Casilda y Estrella
Domingo, 26 Junio, 2005
I
(Este capítulo está publicado en La Muralla)
II
Todo quedó en silencio cuando Estrella y el cuervo se perdieron escaleras arriba. Casilda le pidió al Capitán que saliese por los perros. La noche era fresca y el viejo Tigre, agradecía dormir a cubierto. Mientras se terminaba de hacer el café de pote, ella prepararía algo para los canes que llegarían hambrientos y cubriría el voladero. Si era cierto lo que sospechaba, la noche iba a ser muy larga.
-Buenas noches, chicos. Estrella ya ha llegado y tiene un nuevo amigo…
Tigre y Paloma entraron moviendo el rabo, saludaron a Casilda y corrieron al rincón donde les esperaba la cena.
-Casilda, ¿cómo no me habías hablado nunca de tu madre?
-Lo hice, pero siempre estás en las nubes. Te dije que llegaría en cualquier momento, que siempre viene a verme por estas fechas, para ayudarme con los preparativos de mi fiesta de cumpleaños. Apenas faltan unos días y quedan muchas cosas por hacer aún.
-Pero, ¿cómo?, ¿cuándo? –dijo el Capitán con cara de susto-. Sabes que no estoy en las nubes, es que te miro y me embobo y pierdo el sentido…
-Ay, Capitán, ¿qué voy a hacer yo contigo?
-¡Quererme, Casilda, quererme! –le dijo, mientras sonreía con picardía-.
-No empecemos, Capitán. Tómate el café y sé bueno.
-Ken, llámame Ken. Y dime de una buena vez, ¿cuándo es tu cumpleaños?
-No pienso llamarte por ese ridículo nombre, ¿de dónde lo habrás sacado?
-Algún día te contaré la historia de mi nombre –dijo el Capitán algo molesto- y entonces descubrirás que no tiene nada de ridículo.
-Perdona, no era mi intención ofenderte. Mi madre siempre me dice que debo cuidar cómo digo las cosas. Y sólo es un nombre. A mí tampoco me gusta el mío, pero mi madre se empeñó… Mi cumpleaños es el sábado próximo y la fiesta es la más sonada en muchas millas a la redonda. Aunque no podrás comprobarlo, has dicho que te vas mañana…
Casilda quería que se quedase. Cuando el Capitán apareció por la taberna, con Maruxo al hombro, ella pensó que era un loco más. Uno de tantos, buscando barco en el que enrolarse. Pero el caso es que sin ser demasiado consciente, ella había ido esperando cada noche su aparición y, estos últimos días, se había descubierto a sí misma coqueteando con el espejo, de nuevo, comprobando si todo estaba en orden en aquella imagen a la que hacía mucho que no atendía.
-Ahora cuéntame la historia de ese desastre, Capitán.
-Ay, Casilda, no, esta noche no, que acabaremos llorando. No cambies de tema, miña raíña, me interesa esa fiesta, me interesas tú…
-Me gusta eso de “mi reina” -dijo Casilda totalmente ruborizada-. No, no cambio de tema. Mañana, mi madre me preguntará, tú te habrás ido y los morros serán para mí.
-No sufras. Maruxo se lo contará todo esta misma noche. Capaz que mañana sea ella quien te la cuente a ti, ya verás…
Tigre y Paloma, dormían ya. De nuevo, el silencio se había apoderado de la taberna. El Capitán tomó la mano de Casilda y le dijo:
-Aunque pierda el poco sentido común que me queda, quiero quedarme para poder bailar contigo el día de tu cumpleaños. Así, ven que te muestro cómo –le dijo mientras con un gesto la invitaba a levantarse-.
En mitad del comedor, la tomó por la cintura y empezó a canturrearle al oído una canción…Cucurrucú… como sufría por ella, que hasta en su muerte la fue llamando… cucurrucú…
Tigre abrió un ojo y volvió a dormirse, encantado. Paloma, suspiró, inocente, pensando que cantaba para ella. Bajo la loneta los jilgueros dejaron ir cuatro notas, haciéndole los coros al Capitán. Y Casilda…
Casilda cerró los ojos y se puso a bailar con su Capitán.
Las historias podían esperar…
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Esa delicia de ilustración es un generoso regalo que El niño nos ha hecho a Muralla y a mí







