Obsesión
Tenía una pequeña mancha en la frente. No recordaba desde cuando ni cómo había aparecido. La descubrió una mañana al contemplarse en el espejo. Era una pequeña mancha marrón en forma de estrella.
La tenía intrigada. No sabría decir si con el paso de los días se había hecho más grande o más pequeña, pero sí sabía que su forma había cambiado. Al principio tenía cinco puntas y ahora ya eran siete.
Notaba que, inconscientemente, su mano se levantaba a tocarla, a acariciarla, a seguir su dibujo con la yema de sus dedos. Era como si un destino desconocido le impeliese a cuidar de ella, a no ignorarla durante mucho tiempo.
Las primeras semanas fueron tranquilas, apacibles, transcurrieron en absoluta y total normalidad, pero al cabo de unos días este hecho empezó a interferir en su vida y la obligó a abandonar el trabajo y a los suyos. Empezó a vagabundear.
Recorría las calles con la mirada perdida, la mano en su estrella y la mente divagando al azar.
Ya no llamaban su atención las nubes, los vientos, las lluvias ni los amaneceres. Ya sólo esperaba el ocaso, la noche, el silencio total.
Era entonces cuando sentía más fuertemente su influjo, cuando al acariciarla, notaba lejanos rumores que la obligaban a cerrar los ojos, a concentrarse y escuchar.
Sólo oía, de procedencia lejana, un silbido del viento del norte rebotando en el mar, y las palabras perdían su aliento entre graznidos de cuervos y olas al chocar.
De fondo, oscuridad total.
Día a día se acercaba más a aquel lugar. Allí se quedaba y allí permanecía, hasta que la noche la envolvía como en una eternidad. Entonces, palpaba su mancha, abría sus ojos, y mirando al cielo quería adivinar el pasado, el presente, el futuro, todo el devenir de aquella vida que la tenía encerrada del principio al final.
Una noche, escudriñando el cielo, la sintió escapar de su frente y la vio recorrer luminosa el firmamento hasta hundirse en el mar.
Un desgarrador grito escapó de su boca, mientras sus brazos rodeaban el vacío intentando no dejarla escapar.
Notó el contacto del agua al mismo tiempo que el fuego del astro al golpearle la frente en el fondo del mar.
Y supo, entonces supo, del por qué de su estrella, del por qué de su vida y comprendió, para siempre, sólo entonces, cual era su destino final.

