Dedicado con todo el afecto a TST, que fue el primero que lo recuperó y me lo envió tras el déjà vu que hemos vivido estos dos últimos días.
(Este cuento participa en el concurso “Cuentos de Navidad”, convocado por Isthar en su blog, por eso lo vuelvo a publicar ahora y dedicado).
Estrella leía sentada en su mecedora muy cerca del fuego.
De vez en cuando su mirada se perdía con deleite en las mágicas figuras que diseñaban las llamas del viejo tronco de roble que se consumía en la lareira.
Maruxo dormitaba en su regazo dejándose mecer por el arrullo de aquella mano que acariciaba sus plumas.
Todo estaba en orden en aquella noche navideña, y todos dormían menos Estrella que disfrutaba del momento como si fuera el último de su vida.
Fuera el frío era intenso.
Un gélido viento del norte deshacía las nubes y mostraba una noche tachonada de estrellas.
De pronto, un lejano y prolongado aullido atravesó la ría y despertó a Paloma que le respondió con fuertes ladridos.
También Maruxo voló precipitamente hacia la ventana y se quedó escuchando despavorido.
-¿Qué pasa, Maruxiño? No me digas que te asusta el aullido del lobo.
-Non meiga, non. Pero éste foi algo especial. Recordoume outro…(*)
-¿A cuál, si puede saberse?
-Al de la noche en la que el mundo estuvo a punto de perder las estrellas.
-Pero,¿ qué dices, Maruxiño y qué tiene que ver el lobo en todo eso?
No me digas que tú también eres de los que echas al lobo la culpa de todo…
-Non me ofendas, maestra, non me ofendas…(**)
-Perdona…
-Estás perdonada. Ya sé que amas a los lobos, pero lo que quizás no sepas es que ellos son los vigilantes de las estrellas, los que controlan su rumbo y dan la voz de alarma cuando se pierde una de ellas.
En cada punto estratégico del planeta hay una familia de lobos que mira al cielo y cuenta los luceros.
Estrella lo miró asombrada y el cuervo empezó a narrar…
Era yo muy pequeño…
El invierno era crudo y las noches registraban las temperaturas más bajas de los últimos siglos.
La tierra emanaba una espesa y helada niebla que ocultaba el más leve resplandor de cualquier estrella.
Ningún animal osaba abandonar su refugio.
Las plantas sobrevivían buscando en sus raices el calor de la tierra y el mar se recogía en sus abismos más profundos mientras las piedras, desnudas, tiritaban de frío.
En lo alto del Louro, en una de las invisibles cuevas de las que dan cuenta las leyendas, una pareja de lobos grises yacían acurrucados prestándose calor.
El mar sonaba vacío de barcos y caracolas y hasta las playas habían desaparecido de la ría.
De pronto, en medio de aquel inquietante silencio, una estrella cayó del cielo, cruzó la boca de la cueva y en medio de un terrible estruendo se precipitó en el mar.
Luza, la joven hembra preñada, no pudo evitar temblar, y Obol, el gran macho, corrió a la boca de la cueva para desde allí lanzar su temible aullido y llorar.
Algo había fallado en el universo y aquella estrella equivocaba su hora y su lugar.
Desde lo más alto del monte el lobo guardián llamaba con sus aullidos a cielos, tierra y mar.
Durante segundos el mundo se paralizó y sobre el mar brillaron millones de luces que intentaban inútilmente flotar.
Luza bajó casi rodando y en un rincón de la playa descubrió la destrozada y bella estrella que se apagaba agonizando.
A la desesperada llamada de aquellos aullidos lastimeros acudieron cientos y cientos de animales.
Peces de todos los colores, delfines, pulpos, caracolas, nutrias y sirenas llenaron el mar hasta entonces desierto.
Caballos, gaviotas, lobos y cuervos poblaron las playas y sus peñas.
Luza, rebosante de amor maternal, se apresuró a consolarla y lamerla.
-¿Quién eres y qué te ha pasado?
-Soy la estrella de Navidad- respondió en un suspiro- Y no sé muy bien contra qué choqué, pero perdí mi rumbo y aquí estoy, apagándome en este lugar.
Lo terrible es que si yo muero morirán conmigo todas las estrellas.
-Tranquila, Obol no dejará que eso suceda.
Efectivamente, el hermano lobo estaba ya al frente de todo aquel tumulto animal y discutía la manera de solucionar el problema.
-Si consiguieramos sacarla del agua, izarla y llevarla hasta Finisterre…
-Sacarla del agua está hecho- chilló el viejo delfín.
Y un círculo de seres marinos rodeó la estrella y la arrastró pesadamente hasta la playa que, generoso y colaborador, había cedido el mar.
Obol volvió a aullar y su aullido fue atendido por todo el mundo animal.
Los caballos salvajes del Barbanza acudieron en tropel acarreando en sus lomos miles de arañas que se dejaron caer suavemente sobre las heridas sin luz de la maltrecha estrella.
-Tejed y tejed. Cerrad esas heridas, antes de que sea demasiado tarde, hermanas- aulló Obol.
Y ellas tejieron. Sin descanso.
Tejieron sus redes más fuertes y espesas.
Eran tantas y trabajaron con tanto ahinco que en pocos minutos zurcieron el viejo lucero.
Habían cerrado las heridas, pero no habían repuesto sus luces…
De pronto, las laderas del Louro fueron un hervidero de lucecitas que se movían con rapidez en dirección al mar.
Los lobos, las mansas vacas, las resignadas ovejas, las locuelas gallinas…todas acudían portando las luciérnagas que habían conseguido despertar.
Con ellas fueron rellenando los zurcidos, abriendo luces donde antes había oscuridad.
Gaviotas, cormoranes, lechuzas y cuervos, con garras y picos, levantamos la estrella y en un esfuerzo sobreanimal conseguimos devolverla a su ruta ancestral.
La dejamos caer sobre el viejo mar de Finisterre, único lugar del mundo donde puede hundirse una estrella y volver a surgir al día siguiente.
El universo recobró su orden natural y un coro de voces animales se unió al canto del mar.
-Maruxiño, dime ¿esa historia es cierta?
Tan cierta como que, cuando mires al cielo y veas caer una estrella, no te lo creas, es sólo que la diosa celeste, como premio, siembra la tierra de luciérnagas, mientras en el aire vuelan las palabras del poeta:
Dainos, Señor,
Un alpendre de sombras e de luar
para cantar.
E un carreiriño de vagalumes
polas hortas vizosas do teu reino. (***)
La madrugada encontró a Maruxo y Estrella contemplando el cielo en busca de una siembra de luciérnagas…
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(*)-No meiga, no. Pero éste fue algo especial y me recordó aquel otro.
(**)- No me ofendas, maestra, no me ofendas.
(***) Danos, Señor,
un cobertizo de sombras y de luz de luna
para cantar.
Y un senderillo de luciérnagas
por las huertas vigorosas de tu reino.