Archivos de 'Casilda y Estrella'

El Estudiante

Sábado, 1 Octubre, 2005
Capítulo XIII

Lejos quedaban ya los días de las cabalgatas por la playa a lomo de las paquidermas. Lejos estaban ya su madre, Estrella, y su padre, Leo. Cada uno por su lado, eso sí, que al pobre de poco le sirvió tanto montaje el día de su cumpleaños. Todos intercedieron por él, incluso Maruxo, pero Estrella no cedió y tras el paripé, recogió sus cosas y se marchó.

El otoño ya había recortado los días y Casilda estaba tan sola como aburrida. El Capitán también se había ido, la última carta decía que estaba frente a la costa de Nigeria. Pero de ésa hacía ya varios días. Nemo, el último en desaparecer, había vuelto a su faro en San Barandán, apenas tres días atrás. Charo se había empeñado en llevarse a Marta y Paqui unos días, y ahora las tres estarían paseando por O Pindo.

Sentada junto al fuego, con Tigre y Paloma a sus pies y La Taberna cerrada y recogida, recordó –de pronto- que había recibido una carta de un estudiante de la capital, así se había presentado el pájaro. Al parecer, estaba preparando una tesis sobre no se sabía qué historia y quería que Casilda le dejase echar un ojo a los documentos de La Taberna. Como siempre, con el trajín, ella lo había olvidado. Quizá apoyada por la extrañeza que le provocaba que sus papeles pudieran ser de interés para alguien. A fin de cuentas, no había mucha oficialidad en ellos, no eran el cuaderno de bitácora de un capitán mercante, ni siquiera el de un farero. Al releer la carta, Casilda descubrió con sorpresa que aquel estudiante llegaría por la mañana. Al menos, habría alguna novedad en aquel establecimiento…

-Buenos días, Señorita, busco a Doña Casilda
-¿Quién pregunta por ella?
-El estudiante Hernán, me consta que me está esperando
- Te esperaba, Estudiante –dijo Casilda burlona- ¿Quieres un café?

La cabalgata de las Walkirias

Jueves, 18 Agosto, 2005

Capítulo XI (publicado por Muralla, aquí)

Capítulo XII

A mi padre, en su cumpleaños, un año más

Estrella le contó a Casilda la historia de Mouriño, y ambas acordaron que con la aurora lo llevarían a la playa para hacer realidad su deseo. Lo que Estrella no sabía era que Casilda tenía una sorpresa preparada…

El día que llegó Nemo, su adorado amigo del sur, le confesó su plan para agasajar a Leo el día de su cumpleaños y -mientras lo hacía- se dio cuenta de lo descabellada y arriesgada que era la idea. Estrella se había quedado más de lo previsto esta vez. Y los dos juntos, Estrella y Leo, eran como la pólvora mojada: impredecibles.

Leo era su padre, el antiguo amante de su madre. Estrella era muy joven, aún aprendiza de meiga, cuando conoció a aquel pescador que había llegado del este, y no le había prestado mucha atención a aquel flacucho que hablaba en una extraña lengua. Pero Leo, que era más terco que una mula, se prendó de la meiga desde el primer segundo en que la vió, y no cejó hasta que un día consiguió acercarse a ella lo suficiente como para susurrarle las palabras justas al oído. Y, desde aquel día, Estrella había estado locamente enamorada de Leo. Nadie supo nunca ni qué le había dicho, ni porqué ella decidió marcharse lejos de su lado cuando Casilda ya tenía veinte años. El caso es que Leo nunca fue el mismo sin ella y desde la marcha de Estrella, sólo se había dedicado a la pesca del calamar y en busca del calamar gigante había recorrido todos los mares de la tierra. Volvía cada agosto para ver a su hija, sabedor de que su madre ya no estaba por la Taberna. Pero este año, cuando supo que su mujer aún no se había marchado, un brillo en los ojos le delató y le confesó a Casilda las ganas que tenía de volver a verla. Suerte tuvieron que Estrella había salido con Maruxo aquella mañana y que el Capitán pudo ocultarlo entre los compañeros de la cofradía, disfrazándolo con un parche en el ojo izquierdo…

