Sonrisas. Capítulo XXII

( Cap. XXI en Mad)
-Hola, Casilda- gritó alegremente Estrella, con el cuervo posado en su hombro y la pequeña maleta a sus pies, mientras asomaba la cabeza por la puerta entreabierta de la Taberna.
No siguió hablando. Las luces de decenas de velas bailaban sombras alegres y se mezclaban con las ya atenuadas de la lareira.
Pudo vislumbrar en el suelo las figuras de Casilda y un hombre que dormían desnudos y satisfechos después de poseerse y ser poseídos.
-¡Leñe! ¡Chegache tarde, raíña!- graznó asustado Maruxo.
Estrella se apresuró a cerrarle el pico con sus dedos, mientras rápidamente cogía su maleta y se colaba escaleras arriba hacia su habitación.
-¿Por qué tarde, corviño? Una entrega amorosa puede ser el comienzo de algo o de nada.
-Xa. Olvidaba que los humanos no sabéis ser fieles a una pareja como lo somos los cuervos, por algo los egipcios nos adoptaron como símbolo de la vida conyugal.
¿Y ahora qué harás, meiga?
-Nada, Maruxiño. ¿Qué quieres que haga? Cuando dos cuerpos se conocen y se rozan hay que esperar a saber si también se reconoció el alma y eso lleva su tiempo. Hay que dejar que los días entierren y desentierren los sentimientos…
El cuervo huyó por la ventana entreabierta graznando indignado “No, si a la vejez, viruelas”
Estrella se tendió sobre su cama y se dispuso a esperar la llegada del alba. Pero el sueño le era esquivo y los recuerdos que brotaron de la imagen contemplada hacía unos instantes, como de un fresco manantial, ponían en su boca una nostálgica sonrisa y en sus ojos brillantes estrellas que parecieron acudir al conjuro de su nombre.
Era finales de septiembre y el agua helada del mar aún conservaba la templanza fría del verano…
A ella le encantaba bañarse al atardecer en aquella larga playa solitaria, sin más compañía que las gaviotas que picoteaban y chillaban en las lejanas peñas.
Hacía días que Leo estaba fuera y no sabía cuándo regresaría.
Lo echaba de menos, como siempre. Como nunca.
Aquel hombre, su hombre, llenaba sus días y sus noches. Sentían su ausencia todos los poros de su piel.
Acurrucada en la arena se envolvió en la toalla para protegerse de la brisa que erizaba todo el vello de su cuerpo.
De pronto, algo destapó sus pechos y dejó caer sobre ellos ligeros roces como suaves besos.
Se miró asombrada y los descubrió tapados por pétalos de rosas amarillas que caían de una mano de hombre mil veces añorada.
No pudo gritar jubilosa su nombre, porque una boca madura y sabrosa como nunca tapó la suya y se apoderó de su voz.
Era un beso ansiado y enloquecido que reconocería entre todos los besos de la tierra.
Un cuerpo desnudo de hombre la tapó toda y una voz ronca susurró en su oído: “Estás helada, mi amor. Necesitas imperiosamente mi calor”
Ella sólo pudo suspirar un sí que se adivinó en medio de roces y caricias, de fuego y posesión.
Supo que un solo hombre puede trasladarte al mismo cielo y dejar que lo toques y poseas.
Supo que una mujer puede enloquecer a un hombre y hacerlo sentir dueño del universo.
Supo, porque una meiga suele saberlo, que acababan de engendrar un hijo, un hijo fruto del amor y la locura, de las rosas y el viento, del sol que ya se había ido y de la luna llena que acababa de surgir en el cielo, de las algas que había traído la marea y del mar que los acariciaba y envolvía para llevarse en su recuerdo todo el temblor de aquel orgasmo compartido…
Sí, en aquel hermoso atardecer engendraron a Casilda, el regalo más hermoso y dulce de su vida…
Esperaba y pedía que el amor tuviera para con su hija un presente tan hermoso como el que tuvo con ella…
Cuando Maruxo volvió, ya de madrugada, de la boca de Estrella aún no se había borrado la sonrisa que surgía cada vez que soñaba con un nieto…
Estas nais xa non son o que eran- graznó enfadadísimo Maruxo.



