Marmota y Napoleón
Hoy es la fiesta de San Antón, el de los burros, como se le conoce vulgarmente. El de los animales en general, porque de todas clases se le llevan al santo para que los bendiga. Por todo ello, quiero felicitarlos a todos, me refiero a los animales, claro está, pero de una manera especial a este par de bichos maravillosos, de los que, con gran placer, algunas veces hago de canguro.
Marmota está hasta las mismísimas del viejete Napoleón. Ha llegado a su casa y le ha usurpado su trono. Se siente, efectivamente, como perra destronada. Antes ella, hacía y deshacía lo que le daba la gana. Era la niña de los ojos de sus amos.
Llegó él, viejete, desamparado, con técnicas de supervivencia adquiridas en la calle y el asilo, y con sus carantoñas y mimos se hizo dueño de la casa.
Y encima, cuando salen, hay que vigilarlo. Va despacio, despistado, no sabe ir suelto, y no es la primera vez que se escapa, aunque luego asustado regrese corriendo a casa.
Ella tiene que pararse, esperarlo y naturalmente, ¡abroncarlo!
Tiene que compartir sus tesoros, de los que él se adueña la mayoría de las veces, e incluso hacerle un sitio en la cama.
Y no hablemos de la comida, que si ella se descuida, el señor Tragón, como si tuviera hambre atrasada, pues eso, se la zampa.
Pero mira, ella es demasiado loca e independiente, y se sabe guapa, a rabiar, eso le dice entre achuchones la Marmi, y sabe también que por mucho que se esfuerce el viejete, para ella siempre será "la prefe", y eso le basta.
Claro que él, también está como una chota, y a ella le encanta morderle las orejas y las patas y dejarlo que se crea que gana, porque en el fondo sabe que fue más afortunada. Se encontró antes que él con esta casa.
Napoleón no puede creerse lo que la vida le reservó para la vejez. Se despierta cada mañana sin acabar de creerse que no está soñando y tiene que demostrar su alegría y felicidad saltando y brincando todo lo que su pequeña artrosis ya no le permite.
Cuando se pone nervioso de alegría tiene que acudir a su lazo de peluche y morderlo sin poder soltarlo. Él nunca supo que los perros podían tener un momicaco, por eso se los roba todos a Marmota, esa jovenzuela mimada que no sabe darle valor a lo que tiene, y que es una broncas que le riñe por todo.
A él le gusta disfrutar de las cosas, despacito, saboreándolas, para recuperar el tiempo perdido, por eso siempre que puede se comporta como el cachorrillo que le hubiera gustado haber podido ser.
Cuando salió del coche que lo trajo desde Segovia, estaba muerto de miedo, pero al ver los inmensos ojos azules de aquella mujer que le esperaba, se le quitó de golpe.
Sabe que es su preferido, porque a la nena le encantan los mimos y las caricias y él, que nunca las tuvo, está encantado con darlas y recibirlas a manos llenas. Está en la gloria, vamos.
La negra es un poco pesada, y a veces hay que cantarle la caña, pero se lo pasan bien jugando y peleando, aunque él no pueda siempre seguirla, porque los años son los años, y él los nota a sus espaldas.
En fin, que los dos están contentos y felices, y cuando lleguen allá arriba, a las estrellas, ya lo han hablado entre ellos, darán buenos informes de todos estos: de sus amos y de los que les rodean.



