Bibliotecas

En los últimos años el hermano fuego se nutrió de los libros de tres hermosas bibliotecas de la Tierra: la de Sarajevo, la de Bagdad y la de Weimar.
En las dos primeras, el fuego fue fruto de la guerra, esa triste y cruel imbecilidad humana. En la última, de una desgraciada y desconocida casualidad.
En la de Sarajevo se guardaban miles de manuscritos árabes, turcos, hebreos y persas, que en el fuego se esfumaron para siempre.
El tesoro quemado contenía obras de historia, geografía y viajes; teología, filosofía y sufismo; ciencias naturales, astrología y matemáticas; diccionarios, gramáticas, poemarios, tratados de ajedrez y de música.
“La destrución de todo esto pretendió borrar la memoria de los musulmanes bosnios” (Juan Goytisolo)
En la de Bagdad, cualquier historiador podía encontrar todas las fuentes árabes posibles, que le permitían cualquier incursión imaginable en el pasado de Oriente Próximo, así como miles de estudios contemporáneos en árabe y en otras lenguas.
No hay que olvidar que , a lo largo de la historia, los musulmanes fueron los más grandes entusiastas de crear bibliotecas, cosa que consideraban como signo de intelectualidad y riqueza.
La de Weimar, que contaba con más de un millón de ejemplares iba a ser trasladada en breves días, a un lugar más seguro y con todas las ventajas de las técnicas modernas, pero una desgracia fortuita truncó esos planes, al llevarse la mayoría de sus libros.
Unos se quemaron, y otros quedaron destrozados por el agua con la que se apagó el fuego.
Su director, que apareció en todos los medios públicos con la, salvada por él, Biblia de Lutero, declara que una gran parte de lo que ha sido destruído es irrecuperable y no puede comprarse en anticuarios o no existe en otra bibliotecas.
Semanas después del incendio, ocurrido el 2 de septiembre, todavía se intentan recuperar de entre las cenizas, hojas, papeles, fragmentos…
Allí se destruyó parte de la memoria cultural alemana, en especial la de los siglos XVII y XVIII , y cientos de partituras originales.
Entre los que se salvaron: ” la colección de incunables medievales manuscritos, la mayor colección del mundo de Fausto ( la obra de Goethe ), las obras de Shakespeare y las bibliotecas privadas de Nietzsche y Liszt, que estaban guardadas en otros almacenes..
Quemar, hacer desaparecer una biblioteca, es como quemar o hacer desaparecer la memoria de los hombres.
Ha ocurrido a lo largo de la historia, desde la quema de la Biblioteca de Alejandría hasta la quema de los libros de autores judios por los nazis. Desde la quema de manuscritos árabes por el Cardenal Cisneros, hasta la quema de la biblioteca particular de Pompeu Fabra y otros muchos escritores intelectuales de la República, durante la Guerra Civil.
Ha ocurrido y posiblemente ocurrirá, pero no por ello deja y dejará de sorprendernos.
No por ello dejaremos de oir, en medio del humo y las espurnas que suben hasta el cielo, las voces de miles de poetas, que en medio de llanto y de quejidos, en diferentes lenguas, continuarán gritando sus poemas a lo largo y ancho de la Tierra, porque como ya dijo alguien: “ Aunque queméis el papel no podréis quemar lo que encierra”







