Archivos de 'Locuras'

Un corazón en invierno

Martes, 11 Abril, 2006
Fotografía de estudio de Charles Schenk, 1905

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. La suavidad de su piel, las constelaciones de aquellos lunares en su espalda, la redondez de sus pechos, la tibieza de su carne, la obscenidad de sus labios, los suspiros desatados de su boca al tocarla. No la amé, no quise hacerlo. Logré contener cada una de mis palabras y negarle cada uno de mis sentimientos. Le mentí, me mentí cada vez que fue menester. No podía permitírmela, no podía permitírmelo.

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. El día que la conocí, a la salida de aquel estreno en aquel teatro que ya no existe. Iba acompañada de su amante de entonces y me pareció hermosa, muy hermosa. Me fascinó la transgresión de su ropa, tan poco ortodoxa para una noche como aquélla, para un lugar y un acompañante como aquéllos. Lo que insinuaba, sobre todo lo que insinuaba toda ella. Al besar su pequeña mano cuando me la presentaron, al clavarme en la sonrisa de su mirada, al decirle “un placer, madame” supe que no podría permitírmela nunca, pero que bajo ningún concepto podía perdérmela. Para mí fue sexo, ya he dicho que nunca la amé, sólo sexo. Pero el mejor que jamás tuve, con diferencia. Santifiqué su cuerpo siempre que tuve ocasión y llegué a estudiarlo como un verdadero cartógrafo hasta sus confines.

Aún después de tanto tiempo, reconozco que hubo un día en que casi no pude contener mi corazón en invierno. Aquella mañana, mi amante, mi hermosa y deliciosa amante, aún sin vestir ni peinar, sostenía un libro entre sus manos. A mis buenos días, contestó con su mejor sonrisa, su amplia, franca, fresca y sentida sonrisa, casi dulce. Sin dejar de sonreír, volvió a abrir el libro y siguió leyendo para mí. Estuvimos así varias horas: ella leyendo y yo mirándola y escuchándola.

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. La última noche que pasamos juntos en su casa, aquel pequeño piso de la Calle Poniente del que nunca supe su dueño, parecía distinta, como ausente. Sus ojos navegaban perdidos en la llama de una vela, en el rubí de su copa, en fondo del gramófono. No logré averiguar nada, ella sabía -mejor que yo- no sólo negar sus sentimientos, sino vestirlos de inexistencia. Usó excusas femeninas muy impropias en ella. Y yo, infeliz, me las creí. A la mañana siguiente, cuando desperté, sobre su almohada había un libro y nada más.

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo dictándome un capítulo para que lo escribiese en su espalda, con la condición de que cada uno de sus lunares debía coincidir con cada coma y cada punto. Quedó perfecto, me coincidieron sin excepción.

Conservo aún aquel libro cuya dedicatoria reza:

“Para un corazón en invierno.
Estoy convencida de que hay dos cosas en la vida que son fundamentales: las delicias de la carne y la delicias de la literatura. Yo he tenido la suerte de disfrutar de las dos por igual…
M.”
*

Fotografía de Charles Schenk

A mi manera

Jueves, 6 Abril, 2006

Curiosidad, por Max Billder

En las manzanas de mi barrio, los plataneros de las esquinas llevan una cruz mal dibujada, un aspa más bien, un aspa blanca. Mal dibujada a la altura del pecho del autor, es su sentencia de muerte. Han aguantado los golpes de bolsos y capazos, ruedas de bicis y motos, correas de perros despistados, el peso de las penas de muchos y los vómitos de desamor de otros, los trastos (mal)abandonados de los incívicos, e incluso la última poda preprimaveral, y todo estoicamente. Y ahora, ahora que esas esquinas van a rebajarse para humanizar las aceras ellos son la molestia. Son unos ocho árboles por manzana, dos por cada chaflán, que no volverán a sufrir más en las manzanas de mi barrio.

*

Estamos en Berlín. Me llevas al veterinario. Sí, a mí. Subimos a un funicular infinito y me vas mostrando la ciudad. Tú nunca has estado allí, pero yo te sigo la corriente. Entramos en la consulta y me examinan. Te dicen que estoy bien. Y volvemos al funicular y vuelves a mostrarme toda la cuidad. Y todo es en color, incluso tus ojos casi negros.

*

La fiebre ha cedido y los paseos son más largos. En estos escasos días de encierro han pasado muchas cosas. La TV (que ya vuelve a funcionar) muestra obscenidades, mis suscripciones indecencias y los diarios de Manu dan pavor. En mi balcón han florecido las calas y los cactus y las crasas. Rodolfo sigue empeñado en su nido imposible. Y a El Ala Oeste que llegó del centro le quedan menos capítulos. El pan de espelta y semillas cada día me sale mejor. Y ella está dónde debe.

