Archivos del mes de Octubre, 2005

No tengas miedo

Jueves, 13 Octubre, 2005

Para Ana* y para Bobby.
Perdóname, pero yo también tenía que pasar esa página. Tú sabes porqué.
Y las casualidades no existen y hoy, tras días pensando en ese libro, al ir a cogerlo se ha abierto por esta página:

Teresa entró en la habitación a ver a Karenin. Hasta entonces había estado acostado sin moverse (ni siquiera le había prestado atención a Tomás mientras lo auscultaba) pero ahora, al oír que se abría la puerta, levantó la cabeza y miró a Teresa.
Era incapaz de soportar aquella mirada, casi la asustaba. Nunca miraba así a Tomás, así sólo la miraba a ella. Pero nunca con tanta intensidad como esta vez. No era una mirada desperada o triste, no. Era una mirada de terrible, insoportable confianza. Aquella mirada era una ansiosa interrogación. Toda la vida había esperado Karenin la respuesta de Teresa y ahora le comunicaba (aún con mayor urgencia que nunca) que seguía preparado para oír de ella la verdad. (Todo lo que proviene de Teresa es para él verdad: incluso cuando le dice “¡siéntate!” o “¡acuéstate!”, para él éstas son verdades con las que se identifica y que le dan sentido a su vida)

Nunca le daban dulces, pero hace unos días le había comprado unas tabletas de chocolate. Les quitó el papel de plata, las partió y las dejó junto a él. Añadió también un cuenco con agua para que no le faltara de nada, ya que tendría que quedarse unas horas solo en casa. Era como si la mirada que le había dirigido hacía un rato lo hubiera fatigado. Aunque estaba rodeado de chocolate, no levantaba la cabeza.
Se tendió junto a él y lo abrazó. Lenta y fatigosamente la olisqueó y le lamió una o dos veces la cara. Acogió la lamida con los ojos cerrados, como si quisiera recordarla para siempre. Volvió la cabeza para que lamiera también la otra mejilla.

Puso lentamente una sábana sobre la cama. Era una sábana blanca con un estampado en forma de florecillas lilas. Todo lo tenía preparado y pensado, como si se hubiera imaginado la muerte de Karenin con muchos días de antelación. (¡Ay, qué terrible, en realidad, soñamos por adelantado con la muerte de aquellos a quienes amamos!)
Ya no tenía fuerzas para saltar a la cama. Lo cogieron en brazos y lo levantaron entre los dos. Teresa lo colocó de costado y Tomás le examinó la pata. Buscaba el lugar en el que la vena se nota más. Luego recortó en ese sitio los pelos con una tijera.
Teresa estaba arrodillada junto a la cama y sostenía con las manos la cabeza de Karenin junto a su cara. Tomás le pidió que le apretara la pata trasera por encima de la vena, que era fina y hacía difícil clavarle la aguja. Apretaba la pata de Karenin pero no separaba la cara de la cabeza de él. Le hablaba sin cesar en voz baja y él no pensaba más que en ella. No tenía miedo. Le lamió dos veces más la cara. Y Teresa le susurraba: “No tengas miedo, no tengas miedo, allá no te dolerá nada, allá vas a soñar con ardillas y conejos, habrá vaquitas y estará Mefisto, no tengas miedo…”

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

No hay nada que celebrar

Martes, 11 Octubre, 2005

Forges, para El País de hoy, martes 11 de octubre de 2005

Lunes gris, martes gris.
Y mañana, miércoles, 12 de octubre, sólo hay que felicitar a las Pilar. (punto)

Vos que andás diciendo
que hay mejores y peores
Vos que andás diciendo
qué se debe hacer
Escucha lo que canto,
Pero no confundir!
Es de Paz lo que canto.
Que me hablás de privilegios
de una raza soberana
Superiores, Inferiores
Minga de Poder!
¿Cómo se te ocurre
que algunos son elegidos
y otros son para el descarte
Ambiciones de Poder…?

Es malo tu destino
¿Qué marcó tu camino?
La canción que es valiente
Es canción para siempre.

Como dijo mi abuela:
“Aquí el que no corre vuela”
Y en el Planeta son tantos
¿Cómo pueden ser tantos?

En la escuela nos enseñan a memorizar
fechas de batallas
pero qué poco nos enseñan de Amor.
Discriminar, eso no está nada bien
Ante los ojos de Dios Todos somos iguales

Sos el que hace las guerras
Dicta falsas condenas
El que ama la violencia
Que no tiene conciencia…

Mal bicho
Todos te dicen que sos Mal bicho
Así es como te ves
Mal Bicho… … …

¿Por qué vas lastimando
a quién se ve distinto?
Imponiendo Posturas
Solo con mano dura.

Vos tenés pal’ Abrigo
Otros mueren de frío
Sos el que anda matando
El que va torturando…

A las guerras
A la violencia
A las injusticias
A su codicia…
¡¡Digo NO!!!

