Archivos del mes de Octubre, 2004

¡No bajaré nunca!

Miércoles, 6 Octubre, 2004

Creo que voy a hacer exactamente lo mismo que Cosimo. Como no puedo volar, me voy a subir al primer platanero que encuentre en la Diagonal…
Espero poder mantener mi palabra.


Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco di Rondo, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las tupidas ramas del gran acebo del parque. Era mediodía, y nuestra familia, siguiendo una antigua tradición, se sentaba a la mesa a esa hora, pese a que ya cundía entre los nobles la moda, llegada de la poco madrugadora Corte de Francia, de almorzar a media tarde. Soplaba un viento del mar, recuerdo, y se movían las hojas. Cosimo dijo:

—¡He dicho que no quiero y no quiero!—y rechazó el plato de caracoles. Jamás se había visto desobediencia más grave.

…..

Trepábamos a los árboles (estos primeros juegos inocentes se cargan ahora en mi recuerdo con una luz de iniciación, de presagio; pero ¿quién pensaba en eso, entonces?), remontábamos los torrentes saltando de roca en roca, explorábamos cavernas a la orilla del mar, nos deslizábamos por las balaustradas de mármol de las escalinatas de la villa. En uno de estos deslizamientos se originó para Cosimo una de las más graves razones de choque con nuestros padres, porque se le castigó, injustamente según él, y desde entonces incubó un rencor contra la familia (¿o la sociedad?, ¿o el mundo en general?) que se expresó después en su decisión del 15 de junio.

…..

—¡Socorro! ¡Se escapan todos! ¡Socorro!

Acudieron los sirvientes medio desnudos, nuestro padre armado con un sable, el Abate sin peluca, y el Caballero Abogado, antes de entender nada, por temor a incordios, escapó al campo y se fue a dormir a un pajar.

Al claror de las antorchas se pusieron todos a dar caza a los caracoles por la bodega, aunque a nadie le interesaban, pero ya estaban despiertos y no querían, por el bendito amor propio, admitir que se habían molestado para nada. Descubrieron el agujero en el barril y comprendieron de inmediato que habíamos sido nosotros. Nuestro padre vino a sacarnos de la cama con el látigo del cochero. Acabamos cubiertos de estrías violeta en la espalda, las nalgas y las piernas, encerrados en el sórdido cuartito que nos servía de prisión.

Nos tuvieron allí tres días, a pan, agua, ensalada, cortezas de buey y sopa fría (que, afortunadamente, nos gustaba). Después, primera comida en familia, como si nada hubiera ocurrido, todos muy en punto, ese mediodía del 15 de junio. ¿Y qué había preparado nuestra hermana Battista, superintendente de la cocina? Sopa de caracoles, y primer plato de caracoles. Cosimo no quiso tocar ni una concha.

—¡Comed u os encerramos de inmediato en el cuartito!

Yo cedí, y comencé a engullir aquellos moluscos. (Fue una cobardía por mi parte, e hizo que mi hermano se sintiera más solo, de modo que en su dejarnos había también una protesta contra mí, que lo había decepcionado; pero yo sólo tenía ocho años, y además ¿de qué sirve parangonar mi fuerza de voluntad, mejor dicho, la que podía tener de niño, con la obstinación sobrehumana que distinguió la vida de mi hermano?)

—¿Y bien?—dijo nuestro padre a Cosimo.

—¡No y no!—dijo Cosimo, y rechazó el plato.

—¡Fuera de esta mesa!

Pero ya Cosimo nos había dado la espalda a todos y estaba saliendo de la sala.

—¿Adónde vas?

Lo veíamos por la puerta de cristales mientras en el vestíbulo cogía su tricornio y su espadín.

—¡Yo lo sé!—corrió al jardín.

…..

Cosimo subió hasta la horqueta de una gruesa rama donde podía estar cómodo, y se sentó allí, con las piernas colgantes, los brazos cruzados con las manos bajo los sobacos, la cabeza hundida entre los hombros, el tricornio calado sobre la frente.

Nuestro padre se asomó al alféizar.

—¡Cuando te canses de estar ahí cambiarás de idea!—le gritó.

—¡Nunca cambiaré de idea!—dijo mi hermano, desde la rama.

—¡Ya verás en cuanto bajes!

—¡No bajaré nunca!

Y mantuvo su palabra.

Italo Calvino, Fragmento de El barón rampante

Guapo, más que guapo

Miércoles, 6 Octubre, 2004

Esta es la maravillosa sonrisa de Ike.

Mehacessonreir

Fue de las primeras cosas que ví en su Ikecosa. Volvía a empezar tras sus vacaciones en Lisboa.
Ahora ha decidido volver a empezar, de verdad, del todo, de nuevo. Cierra la Ikecosa y la voy a echar muchísimo de menos, pero estoy contenta porque sé que le va a ir bien ahí fuera, en el mundo real.

