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La Muralla

20 Abril 2006

Máscaras

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

Solté la máscara y me vi en el espejo…
Era el niño de hace tantos años…
No había cambiado nada…

Cerró el libro y entornó los ojos mientras se balenceaba suavemente en la mecedora, como si así se adueñara más si cabe de las palabras de Pessoa.

Sonrió mientras llamaba:

-Maruxo, Maruxiño…

El cuervo graznó indignado:

*-¿Qué pasa meiga? Casi pareces miña nai, querendo saber sempre o que fago…

-Perdona, corvo. No quiero inmiscuirme en tu vida, sólo gozar de tu sabiduría- ironizó Estrella.

-Bueno, bueno, ahora toca ponerse la máscara de la adulación ¿Eh, paisana?

-Pues mira, como siempre, adivino. Sobre máscaras estaba leyendo…

-Por encima de tu hombro lo vi, aunque tú me ignoraras.

-Dejémonos de trifulcas, Maruxiño, y conversemos plácidamente, como tú y yo sabemos hacerlo. ¿Tú crees que todos llevamos puesta una máscara?

-Al menos la mayoría de los humanos lleváis la de la educación tras la que ocultáis la verdad y la mentira, utilizando a gusto cada una de ellas según os convenga.
Los cuervos no tenemos la desgracia de asistir a la escuela en la que esa educación se enseña. Lee, lee, sigue leyendo el poema…

Estrella le hizo caso.

Esa es la ventaja de saber quitarse la máscara.
Se es siempre niño,
El pasado que queda,
El niño.

-El niño que desconoce la hipocresía, que ve la realidad y la describe. El niño que no engaña, el inocente, aquel ser libre como…un cuervo…

-No todo es bondad en esa inocencia, Maruxiño. La verdad, algunas veces, puede ser muy cruel…

-La crueldad la habéis inventado los hombres, meiga. Para nosotros sólo existe la ley de la supervivencia.

-Una ley con la que siempre gana el más fuerte, en la que no hay piedad para los débiles…

-Una ley que está hecha para que sobreviva la especie.

-Pero la bondad del ser humano está obligada a ir más lejos, a llenarse de piedad y proteger al débil. A utilizar la inteligencia para construir un mundo mejor.

-Pues menos mal que estáis en ello- graznó Maruxo socarronamente- Así, gracias a vosotros, decimos adiós cada día a un montón de especies.
Por no saber no sabéis, ni siquiera, cuidar de los vuestros. Y ahora, yo te acabaré el poema.

Solté la máscara, y volví a ponérmela.
Así es mejor.
Así soy la máscara.
Y vuelvo a la realidad como a una terminal de línea.

-Eso es lo que mejor sabéis hacer, colocaros la máscara y vivir con ella – gritó indignado, mientras desaparecía sobre el espejo de la ría.

A Estrella no le quedó más remedio que colocarse la máscara de la tristeza…

———————————————————

*-¿Qué pasa, meiga? Casi pareces mi madre, queriendo saber siempre lo que hago.

12 Enero 2006

Cuento de Navidad

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

Dedicado con todo el afecto a TST, que fue el primero que lo recuperó y me lo envió tras el déjà vu que hemos vivido estos dos últimos días.

(Este cuento participa en el concurso “Cuentos de Navidad”, convocado por Isthar en su blog, por eso lo vuelvo a publicar ahora y dedicado).

Estrella leía sentada en su mecedora muy cerca del fuego.

De vez en cuando su mirada se perdía con deleite en las mágicas figuras que diseñaban las llamas del viejo tronco de roble que se consumía en la lareira.

Maruxo dormitaba en su regazo dejándose mecer por el arrullo de aquella mano que acariciaba sus plumas.

Todo estaba en orden en aquella noche navideña, y todos dormían menos Estrella que disfrutaba del momento como si fuera el último de su vida.

Fuera el frío era intenso.
Un gélido viento del norte deshacía las nubes y mostraba una noche tachonada de estrellas.

De pronto, un lejano y prolongado aullido atravesó la ría y despertó a Paloma que le respondió con fuertes ladridos.

También Maruxo voló precipitamente hacia la ventana y se quedó escuchando despavorido.

