
El primer día de los fastos del mes. Viernes, 10 de diciembre, cumpleaños de Marmota, día de la Vírgen de Loreto, patrona de la aviación. Y como caído del cielo, Ike en Barcelona. Por delante, un fin de semana impredecible y una semana llena de tiramisús para Marmi e Iris.
A última hora de la tarde, Burdon me llama. Quiere saber cómo hemos quedado con Ike. No hemos quedado todavía, no sé nada. Quedamos que “le digo cosas”.
Ike me llama, está con Brisa y han quedado con Ferran. Nos tenemos que encontrar a la salida del metro de Urquinaona. Llamo a Burdon, es demasiado tarde y no va a poder venir. Lástima, quizás el sábado o el domingo o…
Corro a la ducha y de la ducha corro al metro. Estoy nerviosa pero contenta. Llego allí, me pasa como a Ferran, miro a mi alrededor y busco a alguien que se parezca a las caricaturas de Ike que vaya con dos personas más, de las que no tengo ninguna pista. Me fumo dos cigarros en cinco minutos. Y -casi puntuales- aparece un barbudo con gorra acompañado por una rubita de dulce sonrisa. Se dirigen a un chico guapísimo que está más allá con unas bolsas. Mi disco duro empieza a funcionar y de la base de datos se dispara una alarma. Alcanzo a balbucearles: ¡Hola, yo soy mad!.
Nos besamos, nos presentamos, nos abrazamos. “No te imaginaba así”, “no tenía ni idea de cómo podías ser”, “no estás tan gordo (pero sí tan calvo)”…
Via Laietana abajo, hacia Santa Maria del Mar, hacia el vino y el queso… Confidencias y alegrías. Un brevísimo y agradable rato. Ike ha quedado con Memoria más tarde y en un par de horas estamos todos de vuelta al punto de partida con la idea de volver a vernos todos el domingo para cenar.
Domingo. Desorganización. Burdon me llama, estamos como el viernes: no sé nada de Ike. Cruzamos alguna llamada. Ha vuelto a hacerse tarde para Burdon, y ésta vez también para mí. Lo dejamos hasta el lunes. Ike promete concretar a tiempo. Dudas.
Lunes. Del despacho a casa. Paseo rapidito a los cuadrúpedos. Al centro a terminar de comprar los regalos de Marmi. No hay tiempo para volver a casa. Me siento en el Zurich de Plaça Catalunya a esperar. Me convierto en una estalactita o una estalagmita, no sé. Un móvil en cada mano y cada uno llamándome por uno distinto. Un hora y cuarto después pienso que los hombres ya no son como antes. Ike y Burdon llegan a tiempo de evitar mi total hipotermia.
Vamos a cenar a la Plaça Gardunya. Chupi fly total de la muerte. Bla, bla, bla, bla. Nos peleamos por hablar. Nos cierran el restaurante. Son las doce en punto. Llamo a mi madre y le canto las mañanitas más desafinadas que se puedan imaginar ante la perplejidad de ambos. Se medio animan a hacerme los coros… “¡Felicidades, Mamá, Muralla, Carmiña!!”
Ramblas arriba hasta Tallers, entramos a Can Boadas a celebrar el cumpleaños de mi madre, sin mi madre. “¡Hala, hala!” “¿Y aquí qué se pide?” “Lo que quieras… Yo, un Joan Miró” Libros, cómics, amigos, arte, facultades cafres, pelis… Un prólogo vital de unas horas de cháchara. Después, Burdon nos descubre que es demasiado tarde, que tenemos que irnos a dormir… Nos despedimos de Ike en la Plaça Catalunya, con la certeza de que le volveremos a ver…
“¡Un placer!”
Burdon, para resarcirme de mi hipotermia inicial, me deja en la puerta de casa. “¿Sabrás salir de Barcelona?”, “Sí, tranquila”. Nos llamamos para seguir con nuestros Business. Dime cosas…