Una de sus M (de Musa) le inspiró ésto:

Paraguasypetones


Hoy, con el permiso de ambos, yo también le envío paraguas (creo que ya no le harán mucha falta) y besos, millones de besos con sal…

Guapo, más que guapo

Tu Señorita Loca

La Inocencia

Lunes, 4 Octubre, 2004

Aquellas paredes amarillas, aquella habitación azul, aquella cenefa de estrellas que pinté en un otoño como éste, ya no existen. Aquella terraza pequeña, de muros desconchados y barandilla oxidada, con sus plantas, sus cactus, sus lagartos y sus flores, ya no existe. Aquella escalera de caracol, vieja y gastada que me llevaba al cielo de mi cuarto, ya no existe. Aquel decorado imposible de amarillo y azul mediterráneos, ya no está. Sólo queda en mi memoria, en algunas fotos y en algunas letras.

Durante seis años paseé por ella todos mis sueños, mis miedos, mis risas, mis amores y mis anhelos, todo se sucedía siempre allí. En seguida se llenó de libros, de mil papeles, de diarios, de discos, de fotos, de cuadros, de botijos, de marionetas, de amuletos, de lamparitas, de velas, de recuerdos, y de pájaros. Y de platos, cazuelas y especias. Se colmó con grandes cenas de olores imposibles, de sabores de otros mundos. Se amansó con efluvios queridos y cercanos, de humos mágicos de fogones y cigarros. Se rindió a mi vehemencia y mi testarudez y no maltrató a nadie. Se ocultó de los fantasmas perdidos, dejándome siempre a mí la defensa. Se confundió conmigo en el caos. Se despidió de Luna, se conquistó a Marmota. Durante todo ese tiempo, aquellas cuatro paredes me hicieron feliz.

Y todo tiene un tiempo y un lugar. Y llegó Él. Y aunque sus cosas se consiguieron unos cajones, un pequeño rincón y unas cuantas perchas, siguió siendo mía o fue más mía que nunca. Él tenía razón, era mi casa, siempre lo había sido. La viví intensamente hasta el último minuto, hasta que cargamos la última caja y cerré la puerta.

Ella miraba al sudeste, y yo con ella. Se llamaba La Inocencia y fue mi casa.

Dos o tres segundos de ternura

Domingo, 3 Octubre, 2004

Templo08

[ Besando a destajo de L.E. Aute, óleo ]

Estoy pasando un bache,
un revés, un agujero,
un no se que me ocurre
que ni yo mismo me entiendo…
No me apetece nada,
nada más que estar adentro,
pero no de tu vientre
sino de tus pensamientos.
Quisiera que supieras
que no tengo otro deseo
que estar entre tus brazos
como quien pide consuelo,
sentirte toda mía,
sin lujurias ni misterios,
como siento la sangre
que circula por mi cuerpo.

No me hace falta la luna
ni tan siquiera la espuma,
me bastan solamente dos
o tres segundos de ternura.

A veces me pregunto
si no me causa respeto
el paso de los años
desgastando nuestros besos
así como el derroche
de algo más que mucho tiempo
sin vernos un instante
más allá de los espejos.

Por eso necesito,
aunque se que es un exceso,
que tus ojos me digan
algo así como: de acuerdo,
estoy aquí a tu lado
para que no tengas miedo
al miedo de estar solos,
solos en el universo.

No me hace falta la luna
ni tan siquiera la espuma,
me bastan solamente dos
o tres segundos de ternura

(Letra y música: L.E.Aute)

* * *

Aute y su mundo

Juana la Loca (Mad Love)

Viernes, 1 Octubre, 2004

Juanalaloca

[ Juana la Loca, óleo sobre lienzo de Francisco Pradilla, 340 x 500 cm ]

Acababa de cumplir 18 años, eran los primeros días de un julio asfixiante y mi primera visita a Madrid. Viajé con la excusa de acompañar a Iris a un curso de verano en El Escorial. Una mañana me quedé sola en Madrid, y me fuí al Prado y al Casón. Y allí, de repente, bajando unas escaleras, me encontré con ella, con ese cuadro. Enorme, de una fuerza sobrecogedora. Me quedé enganchada a la mirada de Juana muchísimo rato. Y desde entonces le he sido fiel. Siempre que la visita lo ha permitido, me he escapado a verla.

Fuí a ver el Guernica y me enamoré de Juana la Loca. Ironías.

Ayer fué un día de locuras y me asaltó de nuevo su recuerdo. Ella es la primera gran amante que recuerdo haber conocido. Ella es la primera mujer que me hizo revisar la Historia. Un personaje tan lejano en el tiempo y en el espacio que me zarandeó las entrañas, que me mostró la universalidad de los sentimientos, los miedos, las dudas y los anhelos. La primera gran loca a la que amé.

La primera de muchas locuras, pero la primera al fin.

* * * *

La Historia

Un cortejo fúnebre

Una película

Un libro

Otro libro

Su Libro de Horas

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