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La Muralla

26 Junio 2005

Casilda y Estrella

Publicado por muralla y archivado en: Casilda y Estrella.

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I

Tenía sesenta años, pero seguía añorando el mar como el primer día de su memoria, por eso de tanto en tanto, cerraba su casa, abandonaba la aldea y se iba, atravesando los bosques,  en busca de su olor, sus olas, sus gaviotas, sus gemidos y su luz.

Bajaba hasta la playa, tomaba el camino del pequeño pueblo de pescadores y se dirigía a la vieja taberna que, sobre un gran peñasco, se levantaba besando el agua.

“El baluarte”, que así se llamaba,  era un nombre adecuado para aquel viejo y bello edificio que a pesar de los años resistía, contra viento y marea,  las embestiduras del tiempo y del mar.

Casilda, su joven dueña, había convertido aquel lugar en un pequeño paraíso donde cualquiera era bienvenido  para, entre ribeiros y alvariños, relajadamente conversar.

Cada vez que llegaba, la bella tabernera la envolvía en sus brazos y, después de besarla y abrazarla un sinfín de veces,  entre risas y llanto, la arrastraba a la vieja mecedora que,  detrás del ventanal colgado sobre el puerto, tenía reservada para ella.

Hoy, primer día del verano, se dejó mimar y acariciar por aquellos ojos azules de sirena y devolvió la sonrisa a la mujer que para ella siempre sería una niña, su niña.

-Necesitaba del mar y de ti- dijo sin soltar su mano.

-Me alegro, madre, me alegro de esa añoranza que te trae hasta mí. Y me alegro aún más, porque hace algunos días ronda por aquí un marinero al que de vez en cuando se le va la cabeza, o eso creo, y explica fantásticas historias de barcos, piratas y sirenas. Te encantará oírlo, y te gustará aún más ver y tocar lo que lleva sobre su hombro derecho…

-Está bien, hija, escucharé encantada ese mundo fascinante que sólo los marinos saben inventar…

Y Estrella se dejó mecer por los olores, los arrullos, el silencio del viento y el rojo del cielo, y cuando despertó, las sirenas de los primeros barcos que regresaban de faenar,  le anunciaron que la noche llevaba ya  algunas horas caminando.

Casilda le sonreía desde el otro lado de la mesa…

-Daba pena despertarte…tus sueños debían ser tan felices…

-Siempre lo son cuando estoy contigo frente al mar.

En aquel momento, un joven extraño, de expresión soñadora y aires marinos, acababa de entrar. Se acercó resueltamente hacia ellas y saludó.

-Buenas noches. ¿Puedo sentarme?

-No sé porqué preguntas, si ya lo has hecho, Capitán- dijo Casilda suavemente.

Estrella no se molestó en contestar, sólo tenía ojos para el enorme cuervo que aquel hombre traía posado en su hombro derecho.

Estaba atónita. Le encantaban los cuervos, sus graznidos, el negro azulado de sus plumas, y aquel volar siempre de tres en tres.

Toda su vida había deseado tener uno, pero nunca lo había conseguido…

-Menos mal- pensó- porque si ya sin él tengo fama de meiga…imagínate paseando con uno en el hombro como el joven Capitán

-¿Cómo lo has conseguido? Al cuervo, me refiero- aclaró, aunque en realidad no hacía falta hacerlo ya que su mirada no se había apartado de él ni un solo segundo.

-Lo encontré en las Furnas, sin poder volar y medio moribundo a causa del chapapote.

Conseguí limpiarlo y salvarlo así de una muerte segura. Desde entonces no quiso dejarme, todavía no sé si por apego o por miedo a que se repita.

-¿A qué se repita qué?- preguntó Casilda.

-Otro desastre parecido, igual o peor- y en la expresión cerrada de su cara los ojos despedían chispas de enojo y preocupación.

Las manos de Estrella acariciaban ya las plumas del admirado cuervo y él, como correspondiendo a su afecto, dejó el hombro masculino y de un salto se plantó en su regazo, dónde se acurrucó como en un nido.

Estrella sonrió, como una niña que ve cumplido su más preciado sueño.

