Archivos del mes de Abril, 2006

Oh, qué rara soy

Miércoles, 26 Abril, 2006



El lunes, antes de que se fuese la luz en la Rue Percebe 13 en la que vivo, llegué a descubrir -gracias al fabuloso invento de las estadísticas- que estaba recibiendo visitas del foro ACB. No tengo dislexia, pero -por un momento- me asusté ante la posibilidad de que los del abecedario se hubiesen fijado en mí. Claro que siendo roja, del Barça, antitaurina, antinucleares y catalana todo podría ser. Y por unos segundos me pensé demonizada y me gustó.

Decían cosas como: “solo rara? bruce lee, una oveja, libros y una tia tirandose del barraco?…” “a cada minuto q pasa me inquieta mas esta pagina… es q bruce lee da un mal royito… y ya el texto ese de los habitos raros…”

Casi tan fructífero como una crítica de Pocholo, ¿eh mamá?

Oh, qué rara soy…

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La camisa de fuerza y la mordaza las venden aquí (y no, no me dan comisión Manuel)

Lee

Domingo, 23 Abril, 2006

LEE, por Reizentolo.com

Feliç Sant Jordi!

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Ilustración de Reizentolo

María está muerta

Jueves, 20 Abril, 2006

No la conocí, no hubo ocasión. Jamás oí su voz, no vi su sonrisa, no pude abrazarla. Más allá de las cuatro fotos que tú le hiciste, más allá de lo que de ella me contaste, no la conocí. A estas horas, allí, en Palma, la estarán enterrando. María está muerta.

Ni la cara ajada, ni la delgadez extrema le habían arrebatado toda la grandeza de las buenas sonrisas. En su mirada se distinguía la niebla de la soledad y la desesperación, pero -aún así- junto a su perro, en aquellas fotos que les hiciste, María me pareció hermosa.

Nadie se esperaba un final así. Nadie se merece un final así. Nadie debería ser testigo de un final así. Pero no hubo domingo de resurrección para María, no te culpes, descansa.

Y cuando vuelvas, abriremos una botella de vino y brindaremos por ella. Y por las marías y ramonets del mundo, con la esperanza -aún- de que se apeen del caballo…

Un corazón en invierno

Martes, 11 Abril, 2006
Fotografía de estudio de Charles Schenk, 1905

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. La suavidad de su piel, las constelaciones de aquellos lunares en su espalda, la redondez de sus pechos, la tibieza de su carne, la obscenidad de sus labios, los suspiros desatados de su boca al tocarla. No la amé, no quise hacerlo. Logré contener cada una de mis palabras y negarle cada uno de mis sentimientos. Le mentí, me mentí cada vez que fue menester. No podía permitírmela, no podía permitírmelo.

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. El día que la conocí, a la salida de aquel estreno en aquel teatro que ya no existe. Iba acompañada de su amante de entonces y me pareció hermosa, muy hermosa. Me fascinó la transgresión de su ropa, tan poco ortodoxa para una noche como aquélla, para un lugar y un acompañante como aquéllos. Lo que insinuaba, sobre todo lo que insinuaba toda ella. Al besar su pequeña mano cuando me la presentaron, al clavarme en la sonrisa de su mirada, al decirle “un placer, madame” supe que no podría permitírmela nunca, pero que bajo ningún concepto podía perdérmela. Para mí fue sexo, ya he dicho que nunca la amé, sólo sexo. Pero el mejor que jamás tuve, con diferencia. Santifiqué su cuerpo siempre que tuve ocasión y llegué a estudiarlo como un verdadero cartógrafo hasta sus confines.

Aún después de tanto tiempo, reconozco que hubo un día en que casi no pude contener mi corazón en invierno. Aquella mañana, mi amante, mi hermosa y deliciosa amante, aún sin vestir ni peinar, sostenía un libro entre sus manos. A mis buenos días, contestó con su mejor sonrisa, su amplia, franca, fresca y sentida sonrisa, casi dulce. Sin dejar de sonreír, volvió a abrir el libro y siguió leyendo para mí. Estuvimos así varias horas: ella leyendo y yo mirándola y escuchándola.

