La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. La suavidad de su piel, las constelaciones de aquellos lunares en su espalda, la redondez de sus pechos, la tibieza de su carne, la obscenidad de sus labios, los suspiros desatados de su boca al tocarla. No la amé, no quise hacerlo. Logré contener cada una de mis palabras y negarle cada uno de mis sentimientos. Le mentí, me mentí cada vez que fue menester. No podía permitírmela, no podía permitírmelo.
La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. El día que la conocí, a la salida de aquel estreno en aquel teatro que ya no existe. Iba acompañada de su amante de entonces y me pareció hermosa, muy hermosa. Me fascinó la transgresión de su ropa, tan poco ortodoxa para una noche como aquélla, para un lugar y un acompañante como aquéllos. Lo que insinuaba, sobre todo lo que insinuaba toda ella. Al besar su pequeña mano cuando me la presentaron, al clavarme en la sonrisa de su mirada, al decirle “un placer, madame” supe que no podría permitírmela nunca, pero que bajo ningún concepto podía perdérmela. Para mí fue sexo, ya he dicho que nunca la amé, sólo sexo. Pero el mejor que jamás tuve, con diferencia. Santifiqué su cuerpo siempre que tuve ocasión y llegué a estudiarlo como un verdadero cartógrafo hasta sus confines.
Aún después de tanto tiempo, reconozco que hubo un día en que casi no pude contener mi corazón en invierno. Aquella mañana, mi amante, mi hermosa y deliciosa amante, aún sin vestir ni peinar, sostenía un libro entre sus manos. A mis buenos días, contestó con su mejor sonrisa, su amplia, franca, fresca y sentida sonrisa, casi dulce. Sin dejar de sonreír, volvió a abrir el libro y siguió leyendo para mí. Estuvimos así varias horas: ella leyendo y yo mirándola y escuchándola.
La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. La última noche que pasamos juntos en su casa, aquel pequeño piso de la Calle Poniente del que nunca supe su dueño, parecía distinta, como ausente. Sus ojos navegaban perdidos en la llama de una vela, en el rubí de su copa, en fondo del gramófono. No logré averiguar nada, ella sabía -mejor que yo- no sólo negar sus sentimientos, sino vestirlos de inexistencia. Usó excusas femeninas muy impropias en ella. Y yo, infeliz, me las creí. A la mañana siguiente, cuando desperté, sobre su almohada había un libro y nada más.
La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo dictándome un capítulo para que lo escribiese en su espalda, con la condición de que cada uno de sus lunares debía coincidir con cada coma y cada punto. Quedó perfecto, me coincidieron sin excepción.
Conservo aún aquel libro cuya dedicatoria reza:
“Para un corazón en invierno.
Estoy convencida de que hay dos cosas en la vida que son fundamentales: las delicias de la carne y la delicias de la literatura. Yo he tenido la suerte de disfrutar de las dos por igual…
M.”
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Fotografía de Charles Schenk