Indolencia
Miércoles, 30 Noviembre, 2005-Hola, Hernán.
Y así, con ese saludo mutuo, empezó el final de una noche de tópicos y de sorpresas, una noche larga de pieles que se reconocen y se disfrutan. Pieles que sin vergüenza se estremecen en la boca del otro. Bocas que se llenan de besos robados al tiempo. Besos que se dan como prenda a un amor nuevo. Amor que se asoma a los ojos abiertos del alma. Almas que se encuentran así, en ese saludo…
Al abrir los ojos, por la mañana, aprovechó para mirarlo bien mientras dormía. Poco sabía de aquel hombre y su biografía. Conocía su cuerpo y sus esquinas, su lengua y sus manos, su sexo y su pulsión. Pero ¿qué habitaba realmente en su corazón? Cerró los ojos y recorrió con sus dedos aquel rostro querido, intentando fijar en su memoria cada rasgo de su tez cetrina, cuando de pronto una voz dura dijo:
-Hola, Casilda, buenos días. ¿Has dormido bien?
-Dios, Maruxo, ¿cuándo habéis llegado?
-Ayer. Bueno, hace unas horas… Esperaba encontrarme el desayuno, como siempre…
-Maruxiño, no seas malo…
Hernán, que se había incorporado y atónito movía la cabeza de Casilda a Maruxo y de Maruxo a Casilda, dijo:
-Hola soy Hernán y creo que ayer bebí demasiado.
-Lo que faltaba, además de cuco, imbécil.
-¡Maruxo! -increpó Casilda.
-Sólo espero que estéis vestidos para cuando Estrella baje a desayunar -añadió el cuervo antes de largarse escaleras arriba.
-Casilda, ¿de dónde ha salido ese bicho?
-Uy, es una larga historia, Hernán, pero “ese bicho” como tú dices tiene razón, mejor será que levantemos la sesión por hoy, créeme. Mi Madre está arriba y bastantes explicaciones tendré que darle…
-¿Explicaciones? ¿Por qué? No entiendo, tú eres una mujer adulta y libre, ¿no?
-Más o menos, Hernán, más o menos. Ahora movilicémonos.
-Espera, no tengas tanta prisa. Ven, dame un beso…
Una hora más tarde la Taberna estaba como siempre: ni rastro de la locura de la noche anterior. Paloma y Tigre desayunaban en su rincón, Maruxo esperaba sobre la barra su tazón de leche con galletas y los emplumados reclamaban a gritos su ración.
-Hola, Casilda.
-Hola, Madre, buenos días. Podías haber avisado de tu llegada, ¿no te parece que has adelantado demasiado las fiestas?
-Poder podía. ¿Dónde está tu amante?
-No es mi amante, es Hernán el Estudiante. Ha venido para hacer no sé qué cosa con los papeles de la Taberna.
-¿Los papeles? Pero, ¿qué papeles, hija? -Estrella viendo la cara de su niña comprendió que no se lo había contado todo- no se lo has dicho ¿verdad?
-Decirle qué, Madre, ¿qué?. ¿Que mi madre es una meiga que anda con un cuervo parlante al hombro? ¿que mi padre aún se cree capaz de pescar el calamar gigante? ¿que tengo dos elefantas -que cayeron del cielo- de excursión en la otra orilla de la Ría? ¿que hablo con Sito, el dios de la lluvia? ¿que tengo un enamorado que es un Capitán Pirata perdido en África? ¿que mi amigo Nemo es el farero de una isla que no existe? O, y esto es lo único que te duele, ¿que gané la Taberna en una timba?
-¡Casilda, ya basta!
-Pues no, la verdad, no le he dicho nada de todo eso. ¿Debería, Madre?





