad y suerte, de amor y hermandad.
Ella ha entendido que no sólo de pan vive el hombre.
También necesita de la ternura.