Amsterdam y después Berlín
Martes, 9 Noviembre, 2004 Amsterdam es muchas cosas para mí: es un amor imposible, es libertad, es agua, es cielo, es flores, es bicicletas, es un montón de buenos momentos, de entonces y de ahora.
Entonces, cuando apenas tenía dieciséis años, y salía del país por primera vez, feliz y despistada, sin la autorización paterna firmada. Retenidos todos en la frontera francesa varias horas por mi culpa ( bueno y por culpa de otro que estaba en las mismas), esperando que mi madre se desplazase hasta comisaria y diese autorización, descubriendo que en aquellos años las mujeres aún no eran nadie, que su palabra no valía, que tenía que firmar mi padre. Mi padre que estaba en Hannover, en una feria. Mi padre que no podía hacer nada y mi madre desesperada e impotente, atónita, descubriendo que el padre de aquel otro -que "casualmente" acabó en la misma comisaria- podía autorizarme a salir del país, aunque no me conociese de nada, y ella -mi madre, la que me parió- no. Él era un hombre, y eso en 1988 era suficiente.
Crucé buena parte de Europa en autobús, viendo -a lo lejos- París, descubriendo que los cuervos en Francia están a miles, mis cuervos, tan queridos desde entonces. Paseando por la trajeada y gris Bruselas. Confirmando que los Países Bajos están bajo el nivel del mar, en aquel Gran Dique imposible.
Amsterdam era una libertad que desconocía y que aprehendía mientras miraba aquellos tres canales de la mano del mismo que me había enseñado los secretos de los logaritmos neperianos.
Amsterdam, años después, ya no es aquella libertad de entonces, tan ingenua, tan nueva, pero siempre seguirá siendo Melkweg y Van Gogh y orden en el caos aparente. Y es también Dampkring, mil canales, cielo y luna, colores vivos y pastrami con pan de cien cereales; es una cena mejicana con un syrah sudafricano maravilloso, es una puta preciosa, es frío y humedad, es calor y humo. Es una buhardilla de madera en Spuistraat, un chichón en el cogote y una cucharacha liberada del lavavajillas.
Fue, es y será risas y sonrisas de colores entre el humo.
Lo conseguí, volví con ellos, con los que más quiero. Volví para comprobar que no me lo había inventado, que existía, que seguía estando allí para mí, con su mercado flotante, sus flores y su Munt Plein…
Para nosotros, para todos…
Y después, Berlín.
*
Escuchando: Tourist de St Germain






