Vuelvo a Cunqueiro mirando esta fotografía…

Lo veía marchar, mirándome con sus graves ojos plateados, y me decía, pensaba yo, unos versos de Miguel González Garcés que declaran. “Tú bebes de mis horas, yo bebo de tus horas lentamente…”. Nos acariciaba el sol, un solecillo pálido que, habiendo llovido antes, acunaba en las desnudas ramas de los alisos y los abedules miles de estrellas plateadas, rojizas, azules, temblorosas y fugaces gotas de agua.
Voy a seguir, Miño, tu camino. Iré viendo como bebes las claras aguas lentas de la Terrachá y como te ciñen las primeras puentes, todavía tu cintura como la de un mozo. Te veré al pie del alto espolón donde Lugo romana alza el muro, donde rapaz te oí cantar en los caneiros, en los que tus dioses lares cobran los ojos sin luz de los ahogados. Más abajo ya vas por las tierras sanjuanistas de Portomarín y las dulces ribeiras chantadinas, donde la vid se escalona para que el sol la bese. Hay hermosos pasos con barcas y vados a los que baja la sombra nutricia del castañar. Más allá te encuentra el Sil…
Álvaro Cunqueiro “El pasajero en Galicia”
Y yo también recuerdo…
Asomarme al puente romano que atraviesas, ancho y maduro en mi Lugo natal.
Tus verdes y mágicas orillas sembradas de arboleda que refrescaban las tardes veraniegas.
Aquel viejo sabor de una tortilla rellena de chorizo.
Los juegos infantiles, primero, las confidencias adolescentes, después.
Los regresos, en plena noche ya, subiendo a la ciudad por caminos llenos de risas, luciérnagas y estrellas.
Vislumbrar tu existencia a través de tu niebla y saber que eras tú el que pintabas, con flores, remansos y acequias.
Saborearte a través de la anguila que parías en tus noches de lluvias y excesos…
Imaginar que seguía tu camino hacia el mar y saber que ahí estabas, tranquilo, bello, soberbio, como un padre que nos crea, nos amamanta y nos desteta…
Nunca, nunca, contemplé un rio más hermoso…