La vuelta

“Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.”
(Fernando Pessoa)
Eso mismo ocurre al final del verano.
El viaje de vuelta se convierte en un desear quedarse y un anhelo de marchar.
Es el juego del tiempo, un juego finito dentro de su infinitud.
Cerré la ventana al mar y dije adiós a la querida sierra del Barbanza donde este verano no vi yeguas con potrillos.
Mandé un abrazo a la pareja de nutrias que vinieron de noche a verme pescar y me despedí sonriendo del trío de cuervos que me decían adiós con su graznar.
Vislumbré la figura gris de la garza real en el lodazal de la ría y emprendí un camino bordeado de negros y tristes cementerios de bosques quemados.
Fue la primera vez en muchos años que dije adiós sin llorar.
Hay muchas cosas que no entiendo o quizás no quiero entender… porque me duelen demasiado.
Es largo el viaje.
Barcelona está lejos, pero ya se acerca.
Millones de luces me reciben y un húmedo calor me apresa.
Lametones caninos me acarician y alejan de mi recuerdo aullidos de dolor.
Un abrazo joven y una sonrisa vieja me acunan y me dicen que sigo siendo otra y la misma a la vez.