-¿Qué pasa, Maruxiño? No me digas que te asusta el aullido del lobo.

-Non meiga, non. Pero éste foi algo especial. Recordoume outro…(*)

-¿A cuál, si puede saberse?

-Al de la noche en la que el mundo estuvo a punto de perder las estrellas.

-Pero,¿ qué dices, Maruxiño y qué tiene que ver el lobo en todo eso?

No me digas que tú también eres de los que echas al lobo la culpa de todo…

-Non me ofendas, maestra, non me ofendas…(**)

-Perdona…

-Estás perdonada. Ya sé que amas a los lobos, pero lo que quizás no sepas es que ellos son los vigilantes de las estrellas, los que controlan su rumbo y dan la voz de alarma cuando se pierde una de ellas.

En cada punto estratégico del planeta hay una familia de lobos que mira al cielo y cuenta los luceros.

Estrella lo miró asombrada y el cuervo empezó a narrar…

Era yo muy pequeño…

El invierno era crudo y las noches registraban las temperaturas más bajas de los últimos siglos.

La tierra emanaba una espesa y helada niebla que ocultaba el más leve resplandor de cualquier estrella.
Ningún animal osaba abandonar su refugio.

Las plantas sobrevivían buscando en sus raices el calor de la tierra y el mar se recogía en sus abismos más profundos mientras las piedras, desnudas, tiritaban de frío.

En lo alto del Louro, en una de las invisibles cuevas de las que dan cuenta las leyendas, una pareja de lobos grises yacían acurrucados prestándose calor.

El mar sonaba vacío de barcos y caracolas y hasta las playas habían desaparecido de la ría.

De pronto, en medio de aquel inquietante silencio, una estrella cayó del cielo, cruzó la boca de la cueva y en medio de un terrible estruendo se precipitó en el mar.

Luza, la joven hembra preñada, no pudo evitar temblar, y Obol, el gran macho, corrió a la boca de la cueva para desde allí lanzar su temible aullido y llorar.

Algo había fallado en el universo y aquella estrella equivocaba su hora y su lugar.

Desde lo más alto del monte el lobo guardián llamaba con sus aullidos a cielos, tierra y mar.

Durante segundos el mundo se paralizó y sobre el mar brillaron millones de luces que intentaban inútilmente flotar.

Luza bajó casi rodando y en un rincón de la playa descubrió la destrozada y bella estrella que se apagaba agonizando.

A la desesperada llamada de aquellos aullidos lastimeros acudieron cientos y cientos de animales.

Peces de todos los colores, delfines, pulpos, caracolas, nutrias y sirenas llenaron el mar hasta entonces desierto.

Caballos, gaviotas, lobos y cuervos poblaron las playas y sus peñas.

Luza, rebosante de amor maternal, se apresuró a consolarla y lamerla.

-¿Quién eres y qué te ha pasado?

-Soy la estrella de Navidad- respondió en un suspiro- Y no sé muy bien contra qué choqué, pero perdí mi rumbo y aquí estoy, apagándome en este lugar.
Lo terrible es que si yo muero morirán conmigo todas las estrellas.

-Tranquila, Obol no dejará que eso suceda.

Efectivamente, el hermano lobo estaba ya al frente de todo aquel tumulto animal y discutía la manera de solucionar el problema.

-Si consiguieramos sacarla del agua, izarla y llevarla hasta Finisterre…

-Sacarla del agua está hecho- chilló el viejo delfín.

Y un círculo de seres marinos rodeó la estrella y la arrastró pesadamente hasta la playa que, generoso y colaborador, había cedido el mar.

Obol volvió a aullar y su aullido fue atendido por todo el mundo animal.

Los caballos salvajes del Barbanza acudieron en tropel acarreando en sus lomos miles de arañas que se dejaron caer suavemente sobre las heridas sin luz de la maltrecha estrella.

-Tejed y tejed. Cerrad esas heridas, antes de que sea demasiado tarde, hermanas- aulló Obol.

Y ellas tejieron. Sin descanso.

Tejieron sus redes más fuertes y espesas.

Eran tantas y trabajaron con tanto ahinco que en pocos minutos zurcieron el viejo lucero.

Habían cerrado las heridas, pero no habían repuesto sus luces…

De pronto, las laderas del Louro fueron un hervidero de lucecitas que se movían con rapidez en dirección al mar.