Habían ensayado muy duro en los últimos días. Marta estaba bastante crecida y ya podía seguir las órdenes de Leo sin tropezar una y otra vez con sus orejas. Nemo debía encargarse de las luces que por algo era el farero de San Barandán, y un espectáculo como aquel no podía dejarse en manos de la caprichosa luz del amanecer. Charo se encargaría de las empanadas, Sito había prometido conseguir el mejor albariño de la costa, y el Capitán tenía que ocuparse de la tarta, pero no se sabía nada de él en los últimos días y Casilda optó por hacer su famoso –y ya aburrido- tiramisú un año más.

Ahora, con la presencia de las elefantas, Casilda sabía que Leo podría reconquistar a Estrella. Y qué mejor día para ablandarle el corazón a su dura madre que el de su cumpleaños, ella sabía que Estrella no le aguaría la fiesta. Además, la presencia de Mouriño, garantizaría que los curiosos delfines de la ría no se perdieran el evento (de todos era sabido que no había bajo el agua ningún animal más fisgón e indiscreto que el delfín). Incluso era posible que la vieja sirena Sabela, se desplazase hasta allí, para completar la actuación. Y la fiesta de cumpleaños de Leo sería todo lo sonada que no había podido ser la suya, precisamente por la aparición repentina de las dos culonas.

El número no podía fallar, pero había algo que Casilda debía dejar bien atado: la complicidad de Mouriño. Y Maruxo sería el emisario ideal. Cuando se levantase a media noche a por las galletas que Casilda siempre le dejaba, leería su nota y todo estaría arreglado…

Cuando el día apuntaba y la dormilona no había dado aún señales de vida, Nemo supo que tendría que despertar a Casilda. Todo estaba a punto en la playa. Mandó a Tigre a por ella y le rogó a Paloma que vigilase la puerta de Estrella.

Casilda se despertó con el terremoto que había organizado Tigre al saltar sobre su cama.

-Buenos días, Tigre. Hoy pasaremos a la historia como la familia más sonada del fin del mundo.

Rápidamente se desperezó y se lavó la cara. Comprobó que Paloma guardaba bien la puerta. Y bajó a la cocina. La nota ya no estaba, Maruxo la había destruido. Preparó el café y subió a por su madre…

-¿Qué pasa Casilda, hoy no se come en esta casa? –dijo Estrella señalando el vacío de la mesa.

-Déjate, madre, tenemos reservas, ya comeremos algo luego. Ahora hay que ir a la playa… ¿Verdad Mouriño?

-Sí, bella Casilda. Hoy mi deseo se hará realidad…

-No, si al final será verdad que te los vas metiendo a todos en el bolsillo, con o sin galletas –dijo Estrella celosa.

Cuando llegaron a la playa las elefantas ya estaban preparadas. Qué bonitas estaban con las sillas tan relucientes. Nemo encendió los focos. A lo lejos se veían brillar los ojos de los delfines y la cola única de Sabela entre ellos. Las mesas estaban dispuestas, engalanadas para la ocasión. Sobre ellas se distinguían las fuentes repletas de empanadas de todos los sabores. Las copas brillaban relucientes y los barreños mostraban las puntas de las botellas… Charo y Sito habían cumplido.

Mouriño no daba crédito. Pasmado ante la monumental Paqui, estiraba sus bracitos para tocarla. De pronto la trompa le arregló cuidadosamente la cola que recogía su pelo y le colocó un sombrero de copa. Mouriño, esta vez de verdad, tenía los ojos de agua.

Antes de que las lágrimas le corriesen por sus tiznadas mejillas, Casilda se apresuró a nombrarlo maestro de ceremonias. Y él, orgullosamente agarrado a la pataza de la pequeña Marta, dijo:

-Damas y caballeros, tomen asiento. La playa es amplia y el espectáculo va a comenzar… Con todos ustedes… ¡Leo, el domador de elefantas!

