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La Muralla

27 Noviembre 2005

Sonrisas. Capítulo XXII

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

playa Portosín-Carmiña

( Cap. XXI en Mad)

-Hola, Casilda- gritó alegremente Estrella, con el cuervo posado en su hombro y la pequeña maleta a sus pies, mientras asomaba la cabeza por la puerta entreabierta de la Taberna.

No siguió hablando. Las luces de decenas de velas bailaban sombras alegres y se mezclaban con las ya atenuadas de la lareira.

Pudo vislumbrar en el suelo las figuras de Casilda y un hombre que dormían desnudos y satisfechos después de poseerse y ser poseídos.

-¡Leñe! ¡Chegache tarde, raíña!- graznó asustado Maruxo.

Estrella se apresuró a cerrarle el pico con sus dedos, mientras rápidamente cogía su maleta y se colaba escaleras arriba hacia su habitación.

-¿Por qué tarde, corviño? Una entrega amorosa puede ser el comienzo de algo o de nada.

-Xa. Olvidaba que los humanos no sabéis ser fieles a una pareja como lo somos los cuervos, por algo los egipcios nos adoptaron como símbolo de la vida conyugal.
¿Y ahora qué harás, meiga?

-Nada, Maruxiño. ¿Qué quieres que haga? Cuando dos cuerpos se conocen y se rozan hay que esperar a saber si también se reconoció el alma y eso lleva su tiempo. Hay que dejar que los días entierren y desentierren los sentimientos…

El cuervo huyó por la ventana entreabierta graznando indignado “No, si a la vejez, viruelas”

Estrella se tendió sobre su cama y se dispuso a esperar la llegada del alba. Pero el sueño le era esquivo y los recuerdos que brotaron de la imagen contemplada hacía unos instantes, como de un fresco manantial, ponían en su boca una nostálgica sonrisa y en sus ojos brillantes estrellas que parecieron acudir al conjuro de su nombre.

Era finales de septiembre y el agua helada del mar aún conservaba la templanza fría del verano…

A ella le encantaba bañarse al atardecer en aquella larga playa solitaria, sin más compañía que las gaviotas que picoteaban y chillaban en las lejanas peñas.

Hacía días que Leo estaba fuera y no sabía cuándo regresaría.

Lo echaba de menos, como siempre. Como nunca.

Aquel hombre, su hombre, llenaba sus días y sus noches. Sentían su ausencia todos los poros de su piel.

Acurrucada en la arena se envolvió en la toalla para protegerse de la brisa que erizaba todo el vello de su cuerpo.

De pronto, algo destapó sus pechos y dejó caer sobre ellos ligeros roces como suaves besos.

Se miró asombrada y los descubrió tapados por pétalos de rosas amarillas que caían de una mano de hombre mil veces añorada.

No pudo gritar jubilosa su nombre, porque una boca madura y sabrosa como nunca tapó la suya y se apoderó de su voz.

Era un beso ansiado y enloquecido que reconocería entre todos los besos de la tierra.

Un cuerpo desnudo de hombre la tapó toda y una voz ronca susurró en su oído: “Estás helada, mi amor. Necesitas imperiosamente mi calor”

Ella sólo pudo suspirar un sí que se adivinó en medio de roces y caricias, de fuego y posesión.

Supo que un solo hombre puede trasladarte al mismo cielo y dejar que lo toques y poseas.

Supo que una mujer puede enloquecer a un hombre y hacerlo sentir dueño del universo.

Supo, porque una meiga suele saberlo, que acababan de engendrar un hijo, un hijo fruto del amor y la locura, de las rosas y el viento, del sol que ya se había ido y de la luna llena que acababa de surgir en el cielo, de las algas que había traído la marea y del mar que los acariciaba y envolvía para llevarse en su recuerdo todo el temblor de aquel orgasmo compartido…

Sí, en aquel hermoso atardecer engendraron a Casilda, el regalo más hermoso y dulce de su vida…

Esperaba y pedía que el amor tuviera para con su hija un presente tan hermoso como el que tuvo con ella…

Cuando Maruxo volvió, ya de madrugada, de la boca de Estrella aún no se había borrado la sonrisa que surgía cada vez que soñaba con un nieto…

Estas nais xa non son o que eran- graznó enfadadísimo Maruxo.

21 Noviembre 2005

Olfato de madre. Capítulo XX

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

Capítulo XIX en Mad
Capítulos XVIII y XVII en O Capitán

“Los lagartos de la añoranza, los más veloces y esquivos de todos los sentimientos, se le colaban ya por los miles de huecos del cuerpo”.

Estrella los sentía rondándole el corazón y, lo que era mucho peor, los notaba aposentados en su mente que sentía llena de olas, sirenas, caracolas y mar.
Siempre se preguntaba cómo era posible que alguien nacido tierra adentro pudiera sentir tanta añoranza del mar. Un mar que durante muchos años sólo disfrutaba durante unos pocos días de septiembre, y al que el resto del año tenía que suplir con el Padre Miño, con sus puentes y riberas.

-En qué pensas, Estrelliña?- graznó cariñosamente Maruxo.

-No mar.

-Bah… “El mar toca la playa cuando el mundo está inmóvil
la busca desde lejos/ por fin la encuentra a solas
la invade grano a grano y en su ritmo discreto
la riega despacito/ la abraza con sus olas.”

-Te gusta Benedetti. Eh, Maruxo.

-Suele gustarme lo que tú lees. Además Benedetti también le gustaba o Capitán- y había como un deje nostálgico en su graznido

-También echo de menos a Casilda y sus bichos.

-Casilda está bien acompañada y ni se acuerda de ti.

