Archivos de 'Casilda y Estrella'

Grupo salvaje

Miércoles, 9 Agosto, 2006

Elefant alat, de Ferran M.

Capítulo XXVI

Lejos quedaban aquellas noches con el estudiante Hernán, los juegos, los bailes, las caricias… Desapareció una mañana, tal y como había llegado: misteriosamente. Casilda estuvo sumida en un silencio voluntario del que apenas la sacaban Tigre y Paloma y los emplumados. Paqui y Marta, las paquidermas, habían regresado hacía ya muchos meses, y apenas llegaron, Casilda colgó el cartel de cerrado, preparó las maletas pensando en todo el zoo y partieron hacia el Este.

Después de tanto tiempo dando vueltas, parando brevemente en posadas conocidas, sin responder a las llamadas de Estrella ni a los conjuros de Sito, Casilda ya tenía ganas de volver. La pequeña muerte de aquella huída ya había terminado el duelo y como no podía ser de otra manera, cuando estaba a punto de dar la noticia a todo el zoo, la voz de Maruxo les dio los buenos días desde el marco de la ventana: “Buenos días, familia”

El alborozo de los emplumados despertó a Tigre y Paloma que se lanzaron sobre Maruxo poseídos. “Malditos cuadrúpedos, cuánto he añorado vuestra efusividad”, graznó. Las paquidermas también abrieron los ojos, pero la pereza vencía a la alegría de reencontrarse con el viejo amigo y siguieron tendidas, observando la algarabía general.

-Ven aquí, Maruxiño querido - dijo Casilda señalando su hombro izquierdo.

- Tu madre te echa mucho en falta, niña. Y pronto será el cumpleaños de Leo… Esta vez ha sido ella la que la ha liado buena. Y vosotros sois el regalo. Deberíais volver…

-Lo sé, hace días que sé que quiero volver. La taberna, la ría, el faro… todo me llama. Pero no sé si llegaremos a tiempo, Maruxo. Míranos bien, somos como un campamento cíngaro y todos vamos a ritmos diferentes. Además Tigre está algo mayor para meterle prisas y los emplumados están algo flojos tras la muda…

-Casilda, eso está controlado, Mouriño ha venido conmigo…

-¡Ah, claro! Entonces ya está todo arreglado -espetó burlona Casilda- “el gigante” Mouriño nos llevará a todos dando largas zancadas.

-Algunas veces, Casilda, eres cruel, mucho. Parece mentira que seas medio meiga y sólo creas en lo que tus ojos parecen mostrarte - la voz de Maruxo sonó realmente dura y Casilda bajó la cabeza.

-Perdona, Maruxo, tienes razón, tu amigo es un encanto y seguro que ya habéis pensado algo ¿verdad?

-Pues sí, ya que lo dices sí, y de no ser por Estrella y Leo, no sé si no te dejaba aquí sola y me llevaba a toda la parentela, niña boba, que ellos nunca dudan -dijo Maruxo, desde la cabeza de Marta que jugaba con su trompa a hacerle cosquillas-. En realidad, las sirenas de por aquí, amigas de tu madre y de Mouriño desde el capítulo de Teodora ¿recuerdas, niña? tienen una jugada preparada para que lleguéis todos en un santiamén. Recógelo todo y vayamos al puerto. Venga, date prisa, Casilda.

-Está bien, pero consígueme un café, que ya sabes que hay cosas que no cambian nunca -le dijo Casilda con su mejor sonrisa.

Ya en el puerto toda la trouppe, junto al pequeño Mouriño esperaban las sirenas Coia y Monsa con unas cestas gigantes e inmediatamente se dispusieron a organizar el viaje. Las paquidermas se tumbaron sin que nadie se lo pidiera, a cada una le pusieron una cesta al lomo, ataron bien las correas y fueron ordenando a los miembros del zoo en cual de ellas debía entrar. Tigre y Paloma las obedecieron sin rechistar, los emplumados revoloteaban divertidos sobre ellos, Marta sostenía a Maruxo en la trompa, y desde allí el cuervo sopesaba el equilibrio de cada cargamento.

De pronto, del agua emergieron unas enormes alas que se acoplaron solas a los costados de Paqui y Marta. Se oyó un largo “ohhhhhhhhh” salir de las bocas pasmadas de todos. Mouriño comprobó que no quedaba nada ni nadie en tierra y saltó a la cesta de Paqui.

Casilda, guiñó un ojo a Maruxo y se apresuró a decir: “¡Vámonos!”

