Archivos de 'Criaturas esenciales'

Acércate, gordito, acércate

Miércoles, 25 Enero, 2006

Valentina con su pata chula

Esa es Valentina. Tres semanas con la pata chula. Se escurrió de mi mano una mañana y salió volando por el salón. Tras un paseo aéreo por plantas y cuadros, aterrizó en el respaldo del trono de Napoleón, a medio palmo de su trufa siempre brillante. Acércate, gordito, acércate. Fracciones de segundo, cruce de cables reflejado en las incipientes cataratas del abuelo y como en las pelis de dibujos animados, con un rápido movimiento se abrió la boca del lobo y se cerró. Sólo se veía la punta de la cola, apenas una pluma asomaba del hocico. Un grito huracanado salió de mi boca: ¡No, Napoleón, suéltala! Y Valentina salió escupida y viva para sorpresa de todos.
El suceso dejó a Napoleón sumido en el desconcierto: el sueño de su vida se había hecho realidad, por fin había tenido a un emplumado entre sus dientes. Aún hoy, la mira en la jaula y no comprende qué pasó. Valentina, en cambio, farda de su aventura desde su columpio…
Acércate, gordito, acércate

Marmota

Sábado, 10 Diciembre, 2005

Marmota de fiesta

Hace algo más de cinco años que estamos juntas. Desde aquella primera noche en La Inocencia, hemos compartido tantas cosas…
Hoy que las canas empiezan a matizar la negrura de tu cara, hoy que cumples seis años, seguimos juntas. Con la cabeza loca las dos, en esta Barcelona tan nuestra y tan recorrida.
Mi okupa, mi preciosa, mi tarasca, mi dulce, mi alegre, mi toliña, mi negra, mi enfermiza, mi fuerte, mi cotilla, mi niña, mi Marmota. Hoy sin tiramisú cumples seis años. Y los que nos quedan.
T’estimo, Marmota!

No tengas miedo

Jueves, 13 Octubre, 2005

Para Ana* y para Bobby.
Perdóname, pero yo también tenía que pasar esa página. Tú sabes porqué.
Y las casualidades no existen y hoy, tras días pensando en ese libro, al ir a cogerlo se ha abierto por esta página:

Teresa entró en la habitación a ver a Karenin. Hasta entonces había estado acostado sin moverse (ni siquiera le había prestado atención a Tomás mientras lo auscultaba) pero ahora, al oír que se abría la puerta, levantó la cabeza y miró a Teresa.
Era incapaz de soportar aquella mirada, casi la asustaba. Nunca miraba así a Tomás, así sólo la miraba a ella. Pero nunca con tanta intensidad como esta vez. No era una mirada desperada o triste, no. Era una mirada de terrible, insoportable confianza. Aquella mirada era una ansiosa interrogación. Toda la vida había esperado Karenin la respuesta de Teresa y ahora le comunicaba (aún con mayor urgencia que nunca) que seguía preparado para oír de ella la verdad. (Todo lo que proviene de Teresa es para él verdad: incluso cuando le dice “¡siéntate!” o “¡acuéstate!”, para él éstas son verdades con las que se identifica y que le dan sentido a su vida)

Nunca le daban dulces, pero hace unos días le había comprado unas tabletas de chocolate. Les quitó el papel de plata, las partió y las dejó junto a él. Añadió también un cuenco con agua para que no le faltara de nada, ya que tendría que quedarse unas horas solo en casa. Era como si la mirada que le había dirigido hacía un rato lo hubiera fatigado. Aunque estaba rodeado de chocolate, no levantaba la cabeza.
Se tendió junto a él y lo abrazó. Lenta y fatigosamente la olisqueó y le lamió una o dos veces la cara. Acogió la lamida con los ojos cerrados, como si quisiera recordarla para siempre. Volvió la cabeza para que lamiera también la otra mejilla.

Puso lentamente una sábana sobre la cama. Era una sábana blanca con un estampado en forma de florecillas lilas. Todo lo tenía preparado y pensado, como si se hubiera imaginado la muerte de Karenin con muchos días de antelación. (¡Ay, qué terrible, en realidad, soñamos por adelantado con la muerte de aquellos a quienes amamos!)
Ya no tenía fuerzas para saltar a la cama. Lo cogieron en brazos y lo levantaron entre los dos. Teresa lo colocó de costado y Tomás le examinó la pata. Buscaba el lugar en el que la vena se nota más. Luego recortó en ese sitio los pelos con una tijera.
Teresa estaba arrodillada junto a la cama y sostenía con las manos la cabeza de Karenin junto a su cara. Tomás le pidió que le apretara la pata trasera por encima de la vena, que era fina y hacía difícil clavarle la aguja. Apretaba la pata de Karenin pero no separaba la cara de la cabeza de él. Le hablaba sin cesar en voz baja y él no pensaba más que en ella. No tenía miedo. Le lamió dos veces más la cara. Y Teresa le susurraba: “No tengas miedo, no tengas miedo, allá no te dolerá nada, allá vas a soñar con ardillas y conejos, habrá vaquitas y estará Mefisto, no tengas miedo…”

