Lisardo Montes

No puedo disimular mi gran pasión por Alvaro Cunqueiro, ese gran escritor gallego dotado de una prodigiosa imaginación, que sabe describir como nadie el mundo de mi tierra.
Releyendo su libro “Os outros feirantes”, me encuentro con un relato que me hace sonreir al comprobar que la disputa entre iglesia y homosexualidad no es algo de ahora, sino que viene de lejos.
Espero que lo disfrutéis, aunque pierda en su traducción al castellano…
LISARDO MONTES
Estudiara tres o cuatro años en el Seminario de Lugo, hasta que le entró un mal de pecho que le obligó a regresar a su casa en Formigueiro.
La casa de los Montes estaba sola, un poco alejada del camino y más abajo, al otro lado del arroyo que llamaban de las Cubas, estaba la casa de los Vinculeiros.
El señor Daniel de Vinculeiros se hizo muy amigo de Lisardo Montes, a pesar de la diferencia de edad. El señor Daniel andaba por los setenta y Lisardo aún no cumpliera los treinta.
Lisardo iba a Lugo, y siempre traía un haz de diarios y revistas que le daba un primo suyo empleado en la limpieza del Círculo de las Artes.
Lisardo le explicaba al señor Daniel cómo iba el mundo. También le explicaba historias que acontecieran en Lugo cuando él era seminarista.
Un día, en confianza, le contó que había estado a punto de ser fámulo del señor obispo, pero que como tosía tanto no lo quisieron en el palacio.
El señor obispo era un hombre muy alto que hablaba por la ese. Lo afeitaba cada día un barbero muy bromista que era sacristán de frailes.
El obispo, en cuanto le enjabonaba la cara con una espuma traída a kilos, desde Barcelona, se adormecía. Y entonces el sacristán bailaba delante del obispo, le sacaba la lengua y echando mano a sus partes le decía bajito:
-¡Quiquiriquí!
Pero en una de éstas, el obispo despertó y descubrió al barbero bailando flamenco, con el brazo derecho en alto y el izquierdo levantando la chaqueta por encima del culo.
El obispo se levantó de un salto, y cogiendo una de las navajas, que eran suyas, si el barbero no sale huyendo, habría hecho realidad el caso de la muerte de un hombre a manos de un obispo.
El barbero optó por abandonar Lugo una temporada y el obispo por afeitarse el mismo. Pero lo curioso es que tenía que enjabonarse sentado, porque enjabonándose se adormecía; luego despertaba, se daba otra mano y ya podía pasar a la navaja.
Un día, festividad de San Francisco, el obispo visitó a los frailes con los que estaba el sacristán-barbero burlón, que ya había vuelto del destierro, y aunque intentaba esconderse entre unas mujeres y dos legos, gordos y colorados, el obispo bien lo vio, y se dirigió hacia él, airado.
Pero por el camino debió conseguir la calma que su cargo le exigía y se detuvo a una vara del sacristán. Pero yo y los que estábamos cerca escuchamos perfectamente como el obispo le dijo al burlón:
-¡Maricón!
El señor Daniel de Vinculeiros no se lo creía.
-¡Os pareció que dijo eso, pero diría otra cosa! Verbigracia, excomunión…
-¡No y no!, insistía Lisardo. Dijo en latín maricus mariconis, ¡Todavía no olvidé del todo mi latincillo del Seminario!
-Si lo dijo en latín, amigo Lisardo, pase, pero aún así…
El señor Daniel meneaba la cabeza y marchaba pensativo a su casa, porque empezaba a lloviznar.
Al día siguiente buscó a Lisardo que estaba segando en el prado.
-¿Seguro que es del latín eso de maricus mariconis? Más bien parece gallego de burla…
-El gallego es hijo del latín, y los hijos se parecen a los padres, explicaba Lisardo.
-¿Y cómo se dice cabrón en latín?
-¡Capro capronis!, respondió Lisardo.
- ¡También es manía la del latín en parecerse al gallego!
Aquel verano el señor Daniel se fue a los baños termales a Lugo, y al retornar a la aldea
se encontró con que el día anterior habían enterrado a Lisardo.
Parece ser que estaba en la era ayudando a capar dos cerdos cuando le vino un vómito de sangre y se quedó en él.
El señor Daniel se quedó como huérfano, sin aquellas charlas.
Para paliar aquella falta se suscribió a “El Progreso”. Y coincidió que a la semana siguiente de empezar a recibir el diario, se enteró por él que había muerto el obispo de Lugo.
Quizás fuera el mismo del que estuviera a punto de ser fámulo su amigo Lisardo, que en paz esté descansando.
Y va el señor Daniel y se viste de lo mejorcito y se va a su entierro.
Todavía llegó a tiempo de ver el cadáver embalsamado dentro del ataúd, en la capilla ardiente. La cara flaca, cuadrada, muerto estaba, pero la boca tal cual parecía que iba empezar a hablar. Sí, parecía que se hubiera muerto justo cuando iba a decir algo.
¿Y qué querría decir el señor obispo de Lugo antes de entregar su alma a Dios?
El señor Daniel intentaba poner su boca como estaba la boca del obispo.
Le pareció que al fin lo conseguía, y habló. Y le salió el célebre latín:
-¡Maricus mariconis!
-Vaya, hombre, comentaba para sí el señor Daniel, mira que le duró la rabieta al obispo de Lugo…



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