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La Muralla

6 Febrero 2006

Conto

Publicado por muralla y archivado en: Historias.

En una tarde de frío y nostalgias, hojeo un viejo regalo.

Es el número 71 de la Revista Nós, datada en Ourense, o 15 de Outono de 1929.

En ella se da cuenta de la muerte del galleguista Antón Lousada Diéguez y se publican algunas de sus páginas inéditas.

Una de ellas es ésta, que lleva por título,

Un conto.

  • Boteime a camiñar pol-o ceo, brincando d’estrela en estrela, correndo pol-as estradas d’a lúa e dos ensoños.

    Respiraba n’o aire da Terra. Un amigo díxome qu’estaba cabeza a abaixo c’un pé n’ó Pegaso y-outro no Cisne e c’os beizos y-os ollos n’un anaco d’Europa.

    Seguín brincando d’estrela en estrela. Caín n’un cometa que me serviu de skis por algún tempo.

    Sentinme liberado. Cheguei a comprender que o mais grande movimento é a profunda e infinida quietude.

    Os meus pés foron trazando a mais longa estrada qu’un xenial inxenieiro pudo maxinar. Mais eu seguía respirando o aire da Terra, y-os meus ollos aínda vían a nosa paisaxe y -as mulleres y –as nosas miserias…

    Aínda oía falar ós faladores e sentía nos beizos o aire das cidades… Petaba o meu alento na miseria.

    Bulín moito mais, fixen c’o meu camiñar unha infinita órbita, brinquei por riba da Águia e de Sirio… Cheguei a cansar… Tiña razón o meu amigo.

    A miña cabeza estaba na Terra, sempre na Terra, y–era o inconmovibel centro d’a órbita qu’eu fixera.

    Eu era un home e nin as estrelas, nin os cometas podían arrincar a miña testa da Terra pra leval-a ó Ceo. Para bicar ó Ceo e respirar no cumio era preciso que os meus pés se asentasen na Terra e que camiñase moito pol-o mundo.

    1. Me eché a andar por el cielo, brincando de estrella en estrella, corriendo por las carreteras de la luna y de los ensueños.

      Respiraba en el aire de la Tierra. Un amigo me dijo que estaba cabeza abajo con un pie en Pegaso y el otro en Cisne y con los labios y los ojos en un rincón de Europa.

      Seguí brincando de estrella en estrella. Caí en un cometa que me sirvió de skis por algún tiempo.

      Me sentí liberado. Llegué a comprender que el mayor movimiento es la profunda e infinita quietud.

      Mis pies fueron trazando la más larga carretera que un genial ingeniero pudo imaginar.

      Pero yo seguía respirando el aire de la Tierra, mis ojos aún veían nuestro paisaje, sus mujeres y nuestras miserias… Todavía oía hablar a los charlatanes y sentía en los labios el aire de las ciudades… Chocaba mi aliento en la miseria.

      Me moví mucho más, tracé con mi caminar una órbita infinita, brinqué por encima de Águila y Sirio… Me cansé… Tenía razón mi amigo.

      Mi cabeza estaba en la Tierra, siempre en la Tierra, y era el inconmovible centro de la órbita descrita.

      Yo era un hombre y ni las estrellas, ni los cometas podían arrancar mi cabeza de la Tierra para llevarla al Cielo.

      Para besar el Cielo y respirar en la cumbre era preciso que mis pies se asentasen en la Tierra y que caminase mucho por el mundo.

    2 Noviembre 2005

    O cruceiro da carballeira

    Publicado por muralla y archivado en: Historias.

    o cruceiro da carballeira de Castelao
    Siempre que se acercaba a aquel lugar sentía en su alma todo el embrujo y el misterio que a lo largo de su vida había oído contar que le rodeaba.

    Un cruce de caminos, en las cuatro direcciones de los vientos, había marcado su origen.

    En sus raices de piedra se asentaban y dormían el sueño eterno algún que otro cadáver de suicida y seres muertos antes de nacer.
    Personajes todos ellos que la santa madre iglesia creyó no merecían descansar en el camposanto.

    La frondosidad de los carballos que le rodeaban tamizaba la luz y la filtraba como de una catedral gótica se tratara.
    La humedad inundaba el aire de olores penetrantes y distintos, entre los que predominaba el de los helechos mezclado con el de la tierra húmeda, generosa y avara a un tiempo.

    Le gustaba sentarse en el banco de piedra y contemplar aquella hermosísima obra maestra salida de las manos anónimas de un viejo cantero.

    A un lado, un Cristo crucificado con una reverencial cara de dolor, le mira implorante, mientras al otro, una hermosa Piedad sostiene en su regazo el dolor del Hijo en todo su desamparo.

    Hasta aquí, nada nuevo, nada extraordinario, lo distingue de los miles y miles de cruceiros que pueblan tierras gallegas; sin embargo ella se siente atraída por aquel en especial y aún tiene que descubrir el por qué.

    Hoy, día de difuntos, llegó hasta allí cargada con un ramo de crisantemos recién cogidos de la huerta que aún cultiva la abuela.
    Son un viejo presente que, desde que tiene memoria, vio como los suyos depositaban a los pies de la piedra, en recuerdo a los seres olvidados que allí duermen.

