dislocados
Jueves, 12 Agosto, 2004
[El hombre de Leonardo Da Vinci, dislocado gracias a Él y a Photoshop]
“Como ya no podríamos ir más los unos contra los otros intentando descubrir lo que nos es íntimo y comunicándonoslo, sólo nos uniría la abstracción de una mercancía universal: el dinero. Capaz de significarlo todo sin poder expresar nada, ocuparía el lugar del lenguaje. En cualquier parte donde hubiese dinero simularíamos que había hombres. Allí donde hubiese hombres, el dinero sería suficiente para proporcionarnos todo lo que fuese capaz de darnos, es decir, casi todo, excepto lo que esperamos que nuestra humanidad […] Cuando no existe diferencia, todo es indiferente. ¿Por qué preferir esto o aquello, la vida o la muerte, la intensidad a la insipidez, la nobleza a la vileza y la civilización a la barbarie? Es imposible escoger por que ya no podemos distinguir, y no podemos porqué ya no damos ningún sentido a las cosas”
N. Grimaldi, L’home dislocat
Ayer, recordé a Grimaldi, esas y otras muchísimas partes de su libro. Ayer fui a conocer a Pirulí, el gorrión de mi chica con ojos de gata. No llegué a tiempo: Pirulí había muerto, incomprensiblemente. No pude retratarlo sobre Marmota, ni sobre ella, ni sobre nadie. No pude verlo vivo. La chica de los ojos de gata, ayer, estaba rota, Pirulí era un regalo celestial. En mitad de una travesía por el desierto suponía aliento, sentido, ternura…
Los que andamos en la búsqueda de esa humanidad, lo tenemos cada día más difícil. Cada día es más complejo distinguir, discernir. El mundo se ha convertido –con la connivencia de buena parte de nosotros- en un sinsentido, en un escenario maniqueo en dónde los matices pierden importancia. No creo en el fin de la Historia, creo en el fin de los imperios, en el cambio que debe producirse. El nihilismo –como dice Grimaldi- se nos manifiesta en el desorden (que no caos): “El nihilismo no es ya la vehemencia de una revuelta o de un rechazo; es el lugar común de una nueva sociedad”.
El mundo de Joseph Roth, de Stefan Zweig, de Sándor Márai y tantos otros, ya no existe. Pero tampoco existe ya el Borges, de Calvino, de Cunqueiro , o de Castelao ni el de tantos otros. El mundo de la chica de los ojos de gata ya nos es –tampoco- el mismo. Tal vez no le escriba a ella, sino a mi propia nostalgia, a mi impotencia ante su tristeza. Tal vez escribo por si descubro algo que decirle, por si la vehemencia que me caracteriza aparece de pronto entre estas letras y hallo un bálsamo que la consuele y que me consuele a mí también…
Tal vez, como siempre, lo mejor será leer…