Los lobos, las mansas vacas, las resignadas ovejas, las locuelas gallinas…todas acudían portando las luciérnagas que habían conseguido despertar.

Con ellas fueron rellenando los zurcidos, abriendo luces donde antes había oscuridad.

Gaviotas, cormoranes, lechuzas y cuervos, con garras y picos, levantamos la estrella y en un esfuerzo sobreanimal conseguimos devolverla a su ruta ancestral.

La dejamos caer sobre el viejo mar de Finisterre, único lugar del mundo donde puede hundirse una estrella y volver a surgir al día siguiente.

El universo recobró su orden natural y un coro de voces animales se unió al canto del mar.

-Maruxiño, dime ¿esa historia es cierta?

Tan cierta como que, cuando mires al cielo y veas caer una estrella, no te lo creas, es sólo que la diosa celeste, como premio, siembra la tierra de luciérnagas, mientras en el aire vuelan las palabras del poeta:

Dainos, Señor,
Un alpendre de sombras e de luar
para cantar.
E un carreiriño de vagalumes
polas hortas vizosas do teu reino. (***)

La madrugada encontró a Maruxo y Estrella contemplando el cielo en busca de una siembra de luciérnagas…

********************************************************

(*)-No meiga, no. Pero éste fue algo especial y me recordó aquel otro.
(**)- No me ofendas, maestra, no me ofendas.
(***) Danos, Señor,
un cobertizo de sombras y de luz de luna
para cantar.
Y un senderillo de luciérnagas
por las huertas vigorosas de tu reino.

26 Diciembre 2005

Cuento de Navidad

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

foto de Carmiña

Estrella leía sentada en su mecedora muy cerca del fuego.

De vez en cuando su mirada se perdía con deleite en las mágicas figuras que diseñaban las llamas del viejo tronco de roble que se consumía en la lareira.

Maruxo dormitaba en su regazo dejándose mecer por el arrullo de aquella mano que acariciaba sus plumas.

Todo estaba en orden en aquella noche navideña, y todos dormían menos Estrella que disfrutaba del momento como si fuera el último de su vida.

Fuera el frío era intenso.

Un gélido viento del norte deshacía las nubes y mostraba una noche tachonada de estrellas.

De pronto, un lejano y prolongado aullido atravesó la ría y despertó a Paloma que le respondió con fuertes ladridos.

También Maruxo voló precipitamente hacia la ventana y se quedó escuchando despavorido.

-¿Qué pasa, Maruxiño? No me digas que te asusta el aullido del lobo.

-Non meiga, non. Pero éste foi algo especial. Recordoume outro…(*)

-¿A cuál, si puede saberse?

-Al de la noche en la que el mundo estuvo a punto de perder las estrellas.

-Pero,¿ qué dices, Maruxiño y qué tiene que ver el lobo en todo eso?
No me digas que tú también eres de los que echas al lobo la culpa de todo…

-Non me ofendas, maestra, non me ofendas…(**)

-Perdona…

-Estás perdonada. Ya sé que amas a los lobos, pero lo que quizás no sepas es que ellos son los vigilantes de las estrellas, los que controlan su rumbo y dan la voz de alarma cuando se pierde una de ellas.
En cada punto estratégico del planeta hay una familia de lobos que mira al cielo y cuenta los luceros.

Estrella lo miró asombrada y el cuervo empezó a narrar…

Era yo muy pequeño…

El invierno era crudo y las noches registraban las temperaturas más bajas de los últimos siglos.

La tierra emanaba una espesa y helada niebla que ocultaba el más leve resplandor de cualquier estrella.

Ningún animal osaba abandonar su refugio.

Las plantas sobrevivían buscando en sus raices el calor de la tierra y el mar se recogía en sus abismos más profundos mientras las piedras, desnudas, tiritaban de frío.

En lo alto del Louro, en una de las invisibles cuevas de las que dan cuenta las leyendas, una pareja de lobos grises yacían acurrucados prestándose calor.

El mar sonaba vacío de barcos y caracolas y hasta las playas habían desaparecido de la ría.