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo. La última noche que pasamos juntos en su casa, aquel pequeño piso de la Calle Poniente del que nunca supe su dueño, parecía distinta, como ausente. Sus ojos navegaban perdidos en la llama de una vela, en el rubí de su copa, en fondo del gramófono. No logré averiguar nada, ella sabía -mejor que yo- no sólo negar sus sentimientos, sino vestirlos de inexistencia. Usó excusas femeninas muy impropias en ella. Y yo, infeliz, me las creí. A la mañana siguiente, cuando desperté, sobre su almohada había un libro y nada más.

La recuerdo claramente, aún después de tanto tiempo, la recuerdo dictándome un capítulo para que lo escribiese en su espalda, con la condición de que cada uno de sus lunares debía coincidir con cada coma y cada punto. Quedó perfecto, me coincidieron sin excepción.

Conservo aún aquel libro cuya dedicatoria reza:

“Para un corazón en invierno.
Estoy convencida de que hay dos cosas en la vida que son fundamentales: las delicias de la carne y la delicias de la literatura. Yo he tenido la suerte de disfrutar de las dos por igual…
M.”
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Fotografía de Charles Schenk

A mi manera

Jueves, 6 Abril, 2006

Curiosidad, por Max Billder

En las manzanas de mi barrio, los plataneros de las esquinas llevan una cruz mal dibujada, un aspa más bien, un aspa blanca. Mal dibujada a la altura del pecho del autor, es su sentencia de muerte. Han aguantado los golpes de bolsos y capazos, ruedas de bicis y motos, correas de perros despistados, el peso de las penas de muchos y los vómitos de desamor de otros, los trastos (mal)abandonados de los incívicos, e incluso la última poda preprimaveral, y todo estoicamente. Y ahora, ahora que esas esquinas van a rebajarse para humanizar las aceras ellos son la molestia. Son unos ocho árboles por manzana, dos por cada chaflán, que no volverán a sufrir más en las manzanas de mi barrio.

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Estamos en Berlín. Me llevas al veterinario. Sí, a mí. Subimos a un funicular infinito y me vas mostrando la ciudad. Tú nunca has estado allí, pero yo te sigo la corriente. Entramos en la consulta y me examinan. Te dicen que estoy bien. Y volvemos al funicular y vuelves a mostrarme toda la cuidad. Y todo es en color, incluso tus ojos casi negros.

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La fiebre ha cedido y los paseos son más largos. En estos escasos días de encierro han pasado muchas cosas. La TV (que ya vuelve a funcionar) muestra obscenidades, mis suscripciones indecencias y los diarios de Manu dan pavor. En mi balcón han florecido las calas y los cactus y las crasas. Rodolfo sigue empeñado en su nido imposible. Y a El Ala Oeste que llegó del centro le quedan menos capítulos. El pan de espelta y semillas cada día me sale mejor. Y ella está dónde debe.

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Me viene a la cabeza David Lee Roth y busco alguna canción suya. De pronto recuerdo la versión raï de Comme d’habitude. No tiene nada que ver, lo sé. La encuentro, la oigo y la oigo. Y me esfuerzo en recordar todas las versiones de esa misma canción. Se me ocurren unas cuantas estupendas y me propongo convertirme en la Barcelona Dernière de “A mi manera”. Los Planetas, Nina Simone, Paul Anka, Nina Hagen, Sex Pistols, Claude François, Sinatra, Gipsy Kings, Tom Jones… Pero ésta, la de Khaled, Rachid Taha y Faudel sigue siendo mi preferida:

Así que perdónenme, pero si la gripe me deja, yo sigo a mi manera…

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Fotografía de Max Billder

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