Susurros y caricias

Siempre he defendido que se consigue más con una sonrisa que con un gesto agrio. Con una caricia que con una amenaza.
Que la obediencia aflora antes con el respeto y el premio que con el despotismo y los castigos.
Por todo ello, me complació enormemente leer esta noticia en un diario:
Fernando Noailles, un domador de caballos argentino afincado en la sierra de Madrid amaestra potros salvajes valiéndose únicamente de la voz y las caricias.
A Fernando le regalaron su primer caballo el día que nació. A los 14 años un vecino indio le enseñó el arte de la doma racional, a la que aún dedica todas sus energías.
Este sistema, basado en la concepción del caballo como un compañero digno del máximo respeto, se utiliza en Suramérica desde hace siglos.
En Asia, incluso, se emplean los mismos principios para domesticar elefantes.
Según Noailles, la llegada de la industralización en el siglo XIX, convirtió a los animales en meros instrumentos, de modo que la doma racional sólo siguió practicándose entre los indígenas más pobres.
Entre ellos la palabra “jinete” ni siquiera existe.
El caballo es un igual al que se llega por el conocimiento de su naturaleza.
El eje fundamental de la comunicación equina es la energía, y el caballo la percibe en nuestra mirada, en el tono de voz y en las caricias.
La doma racional se lleva a cabo de acuerdo con el raciocinio del caballo, diciéndole “ voy a respetar tu forma de sentir y de pensar”.
La doma racional se basa en la idea de que el castigo no puede funcionar nunca con los caballos. Como seres racionales, la represión solo consigue resabiarles y hacerles reaccionar con violencia, a pesar de que su naturaleza es noble y agradecida.
“Entre mis alumnos, muchos me han dicho que acaban aplicando los principios de este sistema en todos los órdenes de la vida”
El verano pasado, Noailles impartió un seminario de cinco días en la prisión madrileña de Alcalá-Meco. El curso, denominado Tratar con caballos, iba dirigido a presos de mediana y alta conflictividad.
“Pretendíamos mejorar su forma de entender la vida y la experiencia resultó muy positiva.”
Quizás, si todos nos convirtiéramos en susurradores de caballos el mundo cambiaría.
Quizás, si utilizásemos las manos para rozar y acariciar, la voz para besar en vez de herir, el mundo sería nuestro perdido paraíso.
