Se acabó el invierno

La primavera mediterránea se mostraba en todo su esplendor.
El bosque, respondiendo a su llamada, lucía miles de puntos esmeralda a la espera de convertirse en hojas verdes, mientras las ramas desnudas mostraban todavía su vestimenta invernal.
El suelo, seco y arenoso, estaba alfombrado aquí y allá, por restos de un ya lejano otoño.
Todo indicaba el paso inexorable del tiempo sobre la rueda de la vida y la danza de sus estaciones.
El aire olía a esperanza y renovación, a madurez y compañía, a caminos que se encuentran y ya no se separan.
Trinos cercanos escribían notas, en clave de vida, sobre el pentagrama celeste que dibujaban las copas de los pinos.
Paz y armonía. Soledad y sosiego.
Reencuentro con las ganas de continuar viviendo.
Y allí, a un lado del camino, en medio de la sed y la agonía, tres pequeñas violetas ponen fin al invierno y nos regalan toda la belleza perfumada del vivir…