~ ~ ~

Los capítulos anteriores en La Muralla y aquí.

La foto es de Ferran M., Uno que pasaba

Nos vamos de vacaciones y no queríamos dejaros sin entretenimiento…

Indolencia

Miércoles, 30 Noviembre, 2005
Capítulo XXIII

Capítulo XXII por Muralla

-Hola, Hernán.

Y así, con ese saludo mutuo, empezó el final de una noche de tópicos y de sorpresas, una noche larga de pieles que se reconocen y se disfrutan. Pieles que sin vergüenza se estremecen en la boca del otro. Bocas que se llenan de besos robados al tiempo. Besos que se dan como prenda a un amor nuevo. Amor que se asoma a los ojos abiertos del alma. Almas que se encuentran así, en ese saludo…

Al abrir los ojos, por la mañana, aprovechó para mirarlo bien mientras dormía. Poco sabía de aquel hombre y su biografía. Conocía su cuerpo y sus esquinas, su lengua y sus manos, su sexo y su pulsión. Pero ¿qué habitaba realmente en su corazón? Cerró los ojos y recorrió con sus dedos aquel rostro querido, intentando fijar en su memoria cada rasgo de su tez cetrina, cuando de pronto una voz dura dijo:

-Hola, Casilda, buenos días. ¿Has dormido bien?
-Dios, Maruxo, ¿cuándo habéis llegado?
-Ayer. Bueno, hace unas horas… Esperaba encontrarme el desayuno, como siempre…
-Maruxiño, no seas malo…

Hernán, que se había incorporado y atónito movía la cabeza de Casilda a Maruxo y de Maruxo a Casilda, dijo:
-Hola soy Hernán y creo que ayer bebí demasiado.
-Lo que faltaba, además de cuco, imbécil.
-¡Maruxo! -increpó Casilda.
-Sólo espero que estéis vestidos para cuando Estrella baje a desayunar -añadió el cuervo antes de largarse escaleras arriba.
-Casilda, ¿de dónde ha salido ese bicho?
-Uy, es una larga historia, Hernán, pero “ese bicho” como tú dices tiene razón, mejor será que levantemos la sesión por hoy, créeme. Mi Madre está arriba y bastantes explicaciones tendré que darle…
-¿Explicaciones? ¿Por qué? No entiendo, tú eres una mujer adulta y libre, ¿no?
-Más o menos, Hernán, más o menos. Ahora movilicémonos.
-Espera, no tengas tanta prisa. Ven, dame un beso…

Una hora más tarde la Taberna estaba como siempre: ni rastro de la locura de la noche anterior. Paloma y Tigre desayunaban en su rincón, Maruxo esperaba sobre la barra su tazón de leche con galletas y los emplumados reclamaban a gritos su ración.

-Hola, Casilda.
-Hola, Madre, buenos días. Podías haber avisado de tu llegada, ¿no te parece que has adelantado demasiado las fiestas?
-Poder podía. ¿Dónde está tu amante?
-No es mi amante, es Hernán el Estudiante. Ha venido para hacer no sé qué cosa con los papeles de la Taberna.
-¿Los papeles? Pero, ¿qué papeles, hija? -Estrella viendo la cara de su niña comprendió que no se lo había contado todo- no se lo has dicho ¿verdad?
-Decirle qué, Madre, ¿qué?. ¿Que mi madre es una meiga que anda con un cuervo parlante al hombro? ¿que mi padre aún se cree capaz de pescar el calamar gigante? ¿que tengo dos elefantas -que cayeron del cielo- de excursión en la otra orilla de la Ría? ¿que hablo con Sito, el dios de la lluvia? ¿que tengo un enamorado que es un Capitán Pirata perdido en África? ¿que mi amigo Nemo es el farero de una isla que no existe? O, y esto es lo único que te duele, ¿que gané la Taberna en una timba?
-¡Casilda, ya basta!
-Pues no, la verdad, no le he dicho nada de todo eso. ¿Debería, Madre?

Los pendientes de mermelada

Martes, 22 Noviembre, 2005
Capítulo XXI

Eran casi las nueve, Casilda estaba lista. Sólo le quedaba escoger los pendientes. La verdadera desnudez la sentía siempre sin ellos, pocas cosas le resultaban más eróticas que el hecho de que se los quitaran tiernamente. Decidió no ponerse ninguno de los que Estrella le había regalado. Intuía que a aquellas alturas, su madre ya sabría lo que estaba sucediendo, y ponerse alguno de ellos hubiese sido como sentarla a la mesa. Optó por las raspas de plata, siempre le habían dado suerte.

