
Tras leer el siguiente artículo de Joan Barril titulado Ciudadano Toro y publicado en El Periódico de Catalunya el pasado 11 de julio:
Yo, como el poeta, sé muy pocas cosas, es verdad. Pero por estas fechas acostumbro a ser más ignorante. Y esa ignorancia estacional es una bendición, porque me permite dudar y pensar. Probablemente pensar mal, que es una manera como otra cualquiera de intentar acercarnos a la verdad. Pero pensar, al fin, en lo que nos cae encima. Me explicaré. En esta segunda semana de julio, a las ocho de la mañana, el mundo de los despiertos se asoma al televisor para asistir a dos minutos y medio de carreras por las calles de Pamplona. No se trata de una carrera en la que prime la belleza. Unos animales asustados resbalan por los adoquines de callejas estrechas entre personas que han saltado voluntariamente para asustarse. Tampoco esta carrera es una broma. La muerte está en esos pitones afilados empujados por un peso de 575 kilos. Luego los toros llegan a la plaza y se culmina su ejecución convenientemente ritualizada para amortiguar las espadas con el terciopelo de la tradición.
No crean los bienintencionados defensores de unos supuestos derechos de los animales que voy a hacer ahora el alegato antitaurino de rigor. La muerte del toro en la plaza no será muy distinta a la muerte de tantas reses a las que conocemos en el plato y que nos han sido presentadas con patatas fritas poco hechas o al punto. Tampoco creo que los animales tengan derechos. El derecho siempre es humano y, mientras queden tantos semejantes nuestros privados de los derechos humanos, no pienso gastar el más mínimo esfuerzo en defender el presunto derecho animal. Al animal le cuidaré y le daré todo el cariño que crea conveniente porque es mi privilegio darle cariño o matarlo para comérmelo. Pero también es un derecho del hombre no haber de asistir a la barbaridad que significa la conversión de la muerte lenta y dolorosa en espectáculo. Que no me hablen del pobre toro enamorado de la luna que muere ante 5.000 personas vociferantes. Que me hablen, en cambio, de esas 5.000 personas que asisten a esa tortura, que intentan vendérmela como arte y que me avergüenzan como especie supuestamente civilizada. El antitaurinismo basado en la defensa de la bestia no lleva a ninguna parte ni nos hace mejores. Salvaremos al toro, es posible, pero acabaremos inventando otro tipo de fiesta con otro tipo de animal donde se glorifique la victoria del fuerte sobre el débil. El único antitaurinismo que vale la pena es aquel que penetra en la moral social y que acaba considerando abyecto el sufrimiento público, intencionado y gratuito de cualquier especie considerada inferior. El día que el toro se despida de sus compañeros de ganadería y de su mayoral, salga de su dehesa voluntariamente, se suba al primer tren, se baje en Pamplona y decida ir a enfrentarse a muerte con un hombre vestido de luces, entonces podremos empezar a hablar de otro tipo de bestialidad entre el ciudadano toro y el ciudadano hombre. Al fin y al cabo ese enfrentamiento entre humanos es la base de los bombardeos, de los atentados, de las medallas al valor y de la vida eterna que ciertas religiones prometen a los que se inmolan en nombre, claro, de la dichosa tradición. (la negrita es mía)
Tras leerlo, decía, supe que yo no iba a ser la única en desacuerdo. Acostumbro a coincidir y disfrutar con la visión trasnochada que Barril tiene de la vida, con su demagogia pedagógica y simple, cercana y cívica. Lógicamente, las cartas al director del resto de la semana dieron cuenta de esa desavenencia entre los lectores y Barril. Y ayer, día 18, Barril publicaba otro artículo sobre el tema, titulado ésta vez Derecho a no ver sufrir:
La verdad es que lo esperaba. El otro día me permití opinar sobre la salvajada taurina y la extraña exaltación que significa la carrera de los Sanfermines. A un amigo y colega de profesión que se llama, naturalmente, Javier, se le ocurrió un día publicar sus opiniones y el consistorio pamplonés le declaró persona no grata por sus escritos. O sea, que ya saben los municipios de Pamplona, de Madrid con San Isidro, de Sevilla y su Maestranza y de Roquetes y sus correbous que ahí me tienen como candidato a no grato por el simple hecho de considerar que el maltrato de un animal como espectáculo es un hecho cultural que no nos ennoblece sino que nos envilece.