¡¡Paz en el mundo!!

Mal bicho, Fabulosos Cadillacs, del álbum Rey Azúcar

Culebrón

Sábado, 8 Octubre, 2005

Esta historia la comenzó Azul, que propuso continuarla. Muralla aceptó el reto y la siguió. Después, me la pasó Nemomemini, pero como yo estaba ocupada, Gatopardo hizo un entreacto. Y ahora sigue así:

El mirlo salió volando, lentamente. Giró su pequeña cabeza negra hacia ella y le señaló una pequeña colina más allá de la explanada. Mientras comenzaba a moverse para seguirlo, oyó a su espalda las risas de la mujer del gorro.

De pronto, al llegar al repecho, vio al mirlo posado en un olivo. Recordó que llevaba la cámara en la mochila y quiso fotografiarlo. Al buscar el encuadre adecuado, descubrió tras el árbol unos pies desnudos. Unos pies de mujer, con uñas pintadas de rojo. Disparó varias veces y se acercó.

La mujer estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el tronco del olivo, tenía entre las manos un libro y parecía totalmente absorta en su lectura. El libro se titulaba Carta de una desconocida.

-¿Eres Mad, verdad?- preguntó nerviosa.

-Bravo Sherlock -contestó la mujer sin levantar los ojos de las últimas páginas del libro- Miedo me da tu siguiente pregunta.

Se quedó allí de pie, mirando el cielo, mirando al mirlo, intentando comprender y recordar. Pasado un buen rato, dijo:

-¿Puedo sentarme a tu lado, por favor?

-Bueno, parece vas entrando en razón. Siéntate, compañera. El mirlo sabe siempre más de lo que parece, casi lo había subestimado contigo –dijo Mad cerrando el libro con parsimonia.

-Se me ha perdido un hombre, mi hombre -dijo ella convencida.

-El de la otra calle Poniente, supongo.

-Sí, eso espero…

-Pero ¿para qué lo buscas, qué le quieres después de tantísimo tiempo?

-Eso, precisamente: recuperar el tiempo perdido. Quisiera encontrarlo para poder decirle que ahora recuerdo, que ahora lo recuerdo todo claramente y comprendo. Que ahora sé que le amaba, que le amo.

-No llores. Fíjate, el mirlo se ha ido. ¿Será que es verdad que ya sabes tanto como crees? –dijo Mad sorprendida- Búscalo o déjate encontrar. Y ve tras él. Y no bajes más la cabeza o lo perderás todo de nuevo.

-Gracias –dijo mientras se ponía en marcha-. Gracias por todo…

Al verla partir, Mad creyó reconocerse y le gritó:

-Píntate de rojo las uñas de los pies. Siempre de rojo. Para que si alguna vez dejas caer los párpados puedas recordar el color de la sangre que te corre por las venas…

Y ahora yo se la paso a mi querido Manuel para que nos cuente cómo es ese hombre de la otra calle Poniente…

El Estudiante

Sábado, 1 Octubre, 2005
Capítulo XIII

Lejos quedaban ya los días de las cabalgatas por la playa a lomo de las paquidermas. Lejos estaban ya su madre, Estrella, y su padre, Leo. Cada uno por su lado, eso sí, que al pobre de poco le sirvió tanto montaje el día de su cumpleaños. Todos intercedieron por él, incluso Maruxo, pero Estrella no cedió y tras el paripé, recogió sus cosas y se marchó.

El otoño ya había recortado los días y Casilda estaba tan sola como aburrida. El Capitán también se había ido, la última carta decía que estaba frente a la costa de Nigeria. Pero de ésa hacía ya varios días. Nemo, el último en desaparecer, había vuelto a su faro en San Barandán, apenas tres días atrás. Charo se había empeñado en llevarse a Marta y Paqui unos días, y ahora las tres estarían paseando por O Pindo.

Sentada junto al fuego, con Tigre y Paloma a sus pies y La Taberna cerrada y recogida, recordó –de pronto- que había recibido una carta de un estudiante de la capital, así se había presentado el pájaro. Al parecer, estaba preparando una tesis sobre no se sabía qué historia y quería que Casilda le dejase echar un ojo a los documentos de La Taberna. Como siempre, con el trajín, ella lo había olvidado. Quizá apoyada por la extrañeza que le provocaba que sus papeles pudieran ser de interés para alguien. A fin de cuentas, no había mucha oficialidad en ellos, no eran el cuaderno de bitácora de un capitán mercante, ni siquiera el de un farero. Al releer la carta, Casilda descubrió con sorpresa que aquel estudiante llegaría por la mañana. Al menos, habría alguna novedad en aquel establecimiento…

-Buenos días, Señorita, busco a Doña Casilda
-¿Quién pregunta por ella?
-El estudiante Hernán, me consta que me está esperando
- Te esperaba, Estudiante –dijo Casilda burlona- ¿Quieres un café?

Entradas y comments feeds.
ecoestadistica.com