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

Vagabundos

Martes, 27 Septiembre, 2005

Le clochard d'Avignon, de Roger Somville

A Marmota y Napoleón, mis vagabundos

Como un vagabundo, como lo que era, así se sentía él. Podía haber sido un príncipe en un gran palacio, pero no lo era. Podía haber sido un artista en un circo ambulante, pero no lo era. Podía haber sido cualquier cosa, pero sólo era un pequeño vagabundo, perdido en mitad de la niebla.

Pero en sus sueños, en sus plácidos sueños bajo un puente del Ródano, eso no tenía ninguna importancia. Porque los perros saben que son los preferidos de los dioses.

* * *

Imagen aquí

De crueldades y demagogias

Martes, 19 Julio, 2005

Tras leer el siguiente artículo de Joan Barril titulado Ciudadano Toro y publicado en El Periódico de Catalunya el pasado 11 de julio:

Yo, como el poeta, sé muy pocas cosas, es verdad. Pero por estas fechas acostumbro a ser más ignorante. Y esa ignorancia estacional es una bendición, porque me permite dudar y pensar. Probablemente pensar mal, que es una manera como otra cualquiera de intentar acercarnos a la verdad. Pero pensar, al fin, en lo que nos cae encima. Me explicaré. En esta segunda semana de julio, a las ocho de la mañana, el mundo de los despiertos se asoma al televisor para asistir a dos minutos y medio de carreras por las calles de Pamplona. No se trata de una carrera en la que prime la belleza. Unos animales asustados resbalan por los adoquines de callejas estrechas entre personas que han saltado voluntariamente para asustarse. Tampoco esta carrera es una broma. La muerte está en esos pitones afilados empujados por un peso de 575 kilos. Luego los toros llegan a la plaza y se culmina su ejecución convenientemente ritualizada para amortiguar las espadas con el terciopelo de la tradición.
No crean los bienintencionados defensores de unos supuestos derechos de los animales que voy a hacer ahora el alegato antitaurino de rigor. La muerte del toro en la plaza no será muy distinta a la muerte de tantas reses a las que conocemos en el plato y que nos han sido presentadas con patatas fritas poco hechas o al punto. Tampoco creo que los animales tengan derechos. El derecho siempre es humano y, mientras queden tantos semejantes nuestros privados de los derechos humanos, no pienso gastar el más mínimo esfuerzo en defender el presunto derecho animal. Al animal le cuidaré y le daré todo el cariño que crea conveniente porque es mi privilegio darle cariño o matarlo para comérmelo. Pero también es un derecho del hombre no haber de asistir a la barbaridad que significa la conversión de la muerte lenta y dolorosa en espectáculo. Que no me hablen del pobre toro enamorado de la luna que muere ante 5.000 personas vociferantes. Que me hablen, en cambio, de esas 5.000 personas que asisten a esa tortura, que intentan vendérmela como arte y que me avergüenzan como especie supuestamente civilizada. El antitaurinismo basado en la defensa de la bestia no lleva a ninguna parte ni nos hace mejores. Salvaremos al toro, es posible, pero acabaremos inventando otro tipo de fiesta con otro tipo de animal donde se glorifique la victoria del fuerte sobre el débil. El único antitaurinismo que vale la pena es aquel que penetra en la moral social y que acaba considerando abyecto el sufrimiento público, intencionado y gratuito de cualquier especie considerada inferior. El día que el toro se despida de sus compañeros de ganadería y de su mayoral, salga de su dehesa voluntariamente, se suba al primer tren, se baje en Pamplona y decida ir a enfrentarse a muerte con un hombre vestido de luces, entonces podremos empezar a hablar de otro tipo de bestialidad entre el ciudadano toro y el ciudadano hombre. Al fin y al cabo ese enfrentamiento entre humanos es la base de los bombardeos, de los atentados, de las medallas al valor y de la vida eterna que ciertas religiones prometen a los que se inmolan en nombre, claro, de la dichosa tradición.
          
