Patiñas

Cap. VIII
Estrella contemplaba el atardecer sentada en la playa, cuando en un revuelo apareció Maruxo y se acomodó en su falda.
-Hoy hay luna llena, paisana, es una noche mágica, así que si apareces por el faro un poco antes de la madrugada, te presentaré a Mouriño, que le hablé de ti y quiere consultarte.
-¿Consultarme qué..?
-¡Y yo que sé! Le dije que eras medio meiga y me dijo: “Justamente lo que andaba buscando”
-No debías haberle mentido, meu corvo, pero allí estaré, para conocerlo y ayudarlo si puedo, aunque sólo sea una mortal normal y corriente…
-Sí, sí, totalmente normal y corriente…-y desapareció graznando con una sorna que a Estrella casi le produjo enfado.
Lo cierto es que la dejó picada por la curiosidad hasta tal punto que no disfrutó como acostumbraba de la belleza del ocaso.
Después de la cena subió a su cuarto y se dispuso a leer y escribir al pie de la ventana, esperando la hora de la cita con aquel personaje, con la misma ilusión e incertidumbre que debe producir eso que llaman “una cita a ciegas”
Cuando calculó que la madrugada estaba a punto de llegar, bajó al puerto, caminó por el borde del malecón y llegó al final, donde estaba el pequeño faro.
Se sentó en una de las piedras y se dispuso a esperar.
-¡Eh, eh, Meiga ! ¡ Estamos aquí…!
Reconoció el graznido del cuervo y lo vio posado detrás de una piedra que le tapaba de la luz del faro.
A su lado, un pequeño hombrecillo, de más o menos su tamaño, le miraba con sus grandes ojos de agua, el negro pelo recogido en una cola y el cuerpo embutido en un elegante frac.
Su tez, muy oscura, parecía claramente el origen de su nombre.
-Aquí tes a Mouriño, Estrella. E ti aquí tes á Meiga.
Mouriño, muy caballeroso le besó la mano con una graciosa reverencia. Era el enano más galante y educado que nunca conociera Estrella…
-Hola, señora. Tenía ganas de hablar con usted desde que Maruxo me explicó quién era- dijo con un dulce acento extranjero.
-Pues tú dirás, rapaz, pero no esperes mucho, aunque haré lo que pueda…
-Hace tiempo que no sé como solucionar el problema de un viejo amigo. Es un pez al que aprecio mucho y al que me duele verlo desde hace algún tiempo triste y abatido. Y a eso añádale todo el estrés que cuidar de él me produce…
-Pero enséñaselo, hombre- graznó un poco enfadado Maruxo, que a veces se cansaba de los circunloquios del amigo.
-Ven, Patiñas- dijo mientras tiraba de un fino hilo de plata que agarraba con su mano izquierda.
Ante ella apareció Patiñas, un diminuto pez azul, con cara de asombro que caminaba despacio y con un balanceo nada extraño a causa de sus patas.
Estrella disimuló su asombro, por no herir al pez, y esperó a que Mouriño continuara.
-Se enamoró de un lagarto que vive en la Creba cuando un día vislumbró sus colores y su larga lengua, y creyó que con unas patitas podría seguirlo peñas arriba, decirle palabras amorosas y conquistarlo, así que se fue a ver a Sabela, la sirena que habita la roca de Fisterra y le pidió el favor.
Sabela, que es un pedazo de pan, pero sólo puede conceder un deseo por ser vivo, después de asegurarse de que era eso lo que en verdad quería, le realizó el hechizo, y aquí tenemos a Patiñas, con patas para correr detrás del lagarto, pero sin pulmones para hacerlo fuera del agua, así que ya está el lío organizado.
Los primeros días todo su afán era escalar las piedras e ir en su búsqueda, y un día casi muere en el intento, pues subió tan entusiasmado y tan arriba que se olvidó de que fuera del agua no respiraba.
Gracias a que me avisó Maruxo y pude salvarlo, no sin esfuerzo, créame, y devolverlo al agua.
-No, si a aquest bon home, bojos per a omplir el manicomi de Conxo, no li faltarien pas, no…- advirtió Maruxo, al que oía hablar por primera vez en catalán.
Y ante su cara de sorpresa, añadió rápidamente:
-El catalán sólo lo entiendes tú. Para que luego digas que no soy discreto…
-Eres más sorprendente que discreto, pero me encantas, malandrín.
