Habelas hailas?
Cerró fuertemente sus dedos sobre aquella piedra.
Quería atrapar toda su energía, su mágico poder.
Lo necesitaba para seguir viviendo.
Notaba que la tristeza la invadía, la cercaba y la ahogaba poco a poco, impidiéndole respirar.
No sabía como, aquellos lúgubres pensamientos, se habían ido apoderando de ella, mansa, pero traidoramente.
Parecía que el más frío invierno hubiese caído sobre la piel de su alma y un hielo pesado e hiriente cubriera sin piedad su corazón.
Recordaba muy claramente el momento en que sintió aquel primer escalofrío mortal.
Fue al roce de aquella mirada, de aquellos ojos duros e impasibles, amargos y crueles que parecían odiar.
Eran dos trozos de cielo suspendidos en una cara, pero que traspasaban un poder infernal.
Eran el revoletear negro de una sombra que preñaba de soledad.
Había huido alocadamente de aquella mirada, pero de su legado no pudo escapar.
Supo que, de alguna manera, había comenzado a robarle la vida y tuvo miedo, mucho miedo, de aquella oscura prisión de la mente que empezaba a cercarla.
Siempre se había reído de aquellas leyendas, de aquellos cuentos de brujas y meigas narradas desde la ignorancia, sólo por el placer de asustar.
Ahora no. No, después de notar el peso de aquella mortaja.
Ya no podía reírse ni burlarse, porque todo el pavor de sus ancestros se concentraba en lo más profundo de su alma y la agujereaba, la mataba.
Aquella mirada le había robado la libertad.
Recordó entonces la mágica piedra de la abuela y aquellos salmos susurrados despacio, una y otra vez, en mitad de la noche, hasta quedar grabados a fuego en su memoria.
Y se sintió parte de la tribu, de sus miedos, pero también de sus poderes.
Y se agarró al amuleto y entonó los viejos salmos, y le consoló la sutil y acariciante sombra de la abuela…
Dedicado a Joan

