Archivos de 'Locuras'

Recetas infalibles

Sábado, 31 Diciembre, 2005

caballos salvajes

Se puede vivir una larga vida sin aprender nada. Se puede durar sobre la tierra sin agregar ni cambiar una pincelada de paisaje. Se puede simplemente no estar muerto sin estar tampoco vivo. Basta con no amar, nunca, a nada, a nadie. Es la única receta infalible para no sufrir.
Yo aposté mi vida a todo lo contrario.
Y hacía muchos años que definitivamente había dejado de importarme si lo perdido era más que lo ganado, creía que ya estabamos a mano el mundo y yo, ahora que ninguno de los dos respetaba demasiado al otro.
Pero un día descrubrí que todavía podía hacer algo para estar completamente vivo antes de estar definitivamente muerto. Entonces, me puse en movimiento.
José

Escuchando Sin documentos, yo también me pongo en movimiento…

Sed felices

Teclas

Jueves, 15 Diciembre, 2005

Underwood 1 bis, por © Marta Pereyra

Escriben solas. Escriben cosas que parecen mías, pero que no recuerdo haber pensado ni sentido. Cuentan historias. Nuestra historia: la pasada, la presente y la futura. La cuentan con esmero, con soltura, intentando convencerme de que sólo con inventarte puedo sobrevivir. Pero no es cierto, no pueden conmigo. No me volverán loco. Tú existes, estás ahí, en alguna parte, al otro de esta niebla, al otro lado de cualquier niebla. Sólo debo ser paciente y seguir esperándote sin enloquecer.

Mis amigos me dicen que no me torture, que aparecerás -más tarde o más temprano- que te encontraré porque te busco. Yo me miro las manos mientras me hablan y las veo cada vez más viejas, más curtidas. Me pregunto si serán las que tú deseas que te toquen. Mis manos grandes y musculosas de otros tiempos ya no son lo que eran. Que sólo saben de ti por las veces que han acariciado las teclas de este mismo teclado, que sólo saben de ti por las veces que han guiado mis fantasías de ti hasta mi sexo. Mi sexo que ahora te saluda, erecto, preparado, dispuesto… Y sólo encuentra el calor de mi mano derecha, de mi cansada y vieja mano derecha, que la izquierda nunca me sirvió de mucho, aunque las teclas insistan en lo contrario.

Suena la misma música de siempre, la misma que siempre quise poner para nosotros, para bailar contigo, abrazándote por la cintura. Tu cintura, esa cadencia en mitad de un vientre, el tuyo, que iba a guarecer a todos nuestros hijos, el que iba a recibir el estallido de mi sexo cuando nuestros hijos –todos ellos- ya hubiesen existido. Ahí están ahora mis manos, en tu cintura. Ahí están hoy las dos, que ya no tengo alma para más homenajes que estas cuatro líneas que consigo robarle a las teclas.Y reviso mi vida sin ti, mi vida llena del deseo de ti, mi vida contigo, antes de que nada me obligue a parar, antes que nada –ni estas teclas desgraciadas- se de cuenta y deba parar y ya no quede tiempo ni para las dudas…

Si te encuentro, si aún hay tiempo para un nosotros, serás la que soñé que envejecería conmigo, con tus senos caídos, tu culo caído y tus piernas cansadas. ¿Me harías temblar aún? Reviso mis recuerdos. Pongo en orden mi memoria y no sé verte. ¿Habré llegado a conocerte y no te vi? ¿Es posible que -de entre todas a las que rechacé- alguna fueras tú?

¿Quién nos ha robado tantos momentos? Dime, ¿quién ha sido? Han sido las teclas, ¿verdad?

* * *

Imagen de © Marta Pereyra

Exactamente una semana

Domingo, 11 Diciembre, 2005

nw-31, by Helmut Newton

Exactamente una semana, con sus siete días y sus siete noches, tardó Anna en olvidarlo. Una semana, apenas una ínfima parte de su vida para crear y después borrar de un plumazo tantas ilusiones vanas. No hay como el olvido rápido que proporcionan unos nuevos besos, unos besos nuevos. Anna era así, ligera, casi etérea, y practicaba con ardor varias premisas elementales para una mujer como ella, pero bordaba como nadie a rey muerto, rey puesto.