Bajó las escaleras despacio, intentando retener cada segundo de ansia. Llegó al comedor y sólo una última dosis de orgullo le permitió no desvanecerse. Jamás había visto tantas velas juntas en una sola estancia. La Taberna no parecía la de siempre, la pátina del tiempo relucía entre luces y sombras. Del voladero -aún descubierto- sonaban notas que acompañaban una música dulzona y caliente de ultramar. Paloma y Tigre dormían frente al fuego vivo de la lareira. La mesa estaba dispuesta, con flores amarillas en el centro. Las copas refulgían y de la cocina asomaban aromas especiados.

De pronto, oyó por la espalda:

-Estás preciosa, Casilda. Ven, siéntate -y al tiempo retiraba la silla para acomodarla.
-Gracias, Hernán, está todo tan…
-No, no digas nada -dijo Hernán mientras se llevaba el índice a los labios- Te lo debía, ¿recuerdas?. Ahora brindemos: ¡por ti!
-¡Por nosotros!

Cada uno de los platos era un regalo a los sentidos. De la bodega había escogido magistralmente los mejores caldos. La conversación aumentaba la magia. Confidencias entre chocos, empanada de lamprea, capón, albariño, ribeiro tinto, mencía… Maridajes perfectos, como la noche misma. El tiempo detenido en aquella mesa de enamorados. Casilda comprendió muchas cosas, comprendió sin querer que aquel hombre delgado, con lumbre mansa estaba calando muy dentro. Sin casualidades, como debía ser, todo se sucedía extraña pero armoniosamente. Los papeles quedarían para otro día.

Para el café se acercaron al fuego, en el suelo estaban extendidas unas mantas suaves. El aguardiente de yerbas y el licor café no eran necesarios, pero había que seguir un rito y brindaron de nuevo. Esta vez Casilda sólo lo hizo por él, y él por ambos. Sus manos volvieron a rozarse como aquel primer día, pero esta vez llovieron besos. Besos que caían del cielo hasta ellos, cubriéndolos por entero. Las ropas fueron cediendo, primero él y luego ella. Las yemas buscaban impacientes la piel del otro. Los dedos recorrían geografías inexploradas antes, provocando estremecimientos nuevos. Hasta que Hernán llegó a las raspas y éstas también claudicaron. Casilda estaba desnuda, totalmente, por fin.

Entonces, de un pote enorme, Hernán tomó algo, algo tibio y gelatinoso con lo que se dipuso a untarla. Le dió a chupar un dedo, y luego otro y otro. Y él fué lamiendo toda la unción de los pies a la cabeza. En su sexo se detuvo, jugando con su lengua más allá de la frontera confitada. Casilda se revolvía y gemía, casi volaba. Sólo existía un sabor entre sus pechos, el de aquella mermelada de naranja amarga. Y en aquel momento, cuando volvieron a estar cara a cara, una última parte esperaba. Los lóbulos desnudos de Casilda se vistieron con pendientes de mermelada.

Y con aquellos pendientes nuevos, Hernán, la penetró por primera vez.

-Hola, Casilda…

El baile de las sombras

Martes, 15 Noviembre, 2005
Capítulo XIX

Durante las dos semanas siguientes, el Estudiante Hernán permaneció prácticamente encerrado en su cuarto. Apenas sí salía para dar un pequeño paseo por el puerto al alba, volvía con pan recién hecho y desayunaba rápidamente antes de que Casilda se hubiera levantado. Al mediodía ni comía, y al anochecer, bajaba al comedor a picar los restos fríos de la comida y a fumar una pipa al calor del fuego. No había forma de que soltara prenda, no contaba nada de lo que estaba sucediendo entre él y aquellos papeles. Rehuía la mirada de Casilda y casi todo contacto físico con ella. Si alguna vez sus ojos se clavaban en la noche de las pupilas de aquel desconocido, veía cruzarse una estrella fugaz que terminaba dibujando una mueca parecida a una sonrisa.