Estrella, tímidamente, se atrevió a preguntar:
-Pero, ¿consiguió lo que quería? ¿enamoró al lagarto?
-¿Lo que quería? ¿Usted qué cree? Se hartó de estudiar poemas de amor que le enseñó un poeta delfín que pasa muchas horas leyendo en la sumergida biblioteca de Alejandría, se quedó ronco recitándolos por todas las piedras de la Creba, gritó mi nombre, pidiendo auxilio, miles de veces y al final sólo consiguió que el colorido lagarto le largara un enorme lametón e intentara comérselo, ya no sé si porque tenía hambre o porque estaba hasta el sombrero de oírlo recitar todo el día, que ya sabe usted que lo poco falta, pero lo mucho llena…
-Meu pobriño- suspiró Estrella- No me extraña que se le quedara esa cariña.
-Esa cariña, sí, porque el pobre está desesperado, ya que después del desengaño, descubrió que las patiñas, dentro del mar, sólo son un estorbo y todo su afán es escapar a la piedra más alta y esperar allí la hora funesta.
Por eso lo llevo atado, para que no se me vaya en busca de la muerte, que ya no del lagarto…
-Si fuera cosa o enfermedad de animales haría venir a Casilda que es una entendida veterinaria, y que sabe más por lo que los ama y ellos le cuentan, que por todo lo estudiado, pero siendo cosa de hechizos, habrá que meditarlo.
-¿Por qué crees que te dije que tenía que ser hoy, que es luna llena, la primera del verano?- Se quejó Maruxo.
Se produjo un tenso silencio dónde sólo se oían los hondos y quejosos suspiros de Patiñas, mezclados con el leve susurro del calmado mar entre las peñas.
Estrella recorría los más lejanos recodos de su memoría, e incluso logró penetrar en la de su abuela, una afamada meiga conocedora de todos los secretos. Y allí en el desván del alma añorada, encontró al fin lo que creía podría ser la solución buscada.
-Ya lo tengo, pero será imprescindible tu colaboración, Maruxo.
-Aquí estou, pro que faga falta- se aprestó a decir el cuervo.
-Has de ir río Tambre arriba y hablar con Teodora, la bella sirena de río que habita el viejo molino de Ponte Maceira. Tengo oído a mi abuela que el hechizo de una sirena sólo puede romperlo otra sirena que habite y reine en otras aguas. Ella me conoce y es la que tenemos más cerca. Así que vete de mi parte, explícale el caso y dile que tenga a bien escribirte las palabras que rompen el hechizo y me conceda a mí, Estrella, el don de pronunciarlas.
La marcha de Maruxo fue tan rápida que podía parecer que no había escuchado las últimas palabras.
Mouriño, Patiñas y Estrella quedaron a la espera. El tiempo se les hacía eterno conscientes como eran de que el alba se acercaba y con su llegada desaparecería el hechizo de la luna llena.
Estaba a punto de clarear cuando apareció el cuervo con una hoja de castaño en la boca.
La Meiga la cogió rápidamente y leyó en voz alta las palabras que Teodora había escrito en ella con una varita de junco florido:
Pies del aire que no sirven para cruzar el mar
Iros por dónde habéis venido que o peixe é para navegar.
En el mismo momento, Patiñas volvió a ser un pez, recobró su sonrisa, miró a Mouriño que ya lo había liberado de su atadura de plata, y guiñándole un ojo y haciéndonos a todos una reverencia, saltó al agua gritando:
-¡Gracias, muchas gracias y hasta la próxima!!!
-¡Pues de la próxima te va a librar tu padre, tarambana!- le contestó Maruxo.
Mouriño besó la mano de Estrella, y le dijo con una amplia sonrisa:
-Tenía razón Maruxo, es usted una sabia meiga. Muchas gracias.
-Ay, Mouriño, ni soy sabia ni soy meiga, soy simplemente un poco vieja…
Pero, el enano, con un simple ¡hasta la vista!, había desaparecido cabalgando la luz del faro como un místico corcel.
El cuervo se posó en el hombro de Estrella y los dos se dispusieron a despedir juntos la luminosa y redonda luna llena…
Dedicado a El Niño, autor de los preciosos dibujos.
Cap. IX en Sociedad Pajaril La Aurora