-Así que  perteneces a la bandada que baja a las rocas de las Furnas  cada atardecer, para asegurarse de que el sol es tragado por el mar…

¿Me lo dejas hasta mañana, Capitán…qué?

-Ken, Capitán  Ken. Y no se lo dejo hasta mañana, no, se lo regalo. Puede que él le cuente historias felices, pues ya veo que no le interesan los desastres reales, sino la fantasía…  Pues sepa que yo podría explicarle muchas, muchas cosas…

-Lo siento, marinero. Te equivocas, me interesa todo de la vida y me seguirá interesando hasta el día en que me muera, pero los kilómetros que hoy recorrí y los años que cargo a mis espaldas, me impiden continuar. Mañana será otro día y me encantará escucharte.

-Puede que mañana esté muy lejos y tarde tiempo en volver…

-Pues si es así, cuéntaselo a Casilda y ella me lo explicará.

Se levantó cogiendo con cuidado su preciada carga, y los abrazó a los dos, mientras susurraba al oído de Ken

-Gracias por regalarme a Maruxo.

-Pero… ¿Cómo sabe su nombre?- gritó el Capitán sin ocultar su asombro

-No olvides rapaz, que algunas meigas lo sabemos todo o casi todo…

Y despacio se fue hacia su cuarto susurrándole al cuervo: qué inocente es mi niña, Maruxo, quizás se cree que una madre puede olvidarse del cumpleaños de su hija…


II


(La continuación, contada por Casilda, está publicada en Sociedad Pajaril La Aurora)


~ ~ ~ ~

Esa delicia de ilustración es un generoso regalo que El niño nos ha hecho a mad y a mí

18 Junio 2005

Mi muralla

Publicado por muralla y archivado en: Morriñas.

Un recién estrenado amigo acaba de regalarme un montón de recuerdos que estarán siempre colgados en ese árbol que un día plantaré en mi camino al paraíso…
Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud, tan lejos pero tan cerca.
Recuerdos todos que van ligados a esa muralla milenaria que encabeza esta blog.
Cada uno de los días que viví en esa querida ciudad, crucé alguna de sus puertas.
Compartí juegos con alguien que vivía en una de las casas que, en aquella época, todavía existían pegadas a sus muros y, desde sus balcones, hice peligrosos malabarismos para saltar a su paseo.
Escuché historias que hablaban de tesoros escondidos en sus muros y de cuya existencia, como la de las meigas, nadie duda, pero tampoco nadie encuentra….
Me asomé desde ella, con asombro y miedo, a las tortuosas y misteriosas rúas que componían el pequeño barrio chino de una pequeña ciudad, cerrada y provinciana, y en unos tiempos en los que todo estaba oculto y prohibido.
Fue la escalera a la que me subí para contemplar el padre Miño, bordeado de campos repletos de flores en primavera y en el que, sólo mentalmente, me zambullí para dejarme mecer por sus aguas que rebosaban peixes y anguilas en invierno, cuando su vientre crecía y se desparramaba prado arriba…
Una vez incluso soñé que era uno de los árboles de su orilla y que el viento del norte jugaba conmigo, agitando mis ramas, que se inclinaban hasta casi romperse sólo para beber de sus aguas…
En invierno, el horizonte, más lejano que nunca, dejaba ver los montes del Caurel llenos de nieve, haciéndole amorosos guiños en los días claros, y jugando con ella al escondite en los otros llenos de niebla…
Siempre creí que aquella niebla que cubría la ciudad durante días enteros, era el regalo que le hacía el río para ocultarla de miradas y pisadas ajenas, como amante celoso que sube en forma de nube a poseerla…
Desde una de sus puertas, jugué coqueta a adivinar dónde dormía un hombre que me amaba y al que nunca amé, y que, sin embargo, aún recuerdo…
Y desde esa misma puerta recibí las más temibles bolas de nieve, camino de la escuela…
Vi pasear por ella una larga doble fila de seminaristas que, en domingo, sacaban como a jóvenes flores encerradas, para que las resucitase el aire y el sol de la muralla.
Pero por encima de todos esos recuerdos, están mis paseos de la mano de mi padre primero y de su brazo después, hablando, siempre hablando, de consejos y advertencias, de sueños y quimeras…de lo que él hizo y soñaba que yo hiciera…de la vida y de la muerte…
De todos aquellos sueños, unos se cumplieron…y otros se los llevó el río con su niebla, pero todos, junto con su sonrisa, el tacto de su mano y el sonido de su voz, siguen escritos en sus piedras.