El juego del escondite se había convertido en algo cotidiano, se diría que aceptado tácitamente. Él le dejaba notas en lugares inverosímiles que ella buscaba con paciencia. Notas llenas de sorpresas, de invitaciones a lecturas, de poemas, casi de promesas. Ella le contestaba con canciones que sonaban al anochecer haciendo bailar las sombras de aquellas paredes. Sólo Tigre parecía darse cuenta de la gravedad de aquellos silencios, rompiéndolos con profundos suspiros, como queriendo llamar la atención de Casilda ante aquel absurdo. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver, y ella pasaba los días soñando, perdida en mundos imaginarios hechos de letras y rimas. Nada se sabía ni de Estrella ni de Maruxo, ni del Capitán, ni de nadie. Todo su mundo se había reducido a perseguir la presencia de aquel fantasma que se había instalado en la Taberna.

Una tarde, mientras Casilda terminaba de leer la última página del último libro que el Estudiante le había regalado, Paloma apareció ladrando entre alterada y divertida, moviendo el rabo desesperadamente, se arrimó a su dueña, apoyando la cabeza sobre su regazo. Llevaba una hiedra al cuello, como un collar, sujetando una nueva nota. Lo que para Paloma era un divertido juego, para Tigre era la evidencia de que aquellas dos hembras no tenían arreglo. Casilda pagó con unos mimos la complicidad de la perra y leyó la nota:

Estimada Casilda,

Esta noche, por fin, podré explicarle lo que he estado haciendo, todo lo que he descubierto. No prepare nada, yo me encargaré de la cena.

La esperaré a las nueve en el comedor.

Suyo,

Hernán

Las señales

Martes, 1 Noviembre, 2005
Capítulo XVI
(Capítulos XIV y XV en La Muralla)

Casilda sabía que había aceptado el café sin convicción, como quien no sabe dar un no por respuesta. Si Estrella y Maruxo hubiesen estado allí, lo habrían notado. Seguro que el cuervo le hubiese dado alguna explicación a la extraña forma de comportarse de Hernán. No comió nada de lo que le ofreció. Estaba flaquísimo pero no tenía mal color. Lo cierto es que su aspecto era bastante bueno y no parecía que tuviese mala salud. Paloma y Tigre se apostaron a sus pies, siempre lo hacían ante los recién llegados con la esperanza de que -desconociendo las normas de la casa- les cayese algo desde la mesa. Lo miraban atentos, especialmente Tigre…

Se fijó en sus manos, no eran soberbias, ni muy grandes ni muy largas, los dedos proporcionados respecto a unas palmas no demasiado musculosas, las puntas casi cuadradas. Aquellas manos esperaban algo. Estaban a la expectativa, permanecían sobre la mesa, una junto a la otra. Él las miraba, como vigilándolas, como amenazándolas para que no le traicionasen. Casilda pensó que sería por los perros y siguió haciéndose el retrato de aquel pájaro recién llegado de la capital.

- Doña Casilda, ¿cuándo podré ver esos papeles?
-Si no te importa, me sentiría más cómoda si me apeases del Doña, tan pomposo.
-Como quiera Señorita, ¿o debería decir Señora?-dijo Hernán.
-Deberías decir Casilda, sólo Casilda, señora de nadie.

Y ella se levantó para recoger el desayuno, pensando en que algo había cambiado en aquel rostro cetrino en esos últimos segundos. Quizá era una leve luz cruzada en su mirada, casi el dibujo de una sonrisa. Quizá las manos que habían dejado de pelear contra ellas mismas. Quizá el gesto de peinarse aquella mata de pelo negro. Quizá.

-¿Le molesta que fume? -dijo Hernán mientras ponía encima de la mesa una bolsa de cuero enrollado.
-No, al contrario, me encanta el olor del tabaco de pipa. Voy por los papeles.

Casilda volvió con varios cartapacios y se los ofreció. El Estudiante levantó la cabeza con los ojos cerrados, aspirando con suavidad, como quien mete la nariz profunda y hondamente en una copa de vino. Al abrirlos se encontró de frente y a pocos centímetros de los ojos de ella. Sin pestañear, sin respirar, extendió las manos lo más firmes que pudo y cuando -al ir ella a depositarlos- se rozaron sus dedos, la seguridad aparente cedió.

Al estruendo le siguió el lamento quejoso de Tigre y el ladrido asustado de Paloma. Los papeles se extendían por el suelo, y bajo los cueros de las carpetas asomaba una patita dolorida llamando la atención. Desenterraron a Tigre rápidamente y no pudieron contener las carcajadas.

-Lo siento, lo siento muchísimo no sé cómo he podido ser tan torpe.
-Estudiante, ahora sí que tienes trabajo con mis papeles -dijo Casilda sin poder parar de reír.
-La compensaré, créame que la compensaré.

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