De pronto, en medio de aquel inquietante silencio, una estrella cayó del cielo, cruzó la boca de la cueva y en medio de un terrible estruendo se precipitó en el mar.

Luza, la joven hembra preñada, no pudo evitar temblar, y Obol, el gran macho, corrió a la boca de la cueva para desde allí lanzar su temible aullido y llorar.

Algo había fallado en el universo y aquella estrella equivocaba su hora y su lugar.

Desde lo más alto del monte el lobo guardián llamaba con sus aullidos a cielos, tierra y mar.

Durante segundos el mundo se paralizó y sobre el mar brillaron millones de luces que intentaban inútilmente flotar.

Luza bajó casi rodando y en un rincón de la playa descubrió la destrozada y bella estrella que se apagaba agonizando.

A la desesperada llamada de aquellos aullidos lastimeros acudieron cientos y cientos de animales.

Peces de todos los colores, delfines, pulpos, caracolas, nutrias y sirenas llenaron el mar hasta entonces desierto.

Caballos, gaviotas, lobos y cuervos poblaron las playas y sus peñas.

Luza, rebosante de amor maternal, se apresuró a consolarla y lamerla.

-¿Quién eres y qué te ha pasado?

-Soy la estrella de Navidad- respondió en un suspiro- Y no sé muy bien contra qué choqué, pero perdí mi rumbo y aquí estoy, apagándome en este lugar.
Lo terrible es que si yo muero morirán conmigo todas las estrellas.

-Tranquila, Obol no dejará que eso suceda.

Efectivamente, el hermano lobo estaba ya al frente de todo aquel tumulto animal y discutía la manera de solucionar el problema.

-Si consiguieramos sacarla del agua, izarla y llevarla hasta Finisterre…

-Sacarla del agua está hecho- chilló el viejo delfín.

Y un círculo de seres marinos rodeó la estrella y la arrastró pesadamente hasta la playa que, generoso y colaborador, había cedido el mar.

Obol volvió a aullar y su aullido fue atendido por todo el mundo animal.

Los caballos salvajes del Barbanza acudieron en tropel acarreando en sus lomos miles de arañas que se dejaron caer suavemente sobre las heridas sin luz de la maltrecha estrella.

-Tejed y tejed. Cerrad esas heridas, antes de que sea demasiado tarde, hermanas- aulló Obol.

Y ellas tejieron. Sin descanso.
Tejieron sus redes más fuertes y espesas.

Eran tantas y trabajaron con tanto ahinco que en pocos minutos zurcieron el viejo lucero.

Habían cerrado las heridas, pero no habían repuesto sus luces…

De pronto, las laderas del Louro fueron un hervidero de lucecitas que se movían con rapidez en dirección al mar.

Los lobos, las mansas vacas, las resignadas ovejas, las locuelas gallinas…todas acudían portando las luciérnagas que habían conseguido despertar.

Con ellas fueron rellenando los zurcidos, abriendo luces donde antes había oscuridad.

Gaviotas, cormoranes, lechuzas y cuervos, con garras y picos, levantamos la estrella y en un esfuerzo sobreanimal conseguimos devolverla a su ruta ancestral.

La dejamos caer sobre el viejo mar de Finisterre, único lugar del mundo donde puede hundirse una estrella y volver a surgir al día siguiente.

El universo recobró su orden natural y un coro de voces animales se unió al canto del mar.

-Maruxiño, dime ¿esa historia es cierta?

Tan cierta como que, cuando mires al cielo y veas caer una estrella, no te lo creas, es sólo que la diosa celeste, como premio, siembra la tierra de luciérnagas, mientras en el aire vuelan las palabras del poeta:

Dainos, Señor,
Un alpendre de sombras e de luar
para cantar.
E un carreiriño de vagalumes
polas hortas vizosas do teu reino.
(***)

La madrugada encontró a Maruxo y Estrella contemplando el cielo en busca de una siembra de luciérnagas…

********************************************************

(*)-No meiga, no. Pero éste fue algo especial y me recordó aquel otro.

(**)- No me ofendas, maestra, no me ofendas.

(***) Danos, Señor,
un cobertizo de sombras y de luz de luna
para cantar.
Y un senderillo de luciérnagas
por las huertas vigorosas de tu reino.