Una pelirroja como Anna, peligrosa, pecosa, con una sonrisa llena de dientes, con unos ojos verde aceituna y unas piernas que le llegaban a la barbilla; una pelirroja así, como Anna, no podía ser de otra manera que ligera, casi etérea. Abría y cerraba puertas. A su espalda dejaba la tierra quemada en cada batalla, quemada y yerma. Se llevaba consigo toda la fuerza de sus víctimas. Donde ponía el ojo ponía su sexo, un sexo rasurado y cobrizo que engullía como un embudo el miembro del desgraciado de turno.

Sólo alguna vez –como esta última- la cosa se le había descontrolado algo. Nunca lo suficiente, Anna siempre, siempre, mantenía un cabo atado a tierra firme, de una exquisita manera se engañaba a la luz tenue de las velas para replegarse rápido a puerto antes del amanecer. Se merecía una alteración de sus perfectos planes, un orgasmo roto, una sacudida. Y la tuvo. Breve y salvable, pero la tuvo.

Aquella cita última con el penúltimo, el riesgo siempre imprevisto de abandonar su territorio, aceptando en aquella llamada la visita a domicilio, a un domicilio desconocido y nuevo, de un dueño al que no hubiera debido volver a ver, fue lo más salvaje a lo que Anna había tenido la desgracia de sobrevivir. Una cita llena de estupor ante un romanticismo de velas, de cojines, de catre floreado, de penetración con suspiro, de pausas y derroches. Un encuentro de “te quiero sólo mía” y de “te creo”…

Una semana con sus siete días y sus siete noches esperando que el penúltimo llamase de nuevo. Una semana entera para terminar oyendo: “no tengo dinero, pero te deseo”. Una semana para comprender que había perdido siete días y siete noches esperando inútilmente que se hiciese el milagro. Una semana para responder: “aquí no se fía a nadie, ya lo sabes” y colgar rápidamente y dejar paso a la siguiente llamada…

* * *

Imagen de Helmut Newton

El estuche y más

Domingo, 27 Noviembre, 2005

(c) Mando Gomez

La colonia colombiana de juerga. Y nosotros con ellos, como intrusos. Entre miradas extrañas, mujeres hermosas y hombres hambrientos, ritmos calientes y caos. Mucho caos.

Espera larga. Se levanta el telón y ella sale al escenario. Se lo come con la locura habitual. Temas y temas. Nuevos y no tan nuevos. Delirios varios. Y, claro, El estuche:

No es un mandamiento ser la diva del momento
Para qué trabajar por un cuerpo escultural
Acaso deseas sentir en ti todos los ojos
Y desencadenar silbidos al pasar

Mira la esencia no las apariencias

El cuerpo es solo un estuche
Y los ojos la ventana
de nuestra alma aprisionada
mira la esencia no las apariencias
que todo entra por los ojos
dicen los superficiales
lo que hay adentro es lo que vale

Siento en el aire un aroma espiritual
mensajeros alados intentando aterrizar
si abres el estuche lo que debes encontrar
es una joya que te deslumbrará

Mira la esencia no las apariencias

90 60 90 suman 240
cifras que no hay que tener en cuenta
mira la esencia no las apariencias
no te dejes medir no te dejes confundir
agúzate hazte valer

Mira la esencia no las apariencias

Aterciopelados. Casi sin aviso, como una pequeña sorpresa. Un paquete explosivo y revulsivo en el centro de una ciudad sitiada.

*

Imagen de Mandolux

Despertares en el zoo

Sábado, 19 Noviembre, 2005

 (c) Mando Gomez

Abrir un ojo, y luego el otro. No saber exactamente ni quién eres ni dónde estás. Reconocer el aliento de ese lametón y oír de fondo el trinar mañanero de los canarios. Junto al espejo están Adán, Eva y la serpiente: estoy en casa.
Zumo y café. Pasillo adelante hasta que suene la música a estrenar. Jolgorio y carreras en el zoo.
Con el primer café vuelven unos besos y el sueño con el gato. Y ya van dos noches soñando con gatos. Desayuno general y cambio de música. Vuelven los besos y el gato.
El aire es frío y el albornoz escaso, pero es sábado y hay que ventilar y hacer limpieza. Ordenarlo todo. Incluso los besos y los sueños. El gato no está, estoy segura.
La luz entra tamizada por los visillos. Es un despertar de invierno, sin ti, sin planes, sin prisa. Todos en los balcones menos yo que vuelvo a cambiar de música.
Un despertar más en el zoo, pero un despertar nuevo.

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Imagen de Mandolux

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