- ¿Leo?, ¡por todos los meigallos! –gritó Estrella. ¿Qué carajo hace tu padre aquí?

-Madre, hoy es su cumpleaños, ¿qué querías que hiciera?. Relájate y disfruta –le contestó burlona Casilda.

Leo se había recortado la barba, el frac le sentaba estupendamente y estaba más sexy que nunca. Estrella lo miraba, lo miraba hondamente, le leía el alma. Recordaba todas las veces que le había explicado cómo deseaba ser domador de un circo. Ella siempre se burlaba, pero ahora al verlo allí frente a las elefantas, pensaba si sería posible…

-Damas y caballeros, es un placer presentarles a Marta y Paqui, las elefantas de Casilda –dijo Leo con gran orgullo y mientras los focos se centraban en ellas-. Hoy, necesitaremos la colaboración del público –y acercándose a su Estrella le tendió la mano- Estrella, ven.

Con la ayuda de Leo, Estrella se sentó en el lado izquierdo de la silla de Paqui. Al lado derecho se sentó Charo, que se había ofrecido rápidamente voluntaria.

-Alehop –dijo Leo a Paqui-. Arriba, preciosa. Vamos a enseñarle todo lo que sabemos hacer.

Sobre Marta ya estaba Casilda, con Maruxo al hombro, naturalmente y con Mouriño en el regazo.

De pronto, de unos altavoces que nadie había visto, tronó música. Las elefantas saludaron al público –cada vez más numeroso- que se había congregado en la playa. Leo dio las órdenes, y al compás de aquella música, las dos elefantas comenzaron a moverse lentamente, intentando no pisar a Tigre y Paloma que ladraban alborozados a sus pies…

-Damas y caballeros, disfruten de la cabalgata de las walkirias…

O Pindo y el desequilibrio

Jueves, 28 Julio, 2005

El baño del elefante, by Colbert

IX

-Madre, ¿qué ha pasado esta noche? Maruxo cuenta cosas en catalán, dice algo sobre un pez con patas, un lagarto, una vieja sirena… El Capitán está molesto porque ya no consigue que le haga las traducciones de todos los idiomas que sabe. Maruxo alega que es un secreto contigo… Venga, Madre, cuéntame…

-No es nada, Casilda, no es nada… Pero creo que pronto conocerás a Patiñas, me quedó muy agradecido y supongo que volverá por estas costas a bañarse. Ya lo verás. Y ahora, volvamos al tema de las elefantas…

-No es nada, Madre, no es nada… -dijo Casilda riéndose-.

-No seas bruja, anda, dime ¿cómo están?

-Están bien las dos, la verdad. Temíamos por la pequeña Marta, pero finalmente a Paqui le subió la leche sin problemas y ya no le damos biberones. El Capitán se las lleva de paseo por las noches a la playa de Coira y se baña con ellas. Tendrías que verlos, es un espectáculo increíble…

-Eso está hecho, me muero de ganas, hija. Además uno de estos días llegará Thirthe de visita y podemos montar una queimada en la playa todos juntos… Tú también esperabas más visitas, ¿verdad?

-Sí, lo cierto es que casi lo había olvidado, pero tienen que llegar Jío el Mago de las hierbas y Nemo el farero de San Barandán. Con todo el barullo de las paquidermas, no lo recordaba y tengo habitaciones libres casi de milagro.

-Claro, como ahora duermes con el Capitán… Anda, neniña, cuéntame… ¿me vais a hacer abuela? –dijo Estrella con cara pícara-.

-Mamá, por favor. No volvamos a empezar. Entre el Capitán y yo no hay más que amistad… -Casilda replicó mientras intentaba disimular que le habían subido todos los colores-.

-Es cierto, olvidaba que los de tu generación llamáis amistad a eso –dijo Estrella indignada ante la cerrazón de Casilda-. Bueno, al menos explícame cómo han venido a para hasta aquí esas dos culonas con orejotas y trompa…

-Pues verás… Cuando fui en busca del macho para las vacas…

-Te dieron gato por liebre, bueno lo que te dije te dieron trompa y cuernos, sí pero con enormes orejotas… –la cortó mondándose de risa Estrella-.