27 Noviembre 2005

Sonrisas. Capítulo XXII

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

playa Portosín-Carmiña

( Cap. XXI en Mad)

-Hola, Casilda- gritó alegremente Estrella, con el cuervo posado en su hombro y la pequeña maleta a sus pies, mientras asomaba la cabeza por la puerta entreabierta de la Taberna.

No siguió hablando. Las luces de decenas de velas bailaban sombras alegres y se mezclaban con las ya atenuadas de la lareira.

Pudo vislumbrar en el suelo las figuras de Casilda y un hombre que dormían desnudos y satisfechos después de poseerse y ser poseídos.

-¡Leñe! ¡Chegache tarde, raíña!- graznó asustado Maruxo.

Estrella se apresuró a cerrarle el pico con sus dedos, mientras rápidamente cogía su maleta y se colaba escaleras arriba hacia su habitación.

-¿Por qué tarde, corviño? Una entrega amorosa puede ser el comienzo de algo o de nada.

-Xa. Olvidaba que los humanos no sabéis ser fieles a una pareja como lo somos los cuervos, por algo los egipcios nos adoptaron como símbolo de la vida conyugal.
¿Y ahora qué harás, meiga?

-Nada, Maruxiño. ¿Qué quieres que haga? Cuando dos cuerpos se conocen y se rozan hay que esperar a saber si también se reconoció el alma y eso lleva su tiempo. Hay que dejar que los días entierren y desentierren los sentimientos…

El cuervo huyó por la ventana entreabierta graznando indignado “No, si a la vejez, viruelas”

Estrella se tendió sobre su cama y se dispuso a esperar la llegada del alba. Pero el sueño le era esquivo y los recuerdos que brotaron de la imagen contemplada hacía unos instantes, como de un fresco manantial, ponían en su boca una nostálgica sonrisa y en sus ojos brillantes estrellas que parecieron acudir al conjuro de su nombre.

Era finales de septiembre y el agua helada del mar aún conservaba la templanza fría del verano…

A ella le encantaba bañarse al atardecer en aquella larga playa solitaria, sin más compañía que las gaviotas que picoteaban y chillaban en las lejanas peñas.

Hacía días que Leo estaba fuera y no sabía cuándo regresaría.

Lo echaba de menos, como siempre. Como nunca.

Aquel hombre, su hombre, llenaba sus días y sus noches. Sentían su ausencia todos los poros de su piel.

Acurrucada en la arena se envolvió en la toalla para protegerse de la brisa que erizaba todo el vello de su cuerpo.

De pronto, algo destapó sus pechos y dejó caer sobre ellos ligeros roces como suaves besos.

Se miró asombrada y los descubrió tapados por pétalos de rosas amarillas que caían de una mano de hombre mil veces añorada.

No pudo gritar jubilosa su nombre, porque una boca madura y sabrosa como nunca tapó la suya y se apoderó de su voz.

Era un beso ansiado y enloquecido que reconocería entre todos los besos de la tierra.

Un cuerpo desnudo de hombre la tapó toda y una voz ronca susurró en su oído: “Estás helada, mi amor. Necesitas imperiosamente mi calor”

Ella sólo pudo suspirar un sí que se adivinó en medio de roces y caricias, de fuego y posesión.

Supo que un solo hombre puede trasladarte al mismo cielo y dejar que lo toques y poseas.

Supo que una mujer puede enloquecer a un hombre y hacerlo sentir dueño del universo.

Supo, porque una meiga suele saberlo, que acababan de engendrar un hijo, un hijo fruto del amor y la locura, de las rosas y el viento, del sol que ya se había ido y de la luna llena que acababa de surgir en el cielo, de las algas que había traído la marea y del mar que los acariciaba y envolvía para llevarse en su recuerdo todo el temblor de aquel orgasmo compartido…

Sí, en aquel hermoso atardecer engendraron a Casilda, el regalo más hermoso y dulce de su vida…

Esperaba y pedía que el amor tuviera para con su hija un presente tan hermoso como el que tuvo con ella…

Cuando Maruxo volvió, ya de madrugada, de la boca de Estrella aún no se había borrado la sonrisa que surgía cada vez que soñaba con un nieto…

Estas nais xa non son o que eran- graznó enfadadísimo Maruxo.

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