(la negrita es mía)

Tras leerlo, decía, supe que yo no iba a ser la única en desacuerdo. Acostumbro a coincidir  y disfrutar con la visión trasnochada que Barril tiene de la vida, con su demagogia pedagógica y simple, cercana y cívica. Lógicamente, las cartas al director del resto de la semana dieron cuenta de esa desavenencia entre los lectores y Barril. Y ayer, día 18, Barril publicaba otro artículo sobre el tema, titulado ésta vez Derecho a no ver sufrir:

La verdad es que lo esperaba. El otro día me permití opinar sobre la salvajada taurina y la extraña exaltación que significa la carrera de los Sanfermines. A un amigo y colega de profesión que se llama, naturalmente, Javier, se le ocurrió un día publicar sus opiniones y el consistorio pamplonés le declaró persona no grata por sus escritos. O sea, que ya saben los municipios de Pamplona, de Madrid con San Isidro, de Sevilla y su Maestranza y de Roquetes y sus correbous que ahí me tienen como candidato a no grato por el simple hecho de considerar que el maltrato de un animal como espectáculo es un hecho cultural que no nos ennoblece sino que nos envilece.
Pero esperaba que alguien se fijara en la segunda parte de mis argumentos. Y así fue, en este mismo periódico, cuando una amable lectora se interrogaba sobre los motivos que me habían llevado a afirmar que los animales no tienen derechos. Me disgusta y me avergüenza el sufrimiento gratuito y espectacular de los toros a los que se les pincha hasta la muerte, de los gansos a los que se les arranca el cuello y de las focas inmaduras a las que se elimina artesanalmente con bates de béisbol. Pero eso no me preocupa por el toro, el ganso o la foca, sino por la crueldad del hombre que la ejerce. Yo no soy toro, ni ganso, ni foca. Pero podría tender hacia la antropomorfización del sufrimiento de esos animales. En la plaza de toros de Badajoz en 1936 o en el estadio nacional de Chile en 1973 fueron muchos los hombres a los que se sometió a la crueldad del fuerte contra el débil. Cada día mueren de hambre o a golpes miles de niños en todo el mundo.
Todo es demasiado para que me preocupe por el objeto de la tortura y de la muerte. Porque el animal no es un sujeto: es simplemente un objeto al que poder querer, mimar y, cuando conviene, al que podemos sacrificar para comérnoslo. Sólo los vegetarianos pueden defender los derechos de los animales, hasta el día en que encontremos un vestigio de alma en las hojas de una lechuga.
Soy sensible a la vida animal, a mis mascotas y a mis manías. Pero tal como está el mundo no puedo suscribir el papanatismo de unos supuestos derechos que no vienen caídos del cielo. Los defensores de los derechos de los animales se erigen en juez y parte. Somos los hombres los que determinamos qué animales tienen derechos y cuáles no. Seis millones de ratas o más viven y se reproducen bajo las calles de Barcelona. En tanto que son seis millones hay que acabar con ellas. Si sólo fueran seis estarían en Cosmocaixa. El animalismo como ideología es ridículo. Limitémonos a ser hombres y mujeres conscientes de la necesidad de convivir en un mismo mundo con especies distintas sin necesidad de ponernos doctrinales. Mientras miremos con suspicacia a un negro y abracemos a un hámster, mientras demos un bofetón a nuestro hijo y nos manifestemos contra un torero las cosas no se aclararán. El derecho es humano y basta de demagogias. Y el derecho humano quiere decir privar al ser humano de la vergüenza de la crueldad, ya sea contra un toro o contra uno de nuestros semejantes.

Y ahora, con los dos textos, con mis coherencias y mis incoherencias, con mis dudas y mis recelos, sigo sin estar del todo de acuerdo. No me planteo los derechos de los animales de forma excluyente, como si no puediésemos luchar, al mismo, tiempo por unos y otros. Los derechos de los animales no existirán, pero los Derechos de los animales están ampliamente reconocidos aunque poco aceptados.

Como si por recordar que este último fin de semana murieron en Iraq tantas personas como en el 11M éstas me doliesen menos. Como si cambiase de canal cuando hablan de la franja de Gaza, mientras me desespero por saber si mi amiga Laia está bien en Londres. No. Todo es lo mismo, no nos confundamos más.

El lenguaje no es neutral y ese "Derecho a no ver morir", me hiere. No por cerrar los ojos dejará de pasar. Los frentes son muchos y todos nos llevan a ser mejores por igual. Y todo esto no deja de ser pura demagogia, claro. Sólo podría no serlo del todo si no hubiese nacido privilegiadamente papanatas.

Y como buena papanatas, en el Reservoir está la reseña contra el abandono del verano, claro.

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Fotografía de Kim Levin

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