-O te callas y dejas tus chistes malos o no sigo, Madre. –Estrella puso cara de calimero ante semejante injusticia y calló-. La cosa fue que cuando el Capitán y yo llegamos al mercado de O Pindo, no quedaba nadie, todos habían corrido a refugiarse de la tremenda tormenta que se había montado en un santiamén. Entramos en la Taberna de Charo y nos contó que nadie sabía qué estaba pasando, pero que había oído rumores de que unos de los gigantes había conseguido romper su hechizo…

-¡Por todos los meigallos! –gritó Estrella, con cara de profunda preocupación- eso significa que se ha roto el equilibrio…

-Eso pensé yo, Madre… Charo nos dijo que se decía que en la cascada del Ézaro estaban sucediéndose tornados inmensos y que del cielo caían cosas nunca vistas por estos lares… Al Capitán a mí nos faltó tiempo para correr hacia allí. Hablé con Sito el dios de la lluvia y nos confirmó la historia de Charo. El gigante había hecho un pacto con una sirena estéril y a cambio de la promesa de una fecundación de parto múltiple, ésta lograría que se quebrase el granito rosa que lo aprisionaba desde la noche de los tiempos. El caso es que el gigante está muy desentrenado en esto de las nubes y las tormentas y se le ha ido la mano…

-Entiendo, se ha abierto un puente incontrolable entre el cielo y la tierra, de ahí que estén cayendo cosas inéditas… Pero, ¿qué más te dijo Sito?

-Sito, ya sabes cómo es, me dijo que estaba muy preocupado por una extraña fiera que parecía enferma. Fue una de las primeras cosas en caer y parecía tener algo roto en su interior ya que su abdomen estaba muy inflamado, apenas podía moverse y se había refugiado en una de las cuevas de la cascada. Al encontrarla, el Capitán nos dijo que se trataba de una paquiderma y Sito –rápidamente- la apodó Paqui.

-Ahora entiendo lo terrible de su nombre, Sito siempre fue algo inútil para las cosas terrenales. A mi madre pretendía convencerla de que me llamase Carmiña, y menos mal que nací por la ayuda de un rayo de la Polar y que al posarme de pie sobre la tierra mi madre exclamó “de pie, con buena estrella, así se llamará mi primogénita: Estrella”, y ya no tuvo más que decir el viejo Sito…

-Esa historia, Madre, ya me la has contado mil veces… ¿Sigo o no?

-Sigue, hija, perdona…

-Bien, pues examinamos a Paqui y descubrimos que no había nada roto en su interior, más bien al contrario… En sus entrañas había una criatura en perfecto estado que se moría por nacer…

-¿Y cómo conseguisteis traerlas hasta aquí en mitad de aquella tormenta?

-Ay, Madre, a veces olvidas que soy hija de meiga…

~ ~ ~

Imagen de Gregory Colbert aquí

Información sobre las leyendas de O Pindo aquí y aquí

Capítulos anteriores de esta historia a cuatro manos en Sociedad Pajaril La Aurora y La Muralla

El secreto de Casilda

Viernes, 22 Julio, 2005

.
VI

Mientras desayunaban, Casilda decidió contarle a su madre lo que venía sucediendo desde su cumpleaños.

-Madre, desde hace ya varias semanas, cuando tú te vas a dormir y los últimos pescadores abandonan la taberna, el Capitán y yo…

-Casilda, hija… -Estrella la miró con ternura y extendió su mano para taparle los labios- no hace falta que me cuentes lo que ya sé hace tiempo. Te conozco y te he visto mirarle…

-No, madre, no es eso…

Maruxo, aterrizó de pronto sobre el hombro de Casilda y le susurró algo al oído. Casilda se levantó y le preparó un tazón de leche con galletas. Desde el voladero, los emplumados miraban de reojo a Maruxo, y montando su escándalo particular  reclamaban también su desayuno.

