Viñedos
Salimos de Barcelona con la esperada y anunciada lluvia, hacia las tierras del cava, concretamente hacia un pueblecito llamado Pla del Penedés.
Por el camino fue dejando de llover y un débil sol oscurece aún más los hermosos sarmientos que pueblan aquellas tierras.
Kilómetros y kilómetros de viñedos se muestran apacibles, hermosamente amortajados, esperando la resurrección que les traerá la avanzada primavera.
Hay una calma invernal, de sueño reparador, en el paisaje. Pocos árboles y una tierra llana alejan el horizonte, aunque una humedad baja, que se acerca, impide vislumbrar la hermosa Sierra.
El pueblo es uno más de los que se encuentran en cualquier zona de España: un grupo de casas arracimadas alrededor de una iglesia.
Acudimos allí a causa de una de las aficiones de mi marido, y nos encontramos con la sorpresa de que celebran una fiesta con más de dos siglos de tradición: La festa de les torrades
En una explanada a la entrada del pueblo la gente se arremolina, primero alrededor de unas mesas donde recogen grandes rebanadas de pan con un arenque y después, ante unas inmensas hogueras de madera de viña, donde, ayudándose de largas cañas, tuestan, a su gusto, el bendito pan que luego será frotado con ajo y regado con un buen chorro de aceite.
Huele a tierra, a fuego y a pan tostado. A fiesta de gente sencilla, gente del pueblo que disfruta hoy, en tiempos de bonanza, como lo hicieron sus antepasados en tiempos de hambre.
El pan acompaña la sardina que también ha pasado por el fuego, y el buen vino de la tierra hace de gentil intermediario.
En estos cortos viajes-excursión, soy mera acompañante de sus aficiones, como otras veces lo es él de las mías, y suelo entretenerme paseando, visitando algún museo, si lo hay, o leyendo.
Hoy, mi gripe de ya varios días y el frío, me hacen abandonar pronto la fiesta y buscar el único bar del que dispone el pueblo.
Es un local grande, en una casa con vigas de madera, con un billar, unas mesas y un tablón de anuncios en el que cuelgan, desde bandos del ayuntamiento, hasta pasquines de propaganda electoral, pasando por anuncios de excursiones y variados temas…
Seremos una docena de personas. En general se habla el catalán, pero también se oye el castellano.
Eso sí, todos dan cuenta de un potente desayuno: hay bandejas con jamón, pan con tomate, chorizo, olivas y otras piezas…
De la pared más larga cuelgan una docena de carteles plastificados que anuncian una exposición sobre la cultura e historia del pueblo saharaui.
Me llaman la atención. Me preparo y los retrato.
Pido mi café, los diarios de que dispone el bar, saco mi libro, mi lápiz y papel y…¡ aquí llega él!
Su actividad coleccionista se celebra al aire libre y cae una lluvia torrencial…
Mi gozo, en un pozo. El suyo, ni os cuento. El de toda aquella gente…mejor ni pensarlo.
Volvemos a Barcelona, pero antes aún podemos disfrutar de una descomunal ave rapaz que nos contempla desde un árbol a pie de carretera. Paramos e intento, sólo intento, sacar la cámara.
Como siempre, como otras miles de veces, no lo conseguimos.
Se fue con majestuoso vuelo, como antes se había ido el sol.
Regresamos, por otra carretera, para “cambiar de paisaje”, como dice él.
Me río, reímos juntos ante la que está cayendo, pero lo cierto es que fue otro bello disfrutar de un día juntos.


