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2 Noviembre 2005

O cruceiro da carballeira

Publicado por muralla y archivado en: Historias.

o cruceiro da carballeira de Castelao
Siempre que se acercaba a aquel lugar sentía en su alma todo el embrujo y el misterio que a lo largo de su vida había oído contar que le rodeaba.

Un cruce de caminos, en las cuatro direcciones de los vientos, había marcado su origen.

En sus raices de piedra se asentaban y dormían el sueño eterno algún que otro cadáver de suicida y seres muertos antes de nacer.
Personajes todos ellos que la santa madre iglesia creyó no merecían descansar en el camposanto.

La frondosidad de los carballos que le rodeaban tamizaba la luz y la filtraba como de una catedral gótica se tratara.
La humedad inundaba el aire de olores penetrantes y distintos, entre los que predominaba el de los helechos mezclado con el de la tierra húmeda, generosa y avara a un tiempo.

Le gustaba sentarse en el banco de piedra y contemplar aquella hermosísima obra maestra salida de las manos anónimas de un viejo cantero.

A un lado, un Cristo crucificado con una reverencial cara de dolor, le mira implorante, mientras al otro, una hermosa Piedad sostiene en su regazo el dolor del Hijo en todo su desamparo.

Hasta aquí, nada nuevo, nada extraordinario, lo distingue de los miles y miles de cruceiros que pueblan tierras gallegas; sin embargo ella se siente atraída por aquel en especial y aún tiene que descubrir el por qué.

Hoy, día de difuntos, llegó hasta allí cargada con un ramo de crisantemos recién cogidos de la huerta que aún cultiva la abuela.
Son un viejo presente que, desde que tiene memoria, vio como los suyos depositaban a los pies de la piedra, en recuerdo a los seres olvidados que allí duermen.

A lo largo de su vida escuchó muchas historias y leyendas en torno a aquel lugar, pero, no obstante, el miedo nunca anidó en su corazón, quizás porque allí nunca se sintió sola.
Siempre se notó protegida y acompañada por algo etéreo y especial al que nunca supo ponerle nombre.

Depositó las flores en el suelo y una brisa suave como el revuelo de unas mariposas le rozó la cara.
Fue algo tan suave y tierno que le hizo sonreir.

Se sorprendió al notar el bailoteo de las hojas de los árboles que brillaron por un momento como si en cada una de ellas se hubiera encendido una luciérnaga.

Se movieron las ramas agitadas por invisibles manos y produjeron un eco de risas infantiles que se extendió por todo el bosque.

En la lejanía, docenas de campanas repicaron a gloria y sobre el claro del cruceiro una nube descargó un orballo que llenó de gotas de rocío el ramo de crisantemos.

Pasó las manos por el pelo y recogió de él minúsculas gotas como diamantes que, con inmenso placer, extendió por su cara.

Volvió a sonreir. Miró el cruceiro con ojos nuevos y sintió en toda su piel aquel regalo.

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