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La Muralla

13 Abril 2005

Irmaus

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Camiñan o meu rente moitos homes.
Nonos coñezo. Sonme estranos.
Pero ti, que te encontras alá lonxe,
máis alá das sabanas e das illas,
coma un irmáu che falo.
Si é túa a miña noite,
si choran os meus ollos o teu pranto,
si os nosos berros son igoales,
coma un irmáu che falo.
Anque as nosas palabras sean distintas,
e ti negro i eu branco,
si temos semellantes as feridas,
coma un irmáu che falo.
Por enriba de tódalas fronteiras,
por enriba de muros e valados,
si os nosos sonos son igoales,
coma un irmáu che falo.
Común temos a patria,
común a loita, ambos.
A miña mau che dou,
coma un irmáu che falo.

Celso Emilio Ferreiro.

( Caminan a mi lado muchos hombres.
No los conozco. Me son extraños.
Pero a ti, que te encuentras allá lejos,
más allá de las sabanas y de las islas,
como a un hermano te hablo.
Si es tuya mi noche,
si lloran mis ojos tu llanto,
si nuestros gritos son iguales,
como a un hermano te hablo.
Aunque nuestras palabras sean distintas,
y tú negro y yo blanco,
si tenemos semejantes las heridas,
como a un hermano te hablo.
Por encima de todas las fronteras,
por encima de muros y vallados,
si nuestros sueños son iguales,
como a un hermano te hablo.
Común tenemos la patria,
común la lucha, ambos.
Mi mano te doy,
como a un hermano te hablo.)

(Siento mucho no poder visitaros, pero tengo el ordenador estropeado, así que hasta que no me lo arreglen, “estoy incomunicada”. Besos a todos.)

24 Marzo 2005

Varadas

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Varadas en el agua reposan mansamente, esperando el momento de ser útiles, de que manos hábiles las pongan en marcha y las lleven al mar.
Se sienten madera inerte, humedecida y seca a la vez.
Envidian a los pequeños peces que vienen a nutrirse de las algas que crecen en su vientre y pueden nadar libremente por su ría.
Miran con nostalgia a las gaviotas que chapotean y vuelan. Notan su leve peso cuando alguna descansa sobre ellas y desearían sus alas y volar.
En este rincón del puerto el agua está tan quieta que no llega ni a acariciar
Esperan, sólo esperan.
Esperan sentir el peso humano cabalgándolas, trotando mar adentro, levantando blanca espuma, dejando estelas sin pisar.
Esperan escuchar el rugido del mar y esquivar la fuerza de las olas, o dejarse abrazar por ellas hasta llegar a la entrega total.
Esperan saberse a salvo, lejos de la playa, navegando, cumpliendo un destino marcado en las estrellas y escrito con agua y con sal.
Esperan acariciando sueños. Estivales sueños anclados en la playa del invierno.
Nostálgicos sueños que ensombrecen la vida y dejan un poso amargo de renuncia final.

19 Enero 2005

Oporto

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” Comenzó a descender por el pequeño sendero flanqueado de gruesas matas de retama. Era agosto, y aquella retama, quién sabe por qué, seguía floreciendo como si fuera primavera. Manolo olfateó el aire como un entendido. Era capaz de captar los olores más diversos de la naturaleza, como le había enseñado la vida salvaje. Contó: retama, espliego, romero. Por debajo de él, al final del declive, brillaba el río Duero bajo el sol oblícuo que nacía entre las colinas. Dos o tres barcazas de mercancías que venían del interior y se dirigían hacia Oporto tenían las velas henchidas, pero parecían inmóviles sobre la cinta del río. Transportaban barriles de vino para las bodegas de la ciudad, Manolo lo sabía, un vino que después se transformaría en botellas de Oporto y tomaría los caminos del mundo. Manolo sintió una gran nostalgia por el vasto mundo que nunca había conocido. Puertos ignotos, lejanos, llenos de nubes, por los que descendía la niebla como había visto una vez en una película…”**

La tarde moría después de un día abrasador. Las calles de Oporto nos habían quemado y extenuado. Nos habíamos asomado a los puentes de hierro que cruzan el Duero, y desde allí envidiado al grupo de niños que, más abajo, se lanzaban al agua.
Habíamos paseado sus orillas, hermosas, tranquilas, y saboreado sus vinos verdes, olorosos y reconfortantes. Gozado de las sombras de sus árboles como de un frescor bendito e inesperado. Agotado nuestras fuerzas en un intento de apoderarnos de una ciudad que nos ofrecía sus encantos.
Y ahora estábamos allí, frente al océano, junto al río, contemplando emocionados su abrazo.
El río llegaba, ancho, caudaloso, exhausto, agotado por todas las bellezas que sus orillas habían bañado, y se entregaba enamorado, lleno de amor y deseo en brazos del amado.
El mar salía a su encuentro, lo lamía y lo besaba. Llegaba con su lengua blanca de olas a lo más hondo de su ser. Y el río se dejaba, suspiraba, con dulces lamentos que el océano ahogaba.
No pudimos resistir el encuentro y nos adentramos en el agua…
¿Recuerdas mi niña?…El placer de su frío, mientras el sol, rojo, anaranjado, se ahogaba.
Fue como el participar del orgasmo que río y mar disfrutaban…
Puedo cerrar los ojos y volver a vivirlo todo: la belleza sin igual del ocaso, el dolor lacerante, aunque placentero del agua, la serenidad de la playa sólo rota por las barcas que pasan, el escurrirse de la arena entre tus manos y las mías…la nostalgía de saber que se acababa…

**”La cabeza perdida de Damasceno Monteiro”
de Antonio Tabucchi

14 Enero 2005

Añoro

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Playa2_3

Tengo morriña. De mi mar. De su olor, de su color, de su rumor, del tacto de su arena bajo mis pies y hasta de su sabor mezclado con mis lágrimas

De los miles de aromas, que de puntos lejanos me trae su brisa.

De su luz y color, que agoniza con gris y revive en turquesa, pero siempre me  hechiza.

De los cuervos vigías, que voltean mi playa, escuchando las olas que cantan al romper en las rocas que brillan.

De gaviotas, que tejidas en nubes, escoltando los barcos de pesca, revuelan y gritan.

Echo de menos escuchar las sirenas que rasgando la noche, anuncian con lenguaje de naves, que los hombres regresan a tierra.

Verlo, repleto de perlas, que una lluvia, mansa y suave, con donaire lo siembra.

Sentarme en su arena, acariciar sus conchas y soñar con la vida en la isla que al fondo lo peina.

Ver cruzar los veleros que le pintan colores las noches de fiesta.

Añoro, subir montes y laderas, y desde allí, contemplar su poder y grandeza.

Su rebaño de blancas ovejas, que el viento del norte, con silvos lejanos traídos del monte, le esparce y le presta.

Perderme en caminos que abrazan y besan, atrapando recodos, descansando en sus playas y muriendo en sus peñas.

Asomarme a aquel faro lejano, vigilante de ondas, taladro de brumas y sonrisa de estrellas.

Cruzar por el puente repleto de arcos, que en reposo y silencio, la ría atraviesa.

Ver la niebla que bajando despacio lo cubre del todo hasta que se duerma.

Las noches, de negrura infinita, cuando atrapa las sombras para que se pierdan.

Y hasta aquel cementerio, bañado de espuma, donde algas y flores confunden olores sembrados en piedras.

 

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