Pero esperaba que alguien se fijara en la segunda parte de mis argumentos. Y así fue, en este mismo periódico, cuando una amable lectora se interrogaba sobre los motivos que me habían llevado a afirmar que los animales no tienen derechos. Me disgusta y me avergüenza el sufrimiento gratuito y espectacular de los toros a los que se les pincha hasta la muerte, de los gansos a los que se les arranca el cuello y de las focas inmaduras a las que se elimina artesanalmente con bates de béisbol. Pero eso no me preocupa por el toro, el ganso o la foca, sino por la crueldad del hombre que la ejerce. Yo no soy toro, ni ganso, ni foca. Pero podría tender hacia la antropomorfización del sufrimiento de esos animales. En la plaza de toros de Badajoz en 1936 o en el estadio nacional de Chile en 1973 fueron muchos los hombres a los que se sometió a la crueldad del fuerte contra el débil. Cada día mueren de hambre o a golpes miles de niños en todo el mundo.
Todo es demasiado para que me preocupe por el objeto de la tortura y de la muerte. Porque el animal no es un sujeto: es simplemente un objeto al que poder querer, mimar y, cuando conviene, al que podemos sacrificar para comérnoslo. Sólo los vegetarianos pueden defender los derechos de los animales, hasta el día en que encontremos un vestigio de alma en las hojas de una lechuga.
Soy sensible a la vida animal, a mis mascotas y a mis manías. Pero tal como está el mundo no puedo suscribir el papanatismo de unos supuestos derechos que no vienen caídos del cielo. Los defensores de los derechos de los animales se erigen en juez y parte. Somos los hombres los que determinamos qué animales tienen derechos y cuáles no. Seis millones de ratas o más viven y se reproducen bajo las calles de Barcelona. En tanto que son seis millones hay que acabar con ellas. Si sólo fueran seis estarían en Cosmocaixa. El animalismo como ideología es ridículo. Limitémonos a ser hombres y mujeres conscientes de la necesidad de convivir en un mismo mundo con especies distintas sin necesidad de ponernos doctrinales. Mientras miremos con suspicacia a un negro y abracemos a un hámster, mientras demos un bofetón a nuestro hijo y nos manifestemos contra un torero las cosas no se aclararán. El derecho es humano y basta de demagogias. Y el derecho humano quiere decir privar al ser humano de la vergüenza de la crueldad, ya sea contra un toro o contra uno de nuestros semejantes.
Y ahora, con los dos textos, con mis coherencias y mis incoherencias, con mis dudas y mis recelos, sigo sin estar del todo de acuerdo. No me planteo los derechos de los animales de forma excluyente, como si no puediésemos luchar, al mismo, tiempo por unos y otros. Los derechos de los animales no existirán, pero los Derechos de los animales están ampliamente reconocidos aunque poco aceptados.
Como si por recordar que este último fin de semana murieron en Iraq tantas personas como en el 11M éstas me doliesen menos. Como si cambiase de canal cuando hablan de la franja de Gaza, mientras me desespero por saber si mi amiga Laia está bien en Londres. No. Todo es lo mismo, no nos confundamos más.
El lenguaje no es neutral y ese "Derecho a no ver morir", me hiere. No por cerrar los ojos dejará de pasar. Los frentes son muchos y todos nos llevan a ser mejores por igual. Y todo esto no deja de ser pura demagogia, claro. Sólo podría no serlo del todo si no hubiese nacido privilegiadamente papanatas.
Y como buena papanatas, en el Reservoir está la reseña contra el abandono del verano, claro.
Fotografía de Kim Levin