*

Me viene a la cabeza David Lee Roth y busco alguna canción suya. De pronto recuerdo la versión raï de Comme d’habitude. No tiene nada que ver, lo sé. La encuentro, la oigo y la oigo. Y me esfuerzo en recordar todas las versiones de esa misma canción. Se me ocurren unas cuantas estupendas y me propongo convertirme en la Barcelona Dernière de “A mi manera”. Los Planetas, Nina Simone, Paul Anka, Nina Hagen, Sex Pistols, Claude François, Sinatra, Gipsy Kings, Tom Jones… Pero ésta, la de Khaled, Rachid Taha y Faudel sigue siendo mi preferida:

Así que perdónenme, pero si la gripe me deja, yo sigo a mi manera…

*

Fotografía de Max Billder

Del deshielo al psicodrama

Domingo, 26 Marzo, 2006

Cuidado con la fiera

Tras otros muchos despertares en el zoo , comienza el deshielo de nuevo. Dos semanas llenas de extraños sucesos que han conseguido deshelar las reservas de mis lagrimales. Bueno, por ahí se empieza también, ¿no?

Por si no había tenido bastante con el susto que nos dió Luna - la perra de Nikopol- con su piómetra y la correspondiente operación de urgencia, ni con el supuesto flemón de Napoleón, sólo me faltaba la rata de la escalera ( porque hay que decir que -a todo esto- el niño ha terminado callándose definitivamente y prefiero no saber cómo ni porqué).

La rata apareció un jueves para romper el recuperado silencio con los berridos de miedo del resto de los vecinos. La cosa no era para tanto, el bicho era una monada y apenas medía un palmo, pero -incluso yo lo sabía- no podía instalarse en la escalera. Se me designó -aún no sé cómo ni porqué- enlace entre la rata, la propiedad (estamos todos de alquiler), el administrador y las empresas desraticidas posibles. En un par de días la temperatura media de mi oreja derecha aumentó un par de grados. El móvil sustituyó a la trompetilla y llegué a odiar el estupendo silbido de su melodía, sólo me faltaba el parche en ojo que en su día me regaló Ike para ser realmente la Elle Driver de la rata.

La rata pasó a mejor vida (claro), pero de la bendita conseguí -además del deshielo definitivo- el reencuentro con uno de mis primeros amores a la sazón aún no dado a flautista.

La simpática morosidad de algunos de mis clientes que ha dado al traste la previsión del trimestre y el retorno a las clases han ocupado el resto de mi tiempo desde la desaparición de la rata y la consecuente dimisión irrevocable como enlace antiplagas. Con la boca pequeña ante tantas novedades estuve hasta ayer, día en el que el psicodrama de La Kabra y Miss (sus) Yoes logró que yo sí exorcizara muchos de mis demonios. Que yo también tengo mis yoas y algunas necesitan descojonarse de tanto en tanto.

(Me queda la duda, eso sí, de si existe alguna relación entre la avería en mi línea teléfonica de esos días y el espirítu del roedor… )

Esa maldita pared y el carácter de mi vecinito

Lunes, 13 Marzo, 2006
Esa maldita pared que separa tu vida y la mía,
que no deja que nos acerquemos.
Esa maldita pared que separa tu vida y la mía,
que yo la voy a romper cualquier día

Llevo unos días cantándola. Resuena como una letanía. Hoy se había callado mi voz interior, hasta volver a casa, y desde hace un rato vuelve a sonar. Así que llevo casi una hora buscando la bendita Gira Mundial. Sólo por oírla como dios manda que lo que yo hago con ella si abro la boca es un pecado.
Y no tiene nada de carnívora la evocación, de verdad.
El caso es que tengo yo un vecinito que no calla. Llora todo el día y buena parte de la noche. Todos los días y todas las noches. Al verlo, nadie diría que es un llorica mocoso, pero lo es. Y me dan ganas de romper la pared y romperle algo a la criaturita o a su maldita mamá moderna que lo deja expresarse libremente. Que un día le pregunté si al niño le pasaba algo, si estaba malito y me dijo que no, que sólo tenía mucho carácter. Claro, cómo no se me había ocurrido.
Y ahora que he hecho como mi hermanita y le he dado la vuelta a los altavoces y se la canto a pleno pulmón me doy cuenta de que yo digo:

Esa maldita pared que NO separa tu vida y la mía,
que no deja que nos acerquemos.
Esa maldita pared que NO separa tu vida y la mía,
que yo la voy a romper cualquier día

Lisboa

Jueves, 2 Marzo, 2006

El 28

Desde el 28 recordaré que era demasiado tarde para preguntar si queríais algo de Lisboa…

Andam passos na calçada
Que me acordan. Quem será?
Uma sombra na fachada
Decerto não vem por nada
Sabe Deus ao que virá
A sombra de mão em riste
Perguntou-me se sabia
Como há gente que resiste
A cantar quando está triste
E a chorar de alegria
Na teia da Criação
Alguém deu um nó errado
Eu respondi-lhe que não
Os nós da contradição
São o mistério do Fado
Tocou-me o rosto e sorriu
De um jeito que não esqueci
No mesmo passo partiu
O vento ficou mais frio
Deitei-me e adormeci

Misia, Mistérios do Fado

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