
“Desde todos los puntos cardinales
llega la culpa como un aleluya”
Desde el norte de la infancia, cuando los sueños aún adormecidos empiezan a florecer y a pedir espacios de jardines verdes, húmedos, sin límites ni cielos.
Desde el sur de la adolescencia, cuando abruman las quimeras y se apoderan del alma sin reservas.
Cuando sentimos que podemos cambiar el universo con sólo desearlo, casi sin quererlo.
Desde el este de la madurez, cuando las lágrimas han marchitado ya algún recodo del camino y la realidad ha sembrado de huesos los recuerdos.
Desde el oeste de la vejez, cuando el sol se ocultó y la penumbra ilumina una vida sin vuelta atrás y sin retorno. Cuando caen las sombras sobre los sueños ya sin comienzo y sin final.
“Se nos cuelga del alma y la aceptamos
como un interrogante de la noche”
¿Se nos cuelga del alma y la aceptamos o nos la clavaron a sangre y fuego sin que podamos devolverla?
Nos la fueron incrustando con palabras que cierran el alma en una cueva. Nos fueron lacerando poco a poco hasta que la culpa fue su carcelera, y hasta tal punto fue cerrando puertas y ventanas que ni la misma muerte nos libra de esa pena.
” y ella se queda pálida, extenuada
la compañera culpa sin raíces”
Nos abraza en su última agonía. Quiere asfixiarnos y llevarnos con ella, arrastrarnos a ese mar que puebla y que domina. Se nutre de nosotros y en nosotros se enreda. Somos la rueda de molino en la que echa anclas y se asienta.
Somos el árbol por el que sube extenuada a contemplar un cielo que le permita sentirse viva y requerida.
” ansiosa de que al fin la consolemos
y compartamos su última vergüenza”
Y al final nos pide caridad, lástima, consuelo.
Al final nos invade, nos marchita.
Cual anaconda pretende estrangularnos para que no odiemos su maldad y su miseria…
Desvaríos al poema La culpa, de M. Benedetti