Casilda y Estrella
Tenía sesenta años, pero seguía añorando el mar como el primer día de su memoria, por eso de tanto en tanto, cerraba su casa, abandonaba la aldea y se iba, atravesando los bosques, en busca de su olor, sus olas, sus gaviotas, sus gemidos y su luz.
Bajaba hasta la playa, tomaba el camino del pequeño pueblo de pescadores y se dirigía a la vieja taberna que, sobre un gran peñasco, se levantaba besando el agua.
“El baluarte”, que así se llamaba, era un nombre adecuado para aquel viejo y bello edificio que a pesar de los años resistía, contra viento y marea, las embestiduras del tiempo y del mar.
Casilda, su joven dueña, había convertido aquel lugar en un pequeño paraíso donde cualquiera era bienvenido para, entre ribeiros y alvariños, relajadamente conversar.
Cada vez que llegaba, la bella tabernera la envolvía en sus brazos y, después de besarla y abrazarla un sinfín de veces, entre risas y llanto, la arrastraba a la vieja mecedora que, detrás del ventanal colgado sobre el puerto, tenía reservada para ella.
Hoy, primer día del verano, se dejó mimar y acariciar por aquellos ojos azules de sirena y devolvió la sonrisa a la mujer que para ella siempre sería una niña, su niña.
-Necesitaba del mar y de ti- dijo sin soltar su mano.
-Me alegro, madre, me alegro de esa añoranza que te trae hasta mí. Y me alegro aún más, porque hace algunos días ronda por aquí un marinero al que de vez en cuando se le va la cabeza, o eso creo, y explica fantásticas historias de barcos, piratas y sirenas. Te encantará oírlo, y te gustará aún más ver y tocar lo que lleva sobre su hombro derecho…
-Está bien, hija, escucharé encantada ese mundo fascinante que sólo los marinos saben inventar…
Y Estrella se dejó mecer por los olores, los arrullos, el silencio del viento y el rojo del cielo, y cuando despertó, las sirenas de los primeros barcos que regresaban de faenar, le anunciaron que la noche llevaba ya algunas horas caminando.
Casilda le sonreía desde el otro lado de la mesa…
-Daba pena despertarte…tus sueños debían ser tan felices…
-Siempre lo son cuando estoy contigo frente al mar.
En aquel momento, un joven extraño, de expresión soñadora y aires marinos, acababa de entrar. Se acercó resueltamente hacia ellas y saludó.
-Buenas noches. ¿Puedo sentarme?
-No sé porqué preguntas, si ya lo has hecho, Capitán- dijo Casilda suavemente.
Estrella no se molestó en contestar, sólo tenía ojos para el enorme cuervo que aquel hombre traía posado en su hombro derecho. Estaba atónita. Le encantaban los cuervos, sus graznidos, el negro azulado de sus plumas, y aquel volar siempre de tres en tres.
Toda su vida había deseado tener uno, pero nunca lo había conseguido…
-Menos mal- pensó- porque si ya sin él tengo fama de meiga…imagínate paseando con uno en el hombro como el joven Capitán
-¿Cómo lo has conseguido? Al cuervo, me refiero- aclaró, aunque en realidad no hacía falta hacerlo ya que su mirada no se había apartado de él ni un solo segundo.
-Lo encontré en las Furnas, sin poder volar y medio moribundo a causa del chapapote.
Conseguí limpiarlo y salvarlo así de una muerte segura. Desde entonces no quiso dejarme, todavía no sé si por apego o por miedo a que se repita.
-¿A qué se repita qué?- preguntó Casilda.
-Otro desastre parecido, igual o peor- y en la expresión cerrada de su cara los ojos despedían chispas de enojo y preocupación.
Las manos de Estrella acariciaban ya las plumas del admirado cuervo y él, como correspondiendo a su afecto, dejó el hombro masculino y de un salto se plantó en su regazo, dónde se acurrucó como en un nido.
Estrella sonrió, como una niña que ve cumplido su más preciado sueño.
-Así que perteneces a la bandada que baja a las rocas de las Furnas cada atardecer, para asegurarse de que el sol es tragado por el mar…
¿Me lo dejas hasta mañana, Capitán…qué?
-Ken, Capitán Ken. Y no se lo dejo hasta mañana, no, se lo regalo. Puede que él le cuente historias felices, pues ya veo que no le interesan los desastres reales, sino la fantasía… Pues sepa que yo podría explicarle muchas, muchas cosas…
-Lo siento, marinero. Te equivocas, me interesa todo de la vida y me seguirá interesando hasta el día en que me muera, pero los kilómetros que hoy recorrí y los años que cargo a mis espaldas, me impiden continuar. Mañana será otro día y me encantará escucharte.
-Puede que mañana esté muy lejos y tarde tiempo en volver…
-Pues si es así, cuéntaselo a Casilda y ella me lo explicará.
Se levantó cogiendo con cuidado su preciada carga, y los abrazó a los dos, mientras susurraba al oído de Ken
-Gracias por regalarme a Maruxo.
-Pero… ¿Cómo sabe su nombre?- gritó el Capitán sin ocultar su asombro
-No olvides rapaz, que algunas meigas lo sabemos todo o casi todo…
Y despacio se fue hacia su cuarto susurrándole al cuervo: qué inocente es mi niña, Maruxo, quizás se cree que una madre puede olvidarse del cumpleaños de su hija…
Esa delicia de ilustración es un generoso regalo que El niño nos ha hecho a mad y a mí
