Tenía 16 años cuando estalló la guerra. Se comprometió con la Joventut Socialista Unificada, sufrió el exilio y pasó 16 años en cárceles franquistas (Ricard Vinyes lo cuenta en el libro El daño y la memoria. Las prisiones de Maria Salvo, editado por Plaza & Janés). Pero ella quiere recordar aquí el principio de una tragedia colectiva.
–Aquel 18 de julio amaneció caluroso, como este.
–Así es. Y Barcelona era una fiesta. Hervía. Por las calles había 60.000 deportistas de toda Europa y América. El 19 de julio, por la tarde, se iba a inaugurar la Olimpiada Popular, la respuesta obrera a los JJOO de Hitler. Pau Casals ensayaba en el Palau. Y mi hermano, Ferran, campeón de natación de Catalunya, subcampeón de España, ¡el orgullo de casa!, iba a participar en dos modalidades.
–Para celebrarlo con litines…
–Sí. Además, tres amigas planeábamos ir a la playa de Badalona al día siguiente, por la mañana. Yo tenía 16 años. Ir el domingo a la playa era lo máximo que me dejaba hacer mi padre, republicano, pero machista con su mujer y su hija.
–Mientras, el alzamiento triunfaba en Melilla.
–África quedaba tan lejos… Aquella noche, mi hermano fue a las Picornell a entrenar. Cuando volvió, nos dijo que la plaza de España estaba llena de guardias de asalto. Fuimos a dormir pensando que estaban allí por la Olimpiada, soñando con el pollo que le haría mi madre a Ferran si lograba una buena marca.
–No estaban allí por eso.
–No. A las seis de la mañana nos despertó el ruido de disparos. Mi madre era portera del número 56 de la calle de Balmes. El piso estaba bajo la azotea. Subimos. Los disparos venían del cuartel de Pedralbes.
–Las azoteas fueron miradores.
–Allí nos quedamos. Menos mi hermano, que fue corriendo al club, en la Escuela Industrial. ¡Volvió tan decepcionado! Habían cancelado la Olimpiada. Creo que lo que más me pesó aquel día de julio fue ver su frustración, ¡la frustración de toda una juventud…!
–¿Pesó más que el miedo?
–Más. Mi hermano volvió a salir. Fue a la plaza de Catalunya, a la Rambla. Había un gran movimiento de gente y de camiones. La radio decía que había habido una sublevación militar y que la gente salía a sofocarla. Sobre todo la CNT, y luego la FAI. El 20 de julio, un grupo de incontrolados con el pañuelo rojo y negro sacaron libros de la biblioteca del Seminario y los quemaron en Balmes.
–¿Y los seminaristas?
–Habían huido el 18, dejando intacta la cena… Mi padre, que era laico, salió gritando: “La cultura no tiene nada que ver”. Sofocó las llamas. Se quemaron muchas iglesias, muchas, y sacaron aquellas momias, y dieron el paseo a los curas por la Arrabassada… Eso nos disgustó. A muchos.
–Usted tenía la edad de las primeras veces.
–Si no hubiera habido aquella sublevación, habría seguido estudiando, porque tenía sed de independencia… Pero cerraron la academia. Y la empresa para la que trabajaba como planchadora fue colectivizada por la CNT y la UGT. Yo quería seguir los pasos de mi hermano, que contactó con la Joventut Socialista Unificada.
–Se politizó el nadador.
–Participó en la colectivización de la fábrica de motos en la que trabajaba, que se transformó en una industria de guerra. Y más tarde fue a la escuela de comisarios políticos. A principios de 1938 se fue voluntario al frente. Y yo ingresé en la JSU.
–Saltó sobre el guión establecido.
–Sí. Mi voz era escuchada en las asambleas. Me sentía libre, emancipada de mi padre, que no tenía otro plan para mí que casarme. Ya no podía impedirme llegar tarde, atravesando una Barcelona a oscuras. Las mujeres jugamos un gran papel en aquella resistencia de 32 meses.
–Tenían ustedes mucho valor.
–Teníamos firmeza. En la célula del partido preparábamos paquetes, escribíamos cartas al frente, apadrinábamos combatientes…
–Era carismática, doña Maria.
–Era tímida, pero tenía claro que había que ganar la guerra. Llegué a ser responsable de propaganda del comité de Barcelona, bajo el mando de López Raimundo. Nos encargábamos de los refugios, de animar a la gente, de contrarrestar a los quintacolumnistas que se infiltraban en las colas de suministros…
–Y todo se fue haciendo añicos.
–Sí. A mi hermano lo hicieron prisionero en el frente. Decían que lo habían matado… Mi madre se quedó en los huesos. Y el 26 de enero de 1939 salí entre otros 500.000 hacía el exilio. Me llevaron a un campo de concentración de la Bretaña. Me devolvieron con engaño y me entregaron a la guardia civil en Fuenterra- bía. Estuve escondida año y medio…
–La posguerra no tenía fin.
–Fue durísima. En la guerra me sentí útil, libre, capaz, mientras que en la posguerra era una proscrita. ¡Y Barcelona…! Aquel silencio. Aquel pan de serrín. Y tantos fusilados… Murió mi madre, rompí con una relación y caí en una depresión terrible… Hasta que se organizó en Madrid la resistencia y me sumé.
–Y pasó 16 años en la cárcel.
–Por conspirar contra la seguridad interior del Estado. Cuando salí tenía 37. Pero yo no soy una víctima. Soy una derrotada. Y los derrotados siempre luchan. Hasta el final.