-Casilda, por dios, dales algo ya o me voy a volver loca con tanto “mec mec mec meeec” –dijo Estrella mientras, bajo la mesa, les daba a Tigre y Paloma el pago a sus lametones vespertinos-.

-Este zoo, madre, ha aumentado… Tú, no sabes, pero en el establo…

-Sí, Casilda, lo sé. En el establo tienes escondida a una elefanta y a su cría. –Dijo Estrella impasible-.

-¿Las has visto? ¿lo sabías? Eres odiosa, madre. –Casilda no podía ocultar su enfado. Desde niña, su madre siempre había sabido antes que nadie todo lo que le sucedía. Nada se le podía ocultar por mucho tiempo. Por eso se había alejado de su lado, para intentar conseguir algo de misterio, para poder vivir con sorpresas…-

-Sí, la vi el mismo día que llegué. Parió la noche de tu cumpleaños, por eso suspendiste de aquella forma tan boba la fiesta. ¿Le has puesto nombre ya a la cría? –Estrella le espetó, mientras deslizaba nuevamente la mano bajo la mesa-.

-Madre, deja ya de cebarlos. Tigre ha engordado desde que llegaste… Sabes que no es bueno para él… Y no, no le he puesto nombre aún. El Capitán decía que Marta, pero sabes que es un nombre que nunca me ha gustado demasiado…

-Pues, yo creo que ha acertado, precisamente. Ya es hora de que puedas querer a alguna Marta. Y con las orejitas que tiene, le pega, me recuerda a… –Estrella no pudo contener una enorme risotada-. Así que ese es todo el secreto, vaya. Yo creí que ibas a poder contarme algo más carnívoro, más… -Estrella puso cara picarona- algo más… tú ya me entiendes.

-Madre, por favor. ¿No cambiarás nunca, verdad? Eres una vella quente sin remedio… Serías la última persona en saber los detalles. No se te puede contar nada… Bastante tenemos con intentar ocultárselo a Maruxo, como para que ahora nos vengas tú con esas…-Casilda había bajado la voz y le señalaba a Estrella la presencia de Maruxo, que ya tenía un ojo y un oído desviado hacia ellas-.

-Precisamente. Maruxo, el pobre, no entiende porqué tiene que dormir en otra habitación… Sabe que pasa algo, pero no sabe el qué. O no quiere saberlo, claro. Pero yo sí, mujer, cuéntame algo, anda…

-Madre, por favor te lo pido, no empieces otra vez. Es algo entre el Capitán y yo y bastante confusa estoy como para entrar en detalles contigo…

-¿Confusa?, ¿confusa por qué?

-¿Por qué? ¿Crees que es normal tener un par de elefantas en estas tierras? ¿qué dirán las vacas? ¿qué voy a hacer con ellas dos?

-Pues qué van a decir, que menuda tonta estás hecha. Que fuiste a por un toro y volviste con un par de cuernos y una trompa, sí, pero…….. con qué orejas… -Estrella se partía de risa ella sola con el chiste pésimo que acababa de hacer-

-¿Y qué querías que hiciese? Pobre Paqui…

-¿Paqui? ¿así la habéis llamado? Pobre bicho, pobre bicho… -Estrella se llevaba las manos a la cabeza- ¿Cómo se os ocurrió algo así?

-El nombre ya lo tenía. Además a ella le gusta, madre. –Casilda empezaba a arrepentirse de haberle sacado el tema-.

-Paquiiiiiiiii –graznó Maruxo divertido- Paquiiiiiii…

-Bueno, vamos a desayunar, luego veremos…

Y Casilda volvió a la mesa y tomó otro sorbo de café…

Casilda y Estrella

Domingo, 26 Junio, 2005

Meigas_1

I

(Este capítulo está publicado en La Muralla)

II

Todo quedó en silencio cuando Estrella y el cuervo se perdieron escaleras arriba. Casilda le pidió al Capitán que saliese por los perros. La noche era fresca y el viejo Tigre, agradecía dormir a cubierto. Mientras se terminaba de hacer el café de pote, ella prepararía algo para los canes que llegarían hambrientos y cubriría el voladero. Si era cierto lo que sospechaba, la noche iba a ser muy larga.

