Exactamente una semana
Domingo, 11 Diciembre, 2005Exactamente una semana, con sus siete días y sus siete noches, tardó Anna en olvidarlo. Una semana, apenas una ínfima parte de su vida para crear y después borrar de un plumazo tantas ilusiones vanas. No hay como el olvido rápido que proporcionan unos nuevos besos, unos besos nuevos. Anna era así, ligera, casi etérea, y practicaba con ardor varias premisas elementales para una mujer como ella, pero bordaba como nadie a rey muerto, rey puesto.
Una pelirroja como Anna, peligrosa, pecosa, con una sonrisa llena de dientes, con unos ojos verde aceituna y unas piernas que le llegaban a la barbilla; una pelirroja así, como Anna, no podía ser de otra manera que ligera, casi etérea. Abría y cerraba puertas. A su espalda dejaba la tierra quemada en cada batalla, quemada y yerma. Se llevaba consigo toda la fuerza de sus víctimas. Donde ponía el ojo ponía su sexo, un sexo rasurado y cobrizo que engullía como un embudo el miembro del desgraciado de turno.
Sólo alguna vez –como esta última- la cosa se le había descontrolado algo. Nunca lo suficiente, Anna siempre, siempre, mantenía un cabo atado a tierra firme, de una exquisita manera se engañaba a la luz tenue de las velas para replegarse rápido a puerto antes del amanecer. Se merecía una alteración de sus perfectos planes, un orgasmo roto, una sacudida. Y la tuvo. Breve y salvable, pero la tuvo.
Aquella cita última con el penúltimo, el riesgo siempre imprevisto de abandonar su territorio, aceptando en aquella llamada la visita a domicilio, a un domicilio desconocido y nuevo, de un dueño al que no hubiera debido volver a ver, fue lo más salvaje a lo que Anna había tenido la desgracia de sobrevivir. Una cita llena de estupor ante un romanticismo de velas, de cojines, de catre floreado, de penetración con suspiro, de pausas y derroches. Un encuentro de “te quiero sólo mía” y de “te creo”…
Una semana con sus siete días y sus siete noches esperando que el penúltimo llamase de nuevo. Una semana entera para terminar oyendo: “no tengo dinero, pero te deseo”. Una semana para comprender que había perdido siete días y siete noches esperando inútilmente que se hiciese el milagro. Una semana para responder: “aquí no se fía a nadie, ya lo sabes” y colgar rápidamente y dejar paso a la siguiente llamada…
Imagen de Helmut Newton






