“Es la hermosa abertura junto a la bahía”… Así le explicaba el Snob el significado de que aquella extraña palabra: Laphroaig…
Llevaba varios meses saliendo con el Snob y Laura confiaba que iba a ser un encuentro definitivo, en el que el Snob sucumbiría inevitablemente a su dócil y sencilla manera de mostrarle su admiración. Laura era una superviviente, cualquier chica del Distrito V que lograse escapar del destino fatal de aquel barrio lo era.
Él la había recogido pronto, nada más salir del trabajo. No había tenido un buen día y la cita con Laura era la excusa perfecta para evadirse. El Snob era uno de esos tipos que siempre dominan las situaciones, que aun dejando un espacio suficiente para la improvisación de los actores, siempre controla la escena. Seguramente, hubiese sido más feliz dedicándose a cualquier otra cosa que a mantener aquel estúpido taller heredado de su padre; pero, para el Snob, el trabajo no era sino una forma de mantener un ritmo de vida, y la vida la forma de sostener un ritmo personal, solitario y muy particular. No le importaba demasiado que aquellos pequeños moldes de pasta fuesen cada vez menos rentables, el taller en sí mismo era un seguro de vida suficientemente válido. Las inmobiliarias habían llegado a ofrecerle por él sumas más que razonables para retirarse definitivamente a sus cuarenta años de forma muy digna.
Era fácil convencer a Laura de cualquier cosa, así que esa noche –como siempre- harían lo que el Snob había previsto: una buena cena, unas buenas copas en algún club y un buen polvo. Tras todos los encuentros pacientes, en los que había ido ganándose su confianza con pequeños detalles como perfumes y flores, hoy tendría su premio. Sabía que, aunque intelectual y emocionalmente mediocre, Laura era una chica como pocas, ya no quedaban mujeres así: hermosas, simples y ligeras. Ese tipo de mujeres que resultan perfectas como acompañantes en cenas de negocios; amantes entregadas y sumisas sin pretensiones de satisfacción; madres abnegadas que se desviven por sus hijos; “Chicas de la Cruz Roja”, conformistas, que se abandonan al destino de sus hombres; esposas fieles que administran cabalmente, que sólo se conceden algún pequeño exceso para lucir hermosas junto a sus maridos; reprimidas a la sombra de hombres miserables como el Snob.
Laura se subió al coche y le ofreció la mejor de sus sonrisas. No preguntó cuales eran los planes, pues no le importaban demasiado, confiaba. Iba a ser el encuentro definitivo, de eso estaba segura. Estaba preciosa con aquel vestido escotado y ajustado que había reservado para la ocasión. Tafetán multicolor con patrón de revista extranjera que su madre le había cosido y que haría que el Snob olvidase su predilección por aquel estúpido vestido camisero estampado que le había regalado para su cumpleaños, en el que su voluptuoso cuerpo se escondía y con el que no lograba que él se decidiese.
Cenaron en el puerto. Ostras y champán. Laura, le repetía siempre, el champán en copa ancha y baja para que la insolencia de las burbujas no estropee el deleite de beberlo. El Snob sabía disfrutar de esos pequeños placeres y podía permitírselos. Fue entonces, cuando la miró, le tomó la mano y le dijo que ya la conocía lo suficiente como para saber que era una chica distinta, que la quería y que hablaría con su padre y que se casarían lo antes posible, si a ella le parecía bien, claro. Desde ese momento, la vida de Laura en aquel pequeño piso de la calle Sant Ramon había terminado, y el precio sólo era soportar a aquel hombre solitario de extrañas costumbres y raras palabras del que ella se había enamorado. Fueron al Jazz Colón y cuando ya estaban exhaustos y hartos de twist, él le propuso ir a su casa.
Fue allí, dónde el Snob, le sirvió una copa de whisky, pero no de uno cualquiera, era Laphroaig. Laura le dio un sorbo tras oler profundamente aquel licor, y le dio otro y otro y otro. Sintió que se estaba bebiendo tierra mojada y húmeda y que le gustaban aquellas rarezas y que todo estaba sucediendo en el espacio que pronto sería su hogar. Notó las manos firmes del hombre en su espalda, ávido y seguro bajaba la cremallera del vestido mientras besaba despacio el cuello de Laura. Las manos tomaron el pecho, acariciaron tiernamente sus pezones y comenzaron un paseo tranquilo por todos los rincones de su cuerpo hasta llegar al pubis. Un susurro: Laphroaig…
La había penetrado suavemente y con mucho cuidado. De repente, aquella chica había dejado de ser únicamente el premio a su paciencia, convirtiéndose en un vaivén armónico e imposible de olores y sensaciones. Laura era un crisol de colores con su vestido de tafetán, una espiga trémula en un campo de trigo verde…
Rozó los labios entreabiertos del hombre, aspiró el aroma de todos los aromas y lo notó inmóvil junto a ella. Se habían roto todos sus sueños. El Snob había muerto dejando a Laura sola, soltera, abandonada –de nuevo- al destino de una chica del Distrito V…