-Eso quiere decir que hay un hombre acompañándola y que tú sabes mucho más de lo que dices…

Maruxo se hizo el sordo y huyó por la ventana rumbo al viejo castaño.

Estrella se quedó pensando en su hija, y en quién podría ser el hombre que en tan poco tiempo podía robarle el corazón. Pero recordó que…

“…Para trabar amistades no hacen falta grandes cosas, lo mismo que para odiar; basta con unas razones muy pequeñas, lo mismo que para amar…”

Un estremecimiento la recorrió.

Siempre le pasaba cuando un hombre nuevo se acercaba a su hija.

Su alma de madre solía tener un sexto sentido para detectar cuando Casilda estaba a punto de equivocarse, y últimamente había tenido unos sueños extraños y esos sueños llenaban su cabeza de pensamientos turbadores e inquietantes, y ya se sabe…

“… contra los pensamientos no se puede hacer nada. Eso incluso el rey más cruel lo sabe. El pensamiento se encuentra dentro de la jaula de la cabeza y, aunque no salga de ahí, en el interior de su jaula es el pájaro más libre que existe, y ahí canta lo que quiere y cuando quiere…”

Por todo ello, en ese mismo instante, decidió que adelantaría sus vacaciones navideñas y bajaría al mar.

-Maruxiño, ¿Tienes idea de qué hora es?

-Si llevaras reloj, como hace todo el mundo, lo sabrías- respondió medio enfadado el cuervo, emprendiendo ya el camino de la torre de la iglesia para poder responderle.

Ja,ja,ja- rio alegremente Estrella- Eso me trae a la mente lo que le contesta la madre de Zeide, el protagonista de la preciosa novela que estoy leyendo, cuando él, de niño, le pide un reloj.

“No te hace falta ningún reloj, Zeide. Mira la cantidad de relojes que hay en el mundo.
Me mostró la sombra del eucalipto, que por medio de su gran tamaño, su orientación y su frescor marcaba las nueve de la mañana; los pétalos rojos del granado, que decían que estábamos a mediados de marzo; el diente que se me columpiaba en la boca indicaba mis seis años, y las pequeñas arrugas que bailoteaban alrededor de sus ojos, marcaban cuarenta.
¿Ves Zeide? Así estás dentro del tiempo. Si te compran un reloj sólo estarás a su lado.”

Estrella no esperó a Maruxo y comenzó a hacer la maleta…

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Capítulo XXI en Mad

Este capítulo está dedicado a Sole, gracias a la cual descubrí el hermoso libro, “Por amor a Judit” de Meir Shalev, y del que están extraídas las citas entrecomilladas, excepto naturalmente los versos sobre el mar, que son de Benedetti.

14 Noviembre 2005

Flores para Ahmed

Publicado por muralla y archivado en: A recordar.

Foto Carmiña
Hay hechos que hacen infinitamente grande al ser humano.

Hay dolores que sólo pensarlos nos estremecen.

Hay generosidades que sobrepasan nuestra capacidad de asombro.

La noticia que leí ya hace días en la prensa es una de ellas.

Ahmed Al Jatib era un niño de 12 años que vivía en el campo de refugiados de Yenin en Cisjordania y que jugaba con un arma de juguete.
Soldados israelís, creyendo que era de verdad, le dispararon a la cabeza y Ahmed murió al cabo de dos días en el hospital.

Su padre, con voz desgarrada, salió en la televisión israelí y dijo:

“He decidido donar los órganos de mi hijo en un acto de humanidad, en un mensaje de paz. Me da igual que sean implantados a un judío, a un druso o a un musulmán.
Lo más importante es que el mensaje de que hay que frenar el asesinato de niños sea transmitido a todo el mundo.”

Sus órganos fueron implantados a seis personas, a las que seguramente salvó la vida.

Bienaventurados los que en medio del más grande dolor saben perdonar, porque ellos son la nueva semilla que necesita la Humanidad.

Bienaventurados los que regalan vida a cambio de muerte, porque serán los que nutrirán la Tierra de bondad.

Bienaventurados los que dan ejemplo de generosidad, porque serán los espejos en los que nos podremos mirar.

Bienaventurados los padres de Ahmed Al Jatib.

6 Noviembre 2005

Te veo dormir

Publicado por muralla y archivado en: Sonrisas.


Te veo dormir
y desde mi plexo solar
una luna de agua
encrespa su ola suave
sobre mi torso de noche acurrucada.
Te toco para arrullarte como madre.
Veo tu espalda fuerte como amante.
Sonrío quedamente como hermana.
Tantas mujeres hay en mí.
Y en cada una de ellas
Se te ama.

Gioconda Belli

Te veo dormir…

Y desde el bosque de mis recuerdos sube una brisa suave llena de besos y caricias que fueron creciendo con los años.

Te veo dormir y me estremezco tan solo con pensarte.

Siento en mi piel todos los caminos que día a día fueron trazando tus manos y mis pechos se agitan como la primera vez que los miraste.

Te veo dormir y sin querer tengo que tocarte.

Ansío tus labios y tu sexo con la mismas ganas que hace tiempo, pero la madre que hay en mí, vela tu sueño y te deja dormir.

Tan solo mi mano osa rozar tu cuello levemente, como diciendo, duerme tranquilo que tu madre está aquí.

Quisiera enredarme en tu pelo y poseerlo, cabalgar tus caderas y beberte, pero sonrío quedamente y pienso: soy su hermana y te dejo dormir.

Y vuelvo a contemplarte y a mirarte y a recorrer en tu pecho la joven cicatriz, y el corazón se me llena de ternura y pienso: soy tu hija y sigo dejándote dormir.

Tantas mujeres hay en mí.

Y en cada una de ellas

se te ama.

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