
La tierra está plagado de seres que encierran en sus sonrisas un mundo de espejos en el que podemos mirarnos y aprender…
Suelen ser seres anónimos, que pasan desapercibidos, que saben que la vida es de uno mismo y de lo que quiere darse a los demás…
Suelen ser seres silenciosos como el árbol que calla, pero da sombra, laboriosos, como pequeñas hormigas que cumplen su cometido dentro del hormiguero, dadivosos, como el sol que alumbra a todos por igual…
Suelen lucir en sus caras una sonrisa serena, del que ha vivido plenamente, sin romper sus reglas, sabiendo de sobras que la vida es un constante juego de pérdidas y ganancias; sin pensar en el balance final, que ellos siempre ven positivo, porque quemaron en ella sueños y batallas sin pensar en nada más.
La que hoy quiero asomar a este post, es una de esas sonrisas…
Se llama María Salvo y aparece en la contraportada del diario La Vanguardia de ayer.
Me llamó la atención su expresiva cara, su sonrisa tranquila, que se asoma a una ventana que puede ser la del mundo que ella ama y en el que todavía confía.
"Tengo 84 años. Nací en Sabadell y vivo en Barcelona. Cumplí los 21 en las cárceles franquistas y salí a los 37, fue entonces cuando me casé con un hombre que había pasado 13 años en prisión. No pude tener hijos por los malos tratos que padecí. Viví en las cárceles de Madrid, Barcelona, Alcalá de Henares y Zaragoza. Soy agnóstica".
Va desgranando vivencias y recuerdos…y si observáis hay siempre una visión positiva:
-…en el año 1945, siendo civil, un tribunal militar me condenó a treinta años de prisión.
-Debió de ser un momento difícil.
- No, ese no. Era tan corriente que te volvieras con la pepa (pena de muerte), que celebrábamos la vida.
-¿Se acabaron las torturas físicas?
-Sí, pero las condiciones de trato, de comida, la falta de higiene…resultaban una tortura. Pero supimos conservar la dignidad.
-¿Cómo discurría un día?
-Trabajábamos hasta las nueve de la noche. A partir de ahí empezaban las actividades clandestinas: estudiar, organizar charlas, coros…Llegamos a tener una biblioteca clandestina. ¿Sabe que es lo más curioso?
-¿Qué?
-Yo no me sentía desgraciada en la cárcel, era una vida tan llena que no tenías tiempo de pensar…
-Estábamos muy unidas, lo compartíamos todo, había una gran solidaridad…
-¿ A qué mundo se enfrentó después de 16 años de reclusión?
- A un mundo hostil, era difícil hasta con la propia familia…
-Usted ¿ qué temía?
-Me sentí más presa fuera que dentro…Pero no considero que haya perdido mi juventud. Viví el momento y escogí luchar por un mundo más libre. En cierto modo viví dos juventudes: fui joven en la cárcel y lo fui cuando salí.
-¿Qué aprendió en la cárcel?
-Que hay valores, como la solidaridad, que merecen que vivas por ellos.
-¿Qué quiere usted?
-Justicia. No quiero que se me considere una víctima, quiero que se reconozca que aquellos consejos de guerra contra civiles fueron ilegales.
- ¿Ha vuelto a encontrarse con su pasado?
-Todavía tengo pesadillas. Y me llamó una de mis funcionarias de la prisión, a la que recuerdo estricta, pero comprensiva. "Yo continúo con mis principios", me dijo. "Y yo con los míos". "Aún así, ¿cree que podemos ir a tomar un café?, me preguntó."Por supuesto"
-Eso es la reconciliación.
-Sí, pero que nadie se equivoque: ningún político puede perdonar en nuestro nombre. El perdón es individual. Lo demás es política.
Sentí que la admiraba. Supe que esa sonrisa que muestra no es fingida. Su sonrisa tranquila demuestra que vivió sus ideales hasta el final, y lo que es más difícil: supo perdonar. Perdón que no lleva implícita su renuncia a la justicia, por la que ella luchó y gastó su vida. Por esa justicia sigue luchando hoy, como ayer, como siempre, a sus 84 años.