    A lo largo de su vida escuchó muchas historias y leyendas en torno a aquel lugar, pero, no obstante, el miedo nunca anidó en su corazón, quizás porque allí nunca se sintió sola.
    Siempre se notó protegida y acompañada por algo etéreo y especial al que nunca supo ponerle nombre.

    Depositó las flores en el suelo y una brisa suave como el revuelo de unas mariposas le rozó la cara.
    Fue algo tan suave y tierno que le hizo sonreir.

    Se sorprendió al notar el bailoteo de las hojas de los árboles que brillaron por un momento como si en cada una de ellas se hubiera encendido una luciérnaga.

    Se movieron las ramas agitadas por invisibles manos y produjeron un eco de risas infantiles que se extendió por todo el bosque.

    En la lejanía, docenas de campanas repicaron a gloria y sobre el claro del cruceiro una nube descargó un orballo que llenó de gotas de rocío el ramo de crisantemos.

    Pasó las manos por el pelo y recogió de él minúsculas gotas como diamantes que, con inmenso placer, extendió por su cara.

    Volvió a sonreir. Miró el cruceiro con ojos nuevos y sintió en toda su piel aquel regalo.

    9 Octubre 2005

    Baile y jadeo (Juego de Bito)

    Publicado por muralla y archivado en: Historias.

    S Andrés de Teixido
    (S. Andrés de Teixido, a donde, según la leyenda, va de muerto el que no fue de vivo)

    Silba el viento entre los árboles y la lluvia azota sus ramas con furia desalmada.

    Una nube negra de tormenta iracunda tapa la luna y protege las sombras alargadas.

    Tronchan los helechos furias desatadas que galopan el bosque invadiendo la calma.

    En medio de la noche muge una vaca. Su gemido rueda acantilados y se ahoga en la playa.

    Decenas de caballos trotan las veredas y en torno al cruceiro danzan un baile tenebroso y aciago.

    Sus relinchos, en jadeo cansado, son los únicos salmos que invaden la tierra implorando un final.

    Hierbas y flores se abrazan en muda agonía de sordos quejidos y aguas turbulentas tañen guijarros que peregrinan caminos de tierra y mar

    Un relámpago azul acaricia la iglesia y las campanas responden con sones de muerte y soledad.

    Luces quebradas se adueñan del cielo, y atraviesan el atrio dibujando figuras que aprovechan la noche para cumplir promesas en procesión fantasmal.

    1 Octubre 2005

    Culebrón

    Publicado por muralla y archivado en: Historias.

    Esta historia la comenzó Azul, que propuso continuarla. Yo acepté su reto y aquí está la continuación:

    Le había costado mucho tomar aquella decisión, y todavía no creía que fuese capaz de llevarla a término, ya que en los últimos años su vida se había convertido en una rutina, en una sucesión de tiempos grises en los que no cabía el arco iris.

    Supo que o hacía algo para dejarlo entrar o su alma quedaría encerrada en el negro más absoluto.

    Necesitaba olvidarse de muchas cosas, entre ellas, y la más importante, la que la ataba a este lugar; por ello esperó con impaciencia la llegada del autobús que la apartaría unos kilómetros de aquellas tierras y la conduciría al lugar dónde se disipa la niebla.

    Un lugar que había abandonado tiempo atrás, en busca de otra vida y otros sueños, pero que ahora necesitaba recuperar para sentirse de nuevo mujer.

    Un sitio dentro de un corazón al que, por no amar, nunca pudo olvidar.

    Se sentó en una de las piedras milenarias y contempló la plaza.

    Se vio a si misma cruzándola altiva, pizpireta, sabiéndose mirada, acariciada, por unos lánguidos ojos de enamorado, y ansió como nada en la vida volver a encontrarlo, rozar lo nunca rozado, sentirse de nuevo admirada.

    Despacio, con toda la prisa de la vida no recobrada, llamó a la puerta de su casa. Lo deseaba todo y no esperaba nada.

    Un hombre grande, solitario, de expresión triste y cansada, ocupó la entrada. No hubo en su mirada ni un atisbo de alegría, de reconocimiento, ni de amor recordado…

    Le sonrió y pareció que una interrogante quisiera abrirse paso en sus ojos después de su sonrisa.

    Esperó. Y habló:

    -Busco a un amigo, que hace tiempo vivía aquí…

    -Creo que tiene la dirección equivocada. Yo siempre viví aquí y que recuerde, usted, nunca fue mi amiga.- y en su cara también apareció una tímida sonrisa.

    Los años hicieron bien su trabajo- pensó ella, mientras se negaba a aceptar que el mar del olvido hubiera sepultado totalmente el juvenil amor no correspondido.

    -¿Cómo se llamaba su amigo?

    Sintió pena, vergüenza y rabia al responder.

    -No lo recuerdo. No sé siquiera si alguna vez lo supe.

    Le paso la tarea a Nemomemini, para que él sea el que la continúe…

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