-Buenas noches, chicos. Estrella ya ha llegado y tiene un nuevo amigo…

Tigre y Paloma entraron moviendo el rabo, saludaron a Casilda y corrieron al rincón donde les esperaba la cena.

-Casilda, ¿cómo no me habías hablado nunca de tu madre?

-Lo hice, pero siempre estás en las nubes. Te dije que llegaría en cualquier momento, que siempre viene a verme por estas fechas, para ayudarme con los preparativos de mi fiesta de cumpleaños. Apenas faltan unos días y quedan muchas cosas por hacer aún.

-Pero, ¿cómo?, ¿cuándo? –dijo el Capitán con cara de susto-. Sabes que no estoy en las nubes, es que te miro y me embobo y pierdo el sentido…

-Ay, Capitán, ¿qué voy a hacer yo contigo?

-¡Quererme, Casilda, quererme! –le dijo, mientras sonreía con picardía-.

-No empecemos, Capitán. Tómate el café y sé bueno.

-Ken, llámame Ken. Y dime de una buena vez, ¿cuándo es tu cumpleaños?

-No pienso llamarte por ese ridículo nombre, ¿de dónde lo habrás sacado?

-Algún día te contaré la historia de mi nombre –dijo el Capitán algo molesto- y entonces descubrirás que no tiene nada de ridículo.

-Perdona, no era mi intención ofenderte. Mi madre siempre me dice que debo cuidar cómo digo las cosas. Y sólo es un nombre. A mí tampoco me gusta el mío, pero mi madre se empeñó… Mi cumpleaños es el sábado próximo y la fiesta es la más sonada en muchas millas a la redonda. Aunque no podrás comprobarlo, has dicho que te vas mañana…

Casilda quería que se quedase. Cuando el Capitán apareció por la taberna, con Maruxo al hombro, ella pensó que era un loco más. Uno de tantos, buscando barco en el que enrolarse. Pero el caso es que sin ser demasiado consciente, ella había ido esperando cada noche su aparición y, estos últimos días, se había descubierto a sí misma coqueteando con el espejo, de nuevo, comprobando si todo estaba en orden en aquella imagen a la que hacía mucho que no atendía.

-Ahora cuéntame la historia de ese desastre, Capitán.

-Ay, Casilda, no, esta noche no, que acabaremos llorando. No cambies de tema, miña raíña, me interesa esa fiesta, me interesas tú…

-Me gusta eso de “mi reina” -dijo Casilda totalmente ruborizada-. No, no cambio de tema. Mañana, mi madre me preguntará, tú te habrás ido y los morros serán para mí.

-No sufras. Maruxo se lo contará todo esta misma noche. Capaz que mañana sea ella quien te la cuente a ti, ya verás…

Tigre y Paloma, dormían ya. De nuevo, el silencio se había apoderado de la taberna. El Capitán tomó la mano de Casilda y le dijo:

-Aunque pierda el poco sentido común que me queda, quiero quedarme para poder bailar contigo el día de tu cumpleaños. Así, ven que te muestro cómo –le dijo mientras con un gesto la invitaba a levantarse-.

En mitad del comedor, la tomó por la cintura y empezó a canturrearle al oído una canción…Cucurrucú… como sufría por ella, que hasta en su muerte la fue llamando… cucurrucú…

Tigre abrió un ojo y volvió a dormirse, encantado. Paloma, suspiró, inocente, pensando que cantaba para ella. Bajo la loneta los jilgueros dejaron ir cuatro notas, haciéndole los coros al Capitán. Y Casilda…

Casilda cerró los ojos y se puso a bailar con su Capitán.

Las historias podían esperar…

~ ~ ~ ~

Esa delicia de ilustración es un generoso regalo que El niño nos ha hecho a Muralla y a mí

Entradas y comments feeds.
ecoestadistica.com