Dedicado a Fuz Neviros

13 Junio 2005

Esencias de mujer que…

Publicado por muralla y archivado en: Historias.

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Había recorrido tantos y tantos caminos, atravesado tantos bosques y cruzado tantas montañas, que notaba como en sus huesos empezaban ya a germinar robles y castaños, zarzas y helechos, hortensias y rododendros, tomillo y romero. ..
Sentía que en su vientre crecían decenas de variadas hierbas el poder de las cuales solamente conocía la abuela.
Bueno, la abuela y ella, porque desde muy chiquita fueron, inseparablemente, alumna y maestra.
La abuela, una maestra cariñosa y pertinaz que tenía prisa en que ella aprendiera, la nieta, una alumna juguetona y distraída porque ni conocía ni medía el valor del tiempo. Aún así, a sus quince años, era ya la heredera de un reino de bondad y sabiduría del que la abuela era soberana: la Gran Meiga.
Como en las viejas tribus, todo era trasmitido de boca a boca, de corazón a corazón.
Todo estaba escrito en los genes y se recibía al nacer, como una bendición.
Se llamaba Eva, porque la abuela lo había querido así, porque decía que ella sería como la mujer nueva que alumbraría un mundo mejor.
Pero una noche de luna llena un hermoso rayo de luz penetró en el bosque y buscó a la abuela.
Ella estaba preparada: su cabello gris trenzado, su pañuelo anudado y su mejor toquilla cubriéndole los hombros.
Antes que el rayo la tocase, agarró fuertemente la mano de Eva y en un susurro hecho beso le musitó: Cumple tu cometido y cuídate de tu sombra.
Después de aquello no pudo hacer más que enterrarla bajo el viejo castaño al que, al nacer ella, ya la abuela había regalado el precioso y querido cuerpo de su madre.
Sus más sabias, más tiernas y más misteriosas conversaciones, habían tenido lugar bajo la sombra de aquel árbol milenario…
Sonrío con nostalgia al recordar que algunas veces, la Meiga, se volvía hacia el árbol y le interrogaba: ¿Verdad que estás de acuerdo con lo que enseño a la niña, Uxía?
Uxía… fue el nombre de su madre y el que a ella le habría gustado llevar, no el de Eva, el de la mujer a la que el mundo achacaba todos los males…
Pero como Eva, allí estaba, al pie de aquel mar que tanto amaba, con todos los años del mundo sobre sus hombros, con aquella caja de castaño en sus manos y notando que aquel rayo que se llevó a la abuela no tardaría en llegar…
Había cumplido su cometido y había cuidado de su sombra.
Primero, esperó algún tiempo, a que madre y abuela, fundidas en la sabia del castaño, subieran por él hasta la rama más alta.
A que floreciera y brotaran las primeras castañas.
A saborearlas notando que al comerlas llevaba en su sangre y para siempre, un pedacito de ambas.
Pero no hizo sólo eso… cortó una rama de aquel hermano árbol y construyó su caja, aquella en la que tendría que ir guardando a lo largo de su vida todas las esencias de mujer que fuera encontrando….
Y buscó en los libros el poder de su sombra y la manera de cuidarla.
Y descubrió muchas cosas que la advirtieron, pero no la asustaron…
Descubrió “que cada cultura y cada época le han atribuido un simbolismo específico, hasta acabar por ser el símbolo mismo de la fantasía”
“ Que algunas veces la sombra, desligada del cuerpo, sobrevive a la muerte del individuo”
“ Que otras desaparece temporal o definitivamente aún en vida de su dueño”
“ Que algunas veces son independientes los comportamientos de sombra y dueño”
Y todavía recordaba aquel encuentro con Cunqueiro, en la vieja taberna de Santiago, en el que, entre cientos de historias y recuerdos de su ilimitada fantasía, le contó lo siguiente:
“Si se retenía la sombra de una persona enferma, como la sombra tiene la misma enfermedad y en la misma parte, curando la sombra, en la que se operaba con mayor libertad, se cosía, se limpiaba, incluso con esmeril y jabón de palosanto, quedaba curado el cuerpo”
Cuidó pues de su sombra con esmero y la protegió con toda la magia heredada de la abuela.
No se acercó a ningún estanque a la hora en que el sol la proyectase sobre el agua, ni se acercó a ningún féretro a la hora de cerrarlo, para evitar así que la sombra pudiera quedar atrapada.
La ató fuerte a su cuerpo cuando bordeó precipicios, para asegurarse de no perderla…
Y allí estaba, con ella, en el Fin de la Tierra, para, a la hora del ocaso. cumplir el ritual: abrir la caja y arrojar al mar “aquellas esencias de mujer” recogidas en su errante travesía. Esencias diferentes en cada cultura. Esencias que en ocasiones convierten en tirana a la mujer, y otras en esclava., pero que en ningún caso ayudan a que el mundo sea mejor ni más igualitario…
A partir de ahora, sonrió, se borraría para siempre la diferencia entre hombre y mujer y una sola clase de ser humano poblaría la Tierra.
Vio venir del océano aquel rayo verde, el que muy pocos tienen ocasión de contemplar, y supo que venía a por ella, y que Eva, caja y sombra, reposarían para siempre en el fondo del mar y no bajo el castaño de la abuela..
Abrió la caja, tomó impulso para levantarse y, en medio de su debilidad, notó que algo fuerte la empujaba al tiempo que arrancaba de sus manos el tesoro de su caja.
Mientras caía, aún pudo vislumbrar a su sombra , sobrevolando O Pindo, el Olimpo celta, y escuchar su voz que gritaba: NO PUEDO RENUNCIAR A LA MATERNIDAD !!!!!!!!!!!!!
Tenía razón la abuela, nunca debió fiarse de su sombra…porque…recordó:
En la sombra de un hombre que camina hay más enigmas que en todas las religiones del mundo“( Vita Sackville-West)

Este reto partió de Master Dustwalker, que se lo hizo a Fenrirel, de Fenrirel pasó a Raistlin, de Raistlin a Fairywindy, de Fairywindy a Jibril, de Jibril a Xana, de Xana a bruja de Abril, de bruja de Abril a Hormigo, de Hormigo a Juan, de Juan, a Inma, de Inma a Dolo, de Dolo a Manios, de Manios a Milva, de Milva a Chocoadicta, de Chocoadicta a Desparafusado , de Desparafusado a El niño , de El niño a MaM-oNa, de MaM-oNa a Rosi , de Rosi a Marc , de Marc a Marta, de Marta a Dugongo , de Dugongo a Mirada y ella me pasó el reto a mí. Es muy entretenida esta iniciativa y espero que nuestra queridísima Mad se anime a recoger el testigo, y podría comenzar con la frase “Aún noto la caricia de tus manos” ¿Os parece?

Todos los textos están siendo recogidos por Fairywindy en su blog CUENTOS QUE CUENTAN.

9 Junio 2005

Vivir

Publicado por muralla y archivado en: Desvaríos.

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“La alquimia de la felicidad depende de la justa mezcla de olvidos”
(Luís Sepúlveda)

Olvidar, recordar.
Sembrar horas dulces,
en tierras amargas…
Barreras de flores
en vientos sin calma.
Preciosas sonrisas
en campos de lágrimas.
Recuerdos y olvidos…
dulces de la infancia.
Mocedad perdida,
dicha recobrada.
Madurez en sombra,
vejez soterrada.
Labrar manantiales
en desiertas almas.
Borrar de la noche
inquietos fantasmas.
Llenar con estrellas
las oscuras albas.
Enterrar los muertos,
ver volar las águilas,
derrotar al miedo
cortando sus alas.
Coser corazones
con hilos de magia.
Amar soledades,
bordar sinsabores.
Cerrar los recuerdos,
abrir los olvidos
y plantar un árbol
al pie de un camino
en el que florezcan
recuerdos